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VOLVERÁN A LAS CALLES

Algo pasa en la Francia de Macron

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Como siempre en la Historia Contemporánea, el país vecino es vanguardia en levantamientos populares. Son los primeros siempre en cuestionar el sistema. Los analistas, los articulistas, los presentistas de la historia suelen enfrentarse a estos fenómenos con un prisma ideológico. Hace no mucho tiempo todos los movimientos sociales se analizaban a través del catalejo de la lucha de clases. Hoy todo es género, migración, cambio climático, animalismo, empoderamiento feminista, veganismo, sociedad heteropatriarcal, comunidad LGTBI, identidad fraccionada, identidad mutilada. La nación ya no sirve para nada. La identidad nacional ha sido arrinconada, olvidada, apartada por la política y las oligarquías mediáticas. El ciudadano ha dejado de serlo, si no pertenece a una de esa minorías. 

Nadie o casi nadie entiende en España lo que está pasando con los chalecos amarillos en Francia. En los medios españoles aparece noticias, datos, pistas, anécdotas, algún artículo de opinión, pero nadie se adentra honestamente en esa rebelión que abarca la totalidad del territorio francés, no solo Paris, que es transversal, que no tiene ideología al uso, que no está controlada por partidos políticos o sindicatos y que sin duda alguna se acabará contagiando a otros países, por otras razones, con otras manifestaciones. La de los chalecos amarillos es una rebelión contra el sistema en toda regla. 

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Al principio fue la subida del gasoil. Fue solo un síntoma pionero. Macron decidió subir drásticamente el precio del gasoil para cumplir, decía, con exigencias ecológicas derivadas del cambio climático; con tal excusa creó un impuesto ecológico al gasoil que descuadraba las cuentas del francés medio del mundo rural. Los provincianos de la Francia interior, los ganaderos, los agricultores, los repartidores, los panaderos, los mercaderes, la clase media que no vive en París, que hacen su vida montados en su vehículo diésel, vieron cómo esa subida injustificada rompía sus expectativas de negocio y  su movilidad. Macron no les dio alternativa. Hasta que empezaron a rebelarse contra todos. La Francia parisina, la gubernamental, la élite central del país, vive de espaldas al resto de Francia. La brecha salarial y social en el país galo no se da entre mujeres y hombres, sino entre capitalinos y periféricos, entre los que están y los que han quedado fuera del establishment, entre los que pertenecen a uno de los colectivos tutelados bajo su identidad fraccionada y quienes solo se sientes franceses normales y corrientes, y por ello excluidos. Por eso se rebelan. Quieren volver a ser ciudadanos de una Francia de iguales. 

Después de los provincianos llegaron los estudiantes, luego los pensionistas, los parados, los enfadados con un sistema que sienten que les ha dejado tirados. Allí hay gente de Le Pen, comunistas de Melenchon, personas sin ideología, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, gentes con estudios superiores y trabajadores no cualificados, o sí. Hay de todo. Es una extraña mancha de aceite que se ha ido extendiendo sin control oficial por el solar de Francia. 

La nación, como elemento histórico, cultural y político de identidad de los franceses, se levanta frente a la mentira de las identidades fraccionadas. Reacciona porque no quiere quedarse en minoría ni ser desplazada. La nación es un filtro, un valladar, un asidero demasiado potente como para retirarse ante el erial de las falsas identidades alternativas creadas por el globalismo.

Cuando las élites y las oligarquías dan la espalda a la nación, a la ciudadanía, al hombre medio, y se entregan a los intereses de los lobbys económicos e ideológicos, pueden ocurrir algunas de estas cosas. Últimamente no han vuelto a salir a las calles, pero volverán.

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