INOCENTE DESDE EL PRIMER DÍA

Nadie pedirá perdón a nuestro amigo Rato. Por Julio Ariza

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Lo que ha pasado con Rodrigo Rato en España merece alguna reflexión. En primer lugar, no se trata de un caso aislado (recordemos a Blesa, absuelto después de suicidado, o a Rita Barberá, absuelta después de morir del disgusto, a tantos otros) sino del más importante caso de justicierismo totalitario y de maldad política de toda la democracia española.
Yo no sé si Mariano Rajoy, Cristóbal Montoro, Luis de Guindos y Soraya Sáenz de Santamaría (y su siniestra jefa de gabinete, María González) estarán orgullosos del papel que jugaron en el caso Rato (cuyos extremos se acabarán conociendo sin ninguna duda, y dan para un voluminoso libro), lo que sí sé es que hoy estarán menos tranquilos que ayer y más desautorizados ante muchos españoles atónitos. A Rato, el político más querido durante muchos años entre las bases del PP, le asesinaron desde dentro. El día que Rodrigo Rato decidió ir por libre, la cúpula de su partido, la envidia (ese rencor del mediocre, o sea el marianismo) y la maledicencia pusieron en marcha una operación de destrucción personal, política y profesional de quien debía haber sido presidente mucho antes que Rajoy. Era más brillante, tenía más liderazgo y era más querido.
La salida a Bolsa de Bankia, ha dicho la Audiencia Nacional, fue legal. Rodrigo Rato, el hombre del milagro económico español de los años noventa, el líder popular natural para suceder a José María Aznar (habrá que decirlo: ese cuaderno azul caliguliano fue una ignominia democrática), el ex Director del F.M.I., ha resultado no ser el monstruo que los partidos, los sindicatos, las asociaciones varias, los medios de comunicación dominantes, los fiscales anticorrupción y, en definitiva, el sistema, les había dicho a los españoles que era. Rodrigo Rato es inocente. O mejor: era inocente desde el minuto uno de la operación puesta en marcha para acabar con él.
Mercería la pena reeditar todas las noticias tergiversadas, todas las declaraciones públicas de tirios y troyanos, todos los programas de radio y televisión, todas las tertulias, todos los editoriales, todos los artículos de opinión que fueron apareciendo desde que aquella operación mafiosa se puso en movimiento, y todas las mentiras y las medias verdades que se fueron vertiendo como un estercolero sobre la cabeza del hombre hasta darle muerte civil para poder meterle en la cárcel con el consenso de los españoles.
Al fin Resulta que Rodrigo Rato es inocente desde el primer día, y también resulta que es el único de los condenados por las tarjetas black (una condena harto discutible y de indudable calado político) que sigue en prisión. Y también resulta que, a pesar de la Sentencia de la Audiencia Nacional que declara su inocencia, todos los medios de la izquierda (prensa, radio, televisión) siguen condenando al hombre. En el fondo, la Sentencia viene a decir que en España no rige el Derecho penal de autor (inventado por el nacional socialismo y en cuya virtud no se condena a alguien por cometer un hecho delictivo sino por ser quien es), y que en el caso Rato no existe un solo hecho inculpatorio acompañado de prueba que le haga personalmente responsable de la salida a bolsa de Bankia. Conjeturas, suposiciones, discursos, fabulaciones, muchos; pruebas, ninguna. Retórica, pero no hechos. El hecho único es que la salida a Bolsa fue auditada por una de las cuatro grandes consultoras del mundo (a la que por cierto el gobierno acaba de contratar para elaborar los planes que España debe presentar en Bruselas) y autorizada por el Banco de España, la CNMV, el Frob y el propio gobierno de España, sin cuyo concurso es impensable una operación de esa magnitud. Alguien tenía, sin embargo, que pagar el pato. Rodrigo Rato se estaba haciendo demasiado grande e independiente y había que ir a por él.
Todo eso es ya historia y, sin embargo, los perdedores del caso –que son todos: el instructor, la fiscalía anticorrupción, la acusación particular, Rajoy, Soraya, Montoro, Cospedal, el PSOE, PODEMOS etc- aún tienen la miserable esperanza de que el Supremo condene otra vez a Rato. Mientras, los medios de comunicación de la izquierda han salido al unísono a condenarle, por si acaso (la pena del telediario no se para en sutilezas como el derecho penal de autor).
Entre tanto, nadie le ha pedido perdón. El silencio del PP causa bochorno.  El silencio de sus viejos compañeros, también. El silencio de todos los que le persiguieron y condenaron antes de tiempo debe inscribirse en esa tendencia comunal que gusta de los sacrificios públicos y las guillotinas tumultuosas. Turbas con la razón perdida en el rencor.
Rato merece una disculpa. Nadie se la dará.
Yo me alegro infinitamente de su absolución porque siempre he creído en su inocencia y nunca he ocultado mi amistad hacía él.
Querido Rodrigo: cuánto me alegro.