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YA NO CUELA

Presente continuo

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Lo que diferencia al hombre civilizado del salvaje o del niño es su asunción del tiempo. Crear una gran civilización no es solo cuestión de números, de un gran ejército, de riqueza, de grandes ideas: todo eso, necesario, es consecuencia de lo que digo. Porque cuanto mayor sea la consciencia del pasado y la previsión del futuro, la voluntad de continuidad, más brillante será la civilización que se construya y más estable la sociedad resultante.

El tirano quiere siempre infantilizar al pueblo que gobierna, lo quiere presentista, sin pasado ni porvenir, atrapado en un presente continuo, en un idiotizante ‘carpe diem’ que le robe toda identidad y toda raíz, porque todo lo que da memoria y previsión a un pueblo le dota también de capacidad de resistencia, de capacidad para gobernarse a sí mismo.

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Es un objetivo casi completamente conseguido. Todas las políticas favorecidas por el vulgo son cortoplacistas, porque hemos dejado de tener hijos y, por tanto, de preocuparnos por lo que será. Toda nuestra cultura nos empuja a gastar hoy, gozar hoy, sin pensar en mañana. Se desincentivan los lazos duraderos, las lealtades permanentes, la paciente creación de riqueza para las próximas generaciones.

Y, desde el otro lado, la memoria, la ofensiva no es menor. El Gobierno Sánchez es solo la muestra última, grotescamente exagerada y acelerada. El ‘agujero de la memoria’ que popularizó George Orwell en 1984 se ha hecho realidad de un modo que el novelista británico no hubiera podido sospechar: sin coacción. Votar a Sánchez exige olvidar todo lo que dijo o, lo que es perfecto sinónimo, todo lo que mintió.

Sánchez no es causa de nada. Es solo una última estación, el síntoma de la enfermedad terminal. Si el enfermo no despierta del coma, si España no se recupera de su amnesia, no doy dos duros por ella.

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