La audacia china, la indolencia de la Unión Europea

|

Comencemos dando un dato astronómico para situar en la cabeza del lector la dimensión de lo que se está jugando en el tablero económico de Europa: China invierte alrededor de  300 mil millones de euros  en el Viejo Continente, siempre con un sentido estratégico.

El  Viejo Continente  es, en efecto, desde hace tiempo, un destino privilegiado para las inversiones y adquisiciones chinas, realizadas tanto por entidades estatales o paraestatales (empresas públicas, fondos soberanos, y otras modalidades públicas de intervención) como por grandes empresas privadas (dependientes siempre del control político, del informe de su gestión y del partido comunista chino). Desde que el presidente Xi Jinping presentó la estrategia de la Nueva Ruta de la Seda en 2013, la carrera del Dragón por hacerse con los activos estratégicos europeos ha ido en vertiginoso aumento. Hasta finales de 2015, el objetivo era principalmente grandes grupos industriales y compañías cotizadas; después del desarrollo de la  Iniciativa Belt and Road,  el objetivo han sido postes estratégicos, infraestructuras, puertos, instalaciones. China no da puntada económica sin hilo estratégico y la marea del dragón oriental irá con toda seguridad en aumento en un proceso de colonización económica de libro.

La Unión Europea, que comenzó siendo una unión económica constituida precisamente para crear estrategias conjuntas de crecimiento y comercio, de expansión y de protección frente a los grandes actores internacionales, está también fracasando en este terreno. No solo está fracasando: está languideciendo en la chaise long de lo políticamente correcto y del trajín burocrático de sus propias élites bruselitas. Nunca ha servido la Unión Europea para trazar primero y poner en marcha después una estrategia unificada para controlar y regular a su propia conveniencia esa avalancha china. La irrelevancia geopolítica y geoeconómica de la Unión Europea no solo se hace palpable en este terreno, sino también por la carencia y  la ausencia de un jugador europeo importante para competir eficazmente en la carrera tecnológica global. Europa, como actor tecnológico global de primer nivel, ha desaparecido precisamente en los años en que más dominantes han sido las instituciones de la Unión. Desde la Comisión Europa comienza ahora a plantearse la necesidad de crear un maro fondo soberano de la Unión de 100.000 millones de euros.  Pero nadie o casi nadie cree en esa posibilidad, porque los estados miembros, por su cuenta, han iniciado acciones cansados de esperar movimientos de la pesada maquinaria de Bruselas.

Italia, por ejemplo, decretó la introducción de una suerte de acción de oro en las redes de telecomunicaciones.

Por su parte, Alemania ha diseñado un «fondo» autónomo contra adquisiciones extranjeras de empresas alemanas, dirigido sobre todo a objetivos chinos. 

En España, no saben, no contestan. Todo lo más, como González Pons, lugares comunes, vulgaridades y, eso sí, opulentos viajes, ora con la Sra. Cospedal para fortalecer la relaciones del PP con el Partido Comunista Chino, ora con el Grupo Popular Europeo para no se sabe bien qué. Más allá de los viajes, la única declaración que ha hecho sobre el país asiático es  que la amenaza para la economía valenciana viene de la guerra comercial de Trump con China. 

Mientras Europa languidece en su decadencia comunitaria, las fortaleza de las adquisiciones y actividades chinas en toda Europa no ha hecho más que incrementarse, y no solo en Valencia. Por ejemplo, en Duisburg, el puerto intermodal más grande del mundo, con 60 mil metros cuadrados de espacio comercial en las orillas del Rin, como término de la Nueva Ruta de la Seda . 

El problema con las inversiones chinas  es el componente político que subyace. Son inversiones estratégicas, en sentido de un nuevo tipo de colonialismo. El otro problema es su alta heterogeneidad. Están entrando en todos sitios. Desde la compra por parte de la compañía naviera Cosco del terminal del Pireo con fines logísticos, como parte del verdadero «asalto» a las riquezas de una Grecia postrada por la austeridad, hasta la entrada mayoritaria de ChemChina en capital de Pirelli. 

Hay incluso países como Portugal que, afectados por la crisis y obligados a la política de austeridad, han tenido que recurrir a China en busca de inversión y de ayuda financiera, llegando a emitir los denominados “bonos panda” en yuanes. 

¿No debería la Unión Europea capitanear  una política industrial y económica para evitar la entrega en manos chinas de activos estratégicos relevantes para el comercio, la seguridad, las comunicaciones  y la economía europea? ¿No debería ocuparse más del futuro económico de los europeos que de impulsar desde Bruselas dinámicas de distracción políticamente correctas? ¿Qué hacen los bruselitas, los eurodiputados, los altos funcionarios y los políticos de la Comisión?

La Unión Europea, que tanto se escucha a sí misma, guarda silencio.