Aniversario Miguel Angel Blanco

«Esto se nos va de las manos» Recuerdos del crimen de M.A. Blanco. Por Pedro G. de la Serna

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Por Pedro Gomez de la Serna (*)

Lo recuerdo como si fuera ayer. Gustavo de Arístegui, por aquel entonces director del gabinete del Ministro del Interior, bajó demudado del despacho de Jaime Mayor Oreja. «Le van a matar», dijo, emocionado y  lívido, reproduciendo la literalidad de las palabras del Ministro. «No hay ninguna posibilidad».

ETA había secuestrado a Miguel Angel Blanco con el único objetivo de asesinarle a cámara lenta y ante todos los españoles. A pesar de ser plenamente conscientes de la inevitabilidad de su muerte, desde el Ministerio del Interior se realizó el mayor y más trepidante despliegue de su historia por los montes, valles, aldeas y caminos del País Vasco. Había que encontrar a Miguel Angel Blanco antes de que lo asesinaran. Era la única opción.

ETA había desafiado al Estado con una exigencia deliberadamente inasumible: el acercamiento masivo de todos los presos de ETA al País Vasco en 48 horas, una operación imposible tanto desde el punto de vista operativo como de lucha antiterrorista. Así era la sanguinaria psicología de ETA. Con el emplazamiento al Estado, la organización terrorista trataba de consumar la venganza por la liberación de Ortega Lara, de mostrar un acto de fuerza hacia el interior de la organización y de producir una gigantesca ola de desesperación y de impotencia sobre el pueblo español. Pero lo que surgió espontáneamente de la sociedad española fue exactamente lo contrario, el Espíritu de Ermua.

Antes incluso de cumplirse el plazo, acorralada por el dispositivo de búsqueda y acosada por la reacción popular (3 millones de personas salieron a la calle en toda España, solo en el País Vasco 500.000), a las cuatro de la tarde del día 12 de julio, ETA, implacable en el odio, descerrajó dos tiros sobre la cabeza del pobre Miguel Angel, cuyo sufrimiento previo omito por respeto a su memoria. Luego supimos que la guardia civil había estado a punto de encontrarle antes de la terrible ejecución, pero no hubo suerte, pese al derroche y la desesperación del esfuerzo realizado.

No por menos esperada, la noticia llegó como un terrible mazazo al Ministerio. Jaime Mayor compareció ante los medios en una de sus más estremecedoras intervenciones. Recuerdo como si fuera hoy la expresión en la cara de aquellos mandos de la guardia civil y de la policía nacional (generales, coroneles, comisarios), sus lágrimas contenidas, su silencio, y ese sentido del deber que es una mezcla de alta profesionalidad y de honor.

Miguel Angel apareció todavía con vida y pese a que se produjo una explosión nacional de alivio y de alegría, éramos plenamente conscientes de que su muerte era más que segura y, en la madrugada del día 13, con las plazas de todos los pueblos de España alumbradas de velas y de gente de bien que rezaba en vigilia por su salvación, murió.

La conmoción nacional desbordó al Ministerio, que nunca se vio -ni antes ni después- más respaldado por los españoles que en aquel terrible día. Recuerdo a Jaime Mayor, a Ricardo Martí Fluxá, a Gustavo de Arístegui, a Juan Cotino, a Santiago López, a Cayetano Gonzalez, a todos, conmocionados, intentando organizar el entierro de Miguel Angel Blanco en Ermua. El gobierno tenía que estar a la altura de las circunstancias y la Corona tenía que ponerse al frente de la  reacción del pueblo español. Hubo que garantizar a Zarzuela la seguridad del Principe Felipe en Ermua (no era fácil: ETA enseñoreaba aún el territorio y tenía fuentes de información sobre el terreno que podían haber terminado en el asesinato de D. Felipe. El crimen de Miguel Angel podía ser un cebo para el magnicidio). Asumido el riesgo y confirmada por D. Juan Carlos I la presencia del futuro rey (otro gesto valiente y generoso que nadie recuerda en esta hora triste para el viejo monarca) fueron también convocados -desde Moncloa- los tres ex presidentes del gobierno: Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo, Felipe González. Todos los partidos políticos del arco parlamentario -salvo HB, claro- acordaron enviar a sus máximos representantes al entierro. El presidente Aznar se puso al frente de todo. El gobierno vasco colaboró (luego revelaré los comentarios miserables de Javier Arzallus en la comitiva fúnebre).

Ermua es una villa industrial de 15.000 habitantes (muchos de ellos, emigrantes de otros lugares de España, como los padres de Miguel Angel) y está situada en una zona del Duranguesado que se confunde con Eibar (Guipúzcoa). ETA dominaba por aquel entonces ese difícil territorio. Tenía informadores, colaboradores y comandos por todos lados. Cuando se dice que ETA fue ajeno al sentir general vasco, es mentira. Era un fenómeno de odio y de burricie profundamente enraizado, al menos en Guipúzcoa. Al llegar a Ermua -yo iba con Julio Anguita en el coche- el ambiente era completamente siniestro. El odio de las pintadas, de las ventanas cerradas, de las miradas de algunos, se alternaba con la explosión de impotencia y de indignación de la gente sencilla. Anguita vivió aquella entrada en el pueblo con verdadera angustia. Me comentó «todos somos responsables pero los culpables son los nacionalistas, que han creado este odio y han consentido este ambiente».

Sin embargo, a medida que íbamos accediendo al centro, el panorama cambió. Gente llorando en la calle, caras de desesperación y de impotencia, voces gritando «ETA asesina», «Miguel Angel, Miguel Angel» y prensa, mucha prensa llegada de toda España.

Nos dirigimos al Ayuntamiento, punto de encuentro a cuyos salones fueron llegando las autoridades nacionales, autonómicas, locales, civiles y militares, y el propio Principe Felipe, que siempre demostró esa entereza que le caracteriza.

El funeral en la Parroquia de Santiago Apóstol -donde Miguel Angel había recibido la primera comunión- estaba abarrotado. Recuerdo el dolor de aquellos padres que no entendían nada, a su jovencísima y destrozada novia, a su hermana deshecha. Recuerdo los bancos de las primeras filas con todas las autoridades nacionales y autonómicas, al Principe Felipe destacado frente al altar en una silla de respeto (que era por cierto un esas  sillas típicamente castellanas) traída del ayuntamiento, y el ataúd en el centro.

Había dos ambientes en la parroquia aquella. Por un lado,  el dolor de los que habían sufrido el atentado como propio. Por otro, los que estaban impresionados por la imponente reacción social frente al asesinato a cámara lenta del joven concejal (a la muerte ya estaban acostumbrados) y miraban «a los de fuera» con una mezcla de gesto de cumplido y miseria que no he podido olvidar. Escuché a una señora de mediana edad decirle a su marido «pero qué listos son estos, mira la que han organizado aquí, cómo lo aprovechan todo». Giré la cabeza hacia ella y entonces simuló algún tipo de bisbeo. El hombre que estaba a su lado lanzó su vista hacia ninguna parte.

Terminado el funeral, salimos en cortejo fúnebre hacia el cementerio. Era un día de sol. Multitudes, antes impensables, recorrieron las calles de ese pueblo completamente desbordado por el dolor. Pasamos por delante de un bar (no recuerdo bien si era una Herriko Taberna de las que gustaba frecuentar Pablo Iglesias) donde la gente bebía y miraba con un silencio de hielo. Hubo un momento, en el cortejo fúnebre, en el que por razones de puro azar me ví alineado con los tres expresidentes Suarez, Calvo-Sotelo y González. A Adolfo Suárez, que tenía el don del encanto personal, le debió de hacer gracia que un joven treintañero como yo ocupara indebidamente ese puesto en el cortejo fúnebre, y  me regaló, con esa generosidad suya para el trato humano, un rato inolvidable de su conversación. Con su enorme intuición y simpatía me dijo «esto hay que analizarlo bien… estamos viviendo un cambio histórico…este crimen es distinto y abre un ciclo en España completamente nuevo».

La comitiva siguió avanzando y yo quedé rezagado  un par de filas atrás, esta vez junto a Javier Arzallus y a Iñaqui Anasagasti. Escuché el comentario que el viejo Arzallus le hacía, con la boca prieta, al diputado Anasagasti: «Esto se nos va de las manos, Iñaqui. Hay que hacer algo. Tenemos que reaccionar. Mover ficha». Arazallus comprendió perfectamente que acababa de surgir el «Espíritu de Ermua», una inmensa reacción espontánea de repulsa y condena que podía terminar con el monopolio nacionalista del País Vasco.

Lo que llegó después fue ese «mover ficha» de Arzallus, el Pacto de Estella entre el PNV y ETA, la tabla de salvación que el nacionalismo burgués le entregaba a aquella banda de asesinos para no perder el control económico, político y social del País Vasco.

Una ignominia solo comparable al actual pacto de Pedro Sanchez con Bildu.

 

(*) Durante los hechos relatados en este artículo, Pedro Gomez de la Serna era asesor del gabinete del Ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja.