Un país de talibanes: borran la imagen de Franco de un mural

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¿Se acuerdan de cuando los talibanes dinamitaban en Afganistán aquellos Budas que saltaban en mil pedazos por los aires? ¿Recuerdan cuando una chiflada acuchilló la tersa espalda desnuda de la Venus del Espejo, de Velázquez, por indecente? ¿O cuando un perturbado le rompió la nariz de un martillazo a la Piedad de Miguel Ángel? Sin ir tan lejos, todos recordamos aquellas “intervenciones” de curicas pacatos que cubrían con hojas de roble según qué partes de las tallas de angelicos desnudos de las iglesias españolas (e italianas, dicho sea de paso).  Hubo en los años ochenta también un ataque de nervios de la clase política española por descolgar retratos de Franco y José Antonio (presidían todos los despachos oficiales), deshacerse de bustos del generalísimo y del ausente (vigilaban desde las salas de reuniones, los zaguanes, los descansillos de las plantas de los ministerios), descolgar los tapices que loaban el alzamiento nacional o sus batallas, descabalgar caudillos, desmontar vidrieras conmemorativas y encalar murales de distinto mérito que ensalzaban la obra del que nunca había existido realmente. Luego la cosa se paró durante varias décadas. Hasta que llegó el perverso Zapatero y decidió convertir lo que había sido un ataque de nervios en ley de desmemoria histórica. Una locura legal. 

Una locura legal vuelve loco a un país. España, sin ir más lejos. Estamos a punto de sacar de su fosa el féretro de Franco y de llevarlo en volandas, por los aires, a un lugar llamado Mingorrubio cuyo solo nombre llama a precaución. Lo van a trasladar en helicóptero y con un dispositivo de seguridad de aquí te espero (nunca mejor dicho). 

Ha saltado estos días a la prensa la noticia de que el Ayuntamiento de Salamanca, ciudad que al parecer nada tuvo que ver con el caudillo, está borrando su imagen de un mural. Hace un par de años, ya picaron su efigie de la Plaza Mayor con ese ahínco que da el pegarle a un señor que ya no se puede revolver. Pero ahora, la cosa ha ido a mayores y los tribunales de justicia (estos señores, que no son más que funcionarios de redactar papeles y se han convertido en los árbitros políticos del país) han obligado al Ayuntamiento de Salamanca a suprimir la imagen de Franco de un mural pintado en 1962. ¡Suprímase! Y va un restaurador y la suprime. Esta vez hemos tenido verdadera suerte, porque le restaurador al parecer se ha limitado repintarle la cara al general y convertirla en pared. Un poco más y llaman a la artista del Ecce Homo y convierte a Franco, no sé, en Zapatero, por ejemplo, que es una forma como otra cualquiera de degenerar. La cosa no sería nueva. En la Iglesia descristianizada de San Francisco, en La Habana, los comunistas, que es de donde estos de aquí han tomado nota, cambiaron un cuadro con la efigie del Santo de Asís por un retrato de tres por cuatro de Fidel Castro, puro en ristre, boina calada, revolución al canto, cruzando algún inmenso río con un niño al hombro, o sea, un remedo de San Cristóbal en plan revolucionario y tropical. 

Aquí no hemos llegado a tanto pero llegaremos, sin duda, y lo siguiente va a ser poner a nombre de Pedro Sánchez, helicóptero va helicóptero viene, la tumba que Franco deja libre, por si dura. 

Entre tanto, en fin, la cara de Franco ha sido borrada de un enorme y hermoso mural pintado por el artista Ramón Melero, la integridad de cuya obra, en consecuencia, ha sido violada con el consentimiento de sus descendientes. El País, que es el periódico que el postfranquismo se inventó para hacer la Transición, titulaba muy cursi: “Franco ya no mira a Unamuno en Salamanca”. Y apostillaba: “Francisco Franco ha estado mirando fijamente a Miguel de Unamuno durante 57 años” (mejor así, fijamente, porque de lo contrario habría que haber llamado a Iker Jiménez para un programa de Cuarto Milenio).

Al parecer ese mural reproducía en una enorme pared a personajes e hitos de la historia de la ciudad, en cuyo centro se encontraba la figura de D. Miguel de Unamuno, rector de su Universidad y tantas cosas señeras. Franco, de perfil, desde una esquina, contemplaba hierático la escena sin decir palabra (por seguir con el temblor de El País). 

Ya nadie sabe que Salamanca fue, junto con Burgos, la ciudad española más vinculada institucional y simbólicamente al régimen de Franco. El 21 de septiembre de 1936, en la sede de su Palacio Episcopal (¡horror, horror, obispos españoles, tiren ese edificio delator!) fue nombrado Generalísimo de los Ejércitos. Fue Salamanca Cuartel General del Ejército Nacional hasta el final de la Guerra Civil; fue allí donde se produjeron los llamados sucesos de Salamanca en 1937 (media Falange se rebeló contra Franco) que provocaron la unificación política del régimen, y fue ahí donde se produjeron los tristes hechos que humillaron a D. Miguel de Unamuno. El mural, pintado en 1962, quería reparar en algo aquellos hechos bochornosos y era una forma de homenaje póstumo del propio Franco al gran literato del 98. Por eso se les hacía especialmente insoportable. 

Otra cosa: los niños del franquismo no parábamos de leer a Unamuno. Hoy no saben ni quién es. 

Pobre D. Miguel, bueno y mártir.