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NADIE TIENE DERECHO A REGULAR LA MUERTE DE OTROS

Votar la ley de eutanasia tendrá su ‘efecto boomerang’. Por Julio Ariza

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Quien vientos siembra, recoge tempestades. Jugar a resquebrajar los elementos sociales de cohesión como la familia, y más exactamente, con cómo debe o puede comportarse una familia ante una situación de dificultad como el final de la vida de uno de los suyos, y cómo debe actuar el Estado respecto de esa familia en esa fase final, es una cuestión de alto riesgo. Debería escapar a la inmediatez de postulados ideológicos o partidistas y ser objeto de una profunda reflexión moral. No solo afecta a los derechos del enfermo, que claro está que le afecta en primer término, sino también a los derechos de esa familia, a los derechos de la sociedad, y a las barreras de entrada que todo Estado debe encontrar ante la intimidad familiar y personal en el momento de la muerte.

La primera pregunta que debe uno hacerse es la siguiente: ¿Puede y debe un Estado regular la muerte? Planteada la pregunta, la primera respuesta moral es el silencio. No está claro. ¿Le pertenece a un Estado la vida de sus ciudadanos? Si la respuesta es positiva, damos al Poder un arma de incalculable peligro. La vida de una persona no puede pertenecer a un mandatario, institución o Estado, que no puede si quiera regular el momento a partir del cual puede decidirse que la vida ya no merece la pena. Es una cuestión previa, sobre la que nadie se para a pensar. Pero antes de regular la eutanasia (cosa distinta son los cuidados paliativos) hay que pensar estas cosas. ¿Puede el Estado legítimamente regular el uso de la muerte? ¿Puede establecer el momento a partir del que la vida puede ser desechable?

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Cuando el malvado Echenique dice que España va a estar a la cabeza de Europa en la regulación de la eutanasia, a uno le empiezan a dar escalofríos.

Otra cuestión, que nadie se plantea, es la de los valores que se ponen en riesgo cuando el Estado se dedica a aprobar leyes invasivas de la intimidad personal y, no se olvide, de la intimidad y del ambiente familiar. ¿Y si la carga de la enfermedad, de la vejez, del Alzeimer, de lo que sea, fuera tan pesada para la familia que, gracias a la legislación, ésta tuviera la tentación de ir convenciendo al anciano y de ir convenciéndose a sí misma de que, en realidad, lo mejor es poner fin a la vida? ¿Sería mejor, moralmente, éticamente, estéticamente incluso, una sociedad de hombres enteramente sanos, sin viejos, sin enfermos irreversibles? Esa es una pregunta que nadie se formula seriamente. Es la misma pregunta que nadie se hizo en Europa cuando empezaron a exterminar a los no nacidos con síndrome de Down. ¿Es mejor una sociedad que ha exterminado, prácticamente a esos niños por el mero hecho de tener un menor cociente intelectual (y un mayor cociente afectivo, que nadie se molesta en medir)? ¿Puede el Estado decidir a partir de qué coeficiente se puede destruir una vida?

Me da la impresión de que se hace política y se legisla como se toca de oído o se juega de tacón. Nadie se toma la molestia de estudiarse la partitura previamente.

Una ley de eutanasia como la planteada por el frente popular en el congreso va a tener un seguro ‘efecto boomerang’, uno al menos: la vida de los más desprotegidos, de los más desamparados, de los más marginados de la actividad en sociedad se va a convertir en un pesado lastre a resolver con la muerte. Lo inmediato será que a los mismos que toman la horrible decisión, también les llegará su hora, pero ellos habrán sentado el precedente, y de esa manera su implícito consentimiento. ¿O es que lo vale para el abuelo no vale para el padre? Es solo cuestión de tiempo. Tempus fugit (así que poco tiempo, ya verán.) Podrían plantearse otras preguntas: ¿Da más satisfacción interior cuidar hasta la extenuación al ser querido que se va, o nos deja más satisfechos adelantar su muerte?

Una de las ventajas de tener una familia, criar a los hijos -si se han podido tenerlos- con esmero y cariño, sufrir juntos y disfrutar juntos de la vida y de los valores morales que la fundan (morales y católicos, por qué ocultarlo) es que se van trabajando las virtudes. Por ejemplo, la virtud de saber encarar el final de la vida, la propia y la de los seres queridos, aunque sea doloroso y difícil. Por ejemplo, educar a los hijos en que nadie puede decidir sobre la muerte de los demás. Si uno transmite ese valor a los hijos, el boomerang pasa de largo. Pero si educamos a la sociedad en que todo vale, incluso la inyección letal, para vivir más cómodamente, el boomerang acabará en la cabeza de quien frívola o malévolamente lo lanzó.

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Morir es el destino natural del hombre, y luego (eso para los que guardamos nuestra modesta fe en el corazón), resucitar. Así las cosas, nadie tiene derecho a regular la muerte de los otros.