Ya no cuela

Espías. Por Carlos Esteban

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Toda institución humana, con independencia de los motivos por los que se crea, acaba teniendo por fin principal su propia supervivencia y el medro de sus miembros. De ahí que tantas de las que se crearon con carácter de emergencia y de forma temporal, como el Impuesto sobre la Renta, se acaben convirtiendo en parte del paisaje y protagonistas de nuestra cotidianeidad.

Un problema adicional derivado de esta premisa es que si lo que justifica la existencia y prosperidad de la institución es la existencia de una amenaza, la propia institución se asegurará de que esa amenaza no termine nunca.

Una expresión que ha cobrado una particular popularidad en los últimos años es la de ‘Estado profundo’, que se intenta hacer pasar por cosa de conspiranoicos pero que se maneja desde hace más de un siglo y es lo más razonable del mundo.

Abarca fundamentalmente a toda esa burocracia, con enorme poder sobre nuestras vidas, que no cambia cuando cambia el gobierno. Y entre las instituciones de este poder inquebrantable, ninguna tan poderosa como las agencias de inteligencia.

El conocimiento es poder, como sentenció Francis Bacon, y no hay conocimiento tan eficaz para lograrlo como el secreto y referido a otras agencias de poder. Es el dilema que tienen todas las autoridades políticas, que necesitan espías porque necesitan información exacta y privilegiada, pero no pueden evitar que esos mismos espías se conviertan, por su propia naturaleza, en un poder paralelo, irresponsable ante los gobernados, que acaba convertido en hacedor de reyes. No hay país desarrollado donde los servicios de inteligencia no hayan terminado por constituir una de las mayores amenazas para la democracia.