Los muertos no se tocan, nene. Por Julio Ariza

|

Es el título de un relato breve del gran Rafael Azcona, el tercero de los tres que formaban parte  del volumen titulado ‘Pobre, paralítico y muerto’ (1960). De los dos primeros nacieron las películas ‘El pisito’ (1959) y ‘El cochecito’ (1960), y el tercero fue llevado al cine medio siglo después. Es una comedia de enredo, con parientes, visitas, convenciones, papeleos, mucho humor negro y algún ribete macabro, en fin, la ceremonia social de la muerte en la España de los años cincuenta y sesenta

Nunca sabe uno los líos que nos puede preparar un muerto desde el Más Allá. Pero, por si las moscas, es mejor no enredarse con ellos. Ya se sabe: la sombra del ciprés es alargada y si uno se obsesiona con cobijarse en ella, Pedro, puede quedar atrapado por la mismísima sonrisa de la muerte. España es un país obsesionado desde siempre por su ceremonial, su culto, su combate. Y esta lucha de Sánchez por hacerse con el cadáver de Franco, este tirar del brazo del Caudillo para sacarle del foso, esta cosa que viene de Doña Juana La Loca y llega hasta nosotros de mover los cadáveres de un sitio para otro, este conjurar a los muertos como si rematándolos medio siglo después nos dieran la vida, tiene mucho peligro. 

Alguien dijo que en España el pasado prevalece sobre el presente y que la muerte puede más que la vida. O sea, que esa obsesión de la izquierda de sacar a Franco de su tumba entronca con lo barroco español. Hay también en España la creencia de que «la muerte hace al español respetable», no sé, una manía como otra cualquiera, y por eso la izquierda quiere ganarse el respeto de sus mayores y de sus menores a costa del cadáver de un hombre al que no consiguieron derrotar en vida. No es bueno obsesionarse con estas paranoias. Por ejemplo, matar más y más, una y otra vez,  a los que ya están muertos, no sirve para nada y conduce irremediablemente a la melancolía.

Somos un país que entierra bastante bien, es cierto, pero esto de desenterrar a la fuerza, esto es nuevo, y para mí que va a traer mal fario a quien lo ordena.

El bueno de Luis Carandell dejó escrito en ‘Tus amigos no te olvidan’ que nuestro idioma está repleto de frases hechas que entrelazan la muerte en la vida con toda naturalidad: estoy hecho polvo, esto está de muerte, pasarle el muerto a otro, esto levanta a un muerto, pueblo de mala muerte, cavar su sepultura, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, etc. 

Unos se toman la muerte a la tremenda y otros con fino humor negro.

El tremendismo lóbrego de España tiene una larga trayectoria de la que se ha nutrido no solo la imaginería barroca y sus muchos seguidores, sino el ladrido macabro por ejemplo de bailar con los muertos (esas fotos de los milicianos dando unos pasos de chotis con las monjitas asesinadas en el Convento de Santa Bárbara es solo comparable a las pinturas negras de Goya, a sus disparates o a un cuadro del Solana de la España Negra). Lorca decía que el único país del mundo que se da la mano con España en esto de la muerte es Méjico. Pero allí a D. Porfirio Díaz ni lo tocan. 

Queda también en esto de la muerte lo mejor del humor español, como el del gran Azcona. 

Pedro Sánchez ahora, que carece del más mínimo sentido del humor y es un fiel seguidor de la tradición tremendista, lóbrega y macabra, ha traído la muerte al márketing político y el cadáver de Franco va a hacer campaña electoral. Cree que Franco es Felipe el Hermoso y se lo va a llevar de mitin en mitin por la amplia geografía de la piel de toro (ese toro que está tan toreado y tiene mucho resabio, mucho peligro). ¿Felipe el Hermoso? No sé. A  mejor es el Cid. A mí todo esto me desconcierta bastante. Si yo fuera sarraceno –que no es el caso- iría poniendo pies en polvorosa.