Extinguir las conciencias para garantizar el derecho a matar

|

El contundente informe del Observatorio de Bioética de la UCV: extinguir las conciencias, para garantizar el derecho a matar

 (Observatorio de Bioética de la UCV)-Dos pequeñas células, los gametos masculino y femenino, que no vivirán más de 120 o 24 horas respectivamente, protagonizan un suceso biológico impresionante: su fusión complementaria da lugar a una forma de vida sorprendente: podrá vivir más de 100 años.

Los hallazgos científicos recientes relacionados con las primeras etapas evolutivas de la vida humana embrionaria resultan asombrosos.

La penetración del espermatozoide a través de la membrana del ovocito, en un ritual biológico bien organizado, desencadena en este una tormenta bioquímica acompañada de profundos cambios metabólicos y estructurales que señala el comienzo de la andadura de una nueva unidad biológica: ha nacido un individuo de la especie humana.

A pesar de su inmadurez -posee una sola célula al comienzo de su existencia- muestra un potencial sorprendente. El programa de desarrollo contenido en su dotación genética se abre como un complejo manual de instrucciones que empieza a fraguar el milagro.

“La genética humana puede resumirse en este credo básico: En el inicio está el mensaje, y el mensaje está en la vida, y el mensaje es la vida. Y si el mensaje es un mensaje humano, entonces la vida es una vida humana.” (Jérôme Lejeune)

La célula inicial, el cigoto, comenzará a dividirse, y cada célula resultante comenzará a aprender la ruta evolutiva que debe seguir. Las células embrionarias se dividen y especializan progresivamente, completando paulatinamente, su propio manual de instrucciones, perfeccionándolo, para dotar a este embrión de una estructura organizada, programada, evolutiva y continua, camino del nacimiento, de la edad adulta y de la muerte.

Estas primeras etapas del viaje, aún en la trompa de Falopio de su madre, resultan apasionantes. El embrión deberá progresar, ayudado por ella, hasta llegar al endometrio uterino, que, si todo ha ido bien, se habrá desarrollado para acogerlo. Aquí pueden empezar sus dificultades.

Este endometrio puede no estar en condiciones para esta función por muchas causas, algunas naturales y otras provocadas. Muchos contraceptivos actúan convirtiendo este endometrio en un lugar inhóspito para albergar la vida.  El frágil y complejo embrión humano se verá entonces obligado a “pasar de largo”, precipitándose a una muerte segura.

Pero si se le deja crecer, sigue produciendo el asombro de los científicos, que observan como una simple célula contiene toda la información para desarrollar un sofisticado programa de diferenciación, perfectamente ordenado, progresivo, de complejidad creciente y sin interrupción.

Sucede además un hecho sorprendente: en su primer viaje a través de las trompas de Falopio de su madre, y avanzando ayudado por ella, establece su primer diálogo maternofilial. Hoy se conocen multitud de sustancias químicas segregadas por el embrión que actúan como “señales” para su madre, que le contesta, a su vez, con nuevas moléculas que el embrión recibe. Este diálogo es un maravilloso cortejo entre la madre y su hijo que prepara la posterior implantación, inhibiendo selectivamente la posible respuesta inmune de la madre hacia su hijo, que es genéticamente distinto a ella, posee proteínas que ella reconoce como extrañas y podría rechazar. Pero no es así. La madre, sorprendentemente, desencadena una repuesta excepcional: su hijo, aunque genéticamente distinto, no es su enemigo, como lo son bacterias, virus, hongos, tumores, o tejidos trasplantados de donantes. Y, por tanto, lo respeta, modulando su respuesta inmune para que siga protegiéndola y, a la vez, respetando algo valioso, diverso de ella: su propio hijo.

Las células embrionarias, al principio muy parecidas entre sí, van especializándose y formando tejidos, órganos, estructuras, sustancias químicas reguladoras… que no solo van apareciendo sorprendentemente, sino que saben dónde deben posicionarse dentro de la pequeña estructura embrionaria, que va adquiriendo muy pronto una fisionomía reconocible en su cabeza, sus extremidades, el latido cardiaco, sus ojos… que ya pueden distinguirse en apenas cuatro semanas desde la concepción.

Y las células de su retina saben perfectamente donde deben viajar y como formarla, lo mismo que las células de su hígado o su corazón, sus neuronas, sus glóbulos rojos o sus huesos. Y lo hacen ordenadamente: todas siguen el programa al pie de la letra y las estructuras embrionarias y fetales van perfilándose como si de una obra de arte se tratara, dejando asomar poco a poco el rostro de una persona original, única e irrepetible.

Pronto desarrollará su olfato que le ayudará a identificar a su madre más adelante. Su crecimiento le impulsa hacia el nacimiento, donde continuará su maduración hasta su edad adulta.

Los intentos por definir un cambio de naturaleza en la evolución del embrión, que lo excluyera de su identidad humana -el preembrión- en sus etapas iniciales de desarrollo, han fracasado ante la acumulación de evidencias científicas que reconocen un continuo, sin cambio de naturaleza, que define a un individuo desde el primer instante de su existencia: la fecundación.

Hasta aquellos que propusieron el término preembrión en los años ochenta, tras la aparición de la fecundación in vitro, han abandonado esta pretensión.

Hablar hoy de agregado celular, como algo distinto a un individuo, al referirse al embrión temprano, demuestra desconocimiento de las evidencias científicas que se acumulan sobre la naturaleza de los seres humanos en sus etapas iniciales de desarrollo.

Tiempos difíciles en la defensa de la vida 

Pero este asombro ante la vida humana naciente, su complejidad, su originalidad y la perfección de su programa de desarrollo, pasa desapercibida para muchos.

El embrión humano es débil, dependiente, frágil, no puede hacer valer sus derechos, y es su madre su protección, su alimento, embrión humano. Interesante vídeo que muestra el origen de la vida. su custodia. Aunque muchos de ellos no tienen ni esto: generados en el laboratorio, expuestos a un medio extraño, quedan a merced de quienes los manipulan.

Son seleccionados por su calidad o desechados por su imperfección. O por sus características, que pueden resultar más o menos útiles a quienes los manipulan.  O son directamente destruidos para extraer sus células, aún inmaduras, desdiferenciadas, pluripotentes, ansiadas por los científicos que quieren producir tejidos, órganos o utilizarlos en otras investigaciones.

Pero, aunque muy inmaduras aún, son personas. Eso es lo que pensó Shinya Yamanaka, premio Nobel de Fisiología y Medicina en 2012, cuando un día en su laboratorio, trabajando con embriones humanos de los que extraía, tras destruirlos, estas células pluripotentes, cayó en la cuenta de que los embriones que observaba a través de los oculares de su microscopio eran semejantes a aquellos que fueron sus hijas en sus primeras etapas de desarrollo. Alguien que hubiera hecho lo que él hacía con esos embriones hubiera acabado con sus vidas.

Esta reflexión le movió a la necesidad de dejar de destruir embriones en sus investigaciones, y buscar las células pluripotentes -o células madre- en otro lugar. Así diseñó un proceso de edición genética de células adultas que les conferiría un estatus parecido al de las células embrionarias, sin necesidad de seguir destruyendo embriones.

Pero no todos los científicos han tenido esa sensibilidad, que les permita observar mejor la realidad de la vida humana.

Más de 600.000 embriones humanos, esperan congelados a 196 grados bajo cero en nitrógeno líquido solo en España. Más de 1.500.000 en EE. UU. Pueden ser muchos más.

Solo un reducido número de ellos será implantado en el útero de sus madres o donados a otras mujeres para su gestación. El resto está condenado a su destrucción.

Estos embriones, sobrantes de las técnicas de reproducción asistida, se siguen produciendo en grandes cantidades, porque estas técnicas mejoran así sus probabilidades de éxito, pudiendo ir utilizándolos en nuevos intentos en caso de fracasar en sus tentativas.

De tanto en tanto, se informa de algún incidente en alguno de estos congeladores que provoca la muerte de los cientos de embrionesallí criopreservados.

Derecho al aborto 

En junio de 2021, el mismo día que en España se aprobaba la ley de eutanasia, se aprobó en el Parlamento Europeo el Informe Matic, que reclamaba que el aborto fuera reconocido como un derecho para la mujer, con lo que ello implica: debe procurársele siempre que lo pida y no debe en ningún caso obstruirse el proceso abortivo, incluyendo la objeción de conciencia como un obstáculo más.

Más tarde, hace algunas semanas, el presidente francés Emmanuel Macron, instaba a incluir la defensa del aborto en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea.

Otros movimientos en esta dirección, como la ley del Gobierno español que sanciona con prisión “a los que informan o rezan a favor de la vida” en las inmediaciones de las clínicas abortistas, son calificados también por nuestro arzobispo como “una barbaridad de gravísimas consecuencias”.

Eugenesia 

La posibilidad de manipular el embrión en el laboratorio abre la puerta a las prácticas eugenésicas que buscan seleccionar a los seres humanos en función de sus características o estado de salud.

Este tipo de experimentos no es nuevo, y recordamos con amargura los intentos por obtener razas “puras” seleccionando o exterminando a los individuos en función de determinados intereses. Cabría esperar de la humanidad y la civilización un mejor aprendizaje de sus propios errores, que no parece producirse en muchos casos.

Así, el número de bebés que nacen con síndrome de Down en Dinamarca continúa disminuyendo, con el número más bajo registrado desde que el país comenzó un registro de síndrome de Down en 1970: El Copenhague Post señaló que solo nacieron 18 bebés con síndrome de Down en el año 2019.

Islandia llegó a los titulares internacionales hace varios años cuando se reveló que el país tiene una tasa de abortos de casi el 100% de bebés con síndrome de Down.

En Polonia, de poco menos de 1.100 abortos cometidos en 2016, casi todos se debieron a discapacidad. En los Países Bajos, a las mujeres se les dice que tienen el «deber moral» de abortar si su hijo tiene síndrome de Down, y los medios australianos elogiaron con entusiasmo una nueva prueba de detección prenatal que podría, en sus palabras, «acabar de manera efectiva con el síndrome de Down». Obviamente no se refería a acabar con el síndrome, sino con las personas que lo sufren.

“Para evitar exacerbar el debate, retrocederé muchos años, hasta los espartanos, los únicos que eliminaban a los recién nacidos cuando pensaban que no serían capaces de portar armas ni engendrar a futuros soldados. Esparta era la única ciudad griega que practicaba este tipo de eugenesia, esta eliminación sistemática. Y nada queda de ella: No nos ha dejado ni un solo poeta, ni un solo músico, ¡ni siquiera una ruina! Esparta es la única ciudad griega que no contribuyó con nada a la humanidad. ¿Es una coincidencia o existe una relación directa? Los genetistas se hacen la pregunta: ¿Se volvieron estúpidos porque mataban a sus futuros pensadores y artistas cuando mataban a sus hijos menos bellos?” (Jérôme Lejeune).

Las secuelas del aborto 

Las mujeres que abortan sufren. Muchas no deciden con libertad, porque no son debidamente informadas. No conocen alternativas, no se les ofrecen ayudas, se les oculta la naturaleza de sus hijos, y se les obliga a decidir en circunstancias de angustia en muchos casos, de desesperación. Es decir, sin libertad. Los abortos provocados incrementan el riesgo en las mujeres que abortan de sufrir trastornos psicológicos futuros. Más si el aborto es reiterado.

En las mujeres que han sufrido un aborto provocado (TOP) el riesgo de mortalidad es un 170 % mayor respecto de las que han dado a luz a un hijo vivo, y el doble respecto de las que han sufrido un aborto espontáneo.

Las adolescentes que abortan reducen su esperanza de vida respecto a las que prosiguen con su embarazo, según un reciente estudio. Continuar el embarazo en adolescentes es un factor protector que reduce el riesgo de suicidio en un 50 % y la muerte por otras causas en un 40 %.

No solo el embrión que muere es víctima del aborto. También lo es la mujer, o los que cooperan con ello. Pero lo es también la sociedad, que ve envejecer la población, originando un problema demográfico descomunal, al que el aborto contribuye significativamente.

Manipulación de embriones 

Pero hay más. Los embriones pueden ser manipulados, editados genéticamente para que reproduzcan determinadas características, o directamente, para mejorarlos, como proponen las tesis transhumanistas, que buscan alterar lo humano, creando el “posthumano”.

Los avances en edición genética, de la mano de las técnicas CRISPR, abren peligrosas oportunidades a muchos investigadores, que pueden modificar el código genético humano, con consecuencias tan impredecibles como catastróficas.

Los experimentos de clonación humana, de hibridación con animales produciendo quimeras, la posible obtención de gametos o incluso embriones artificialmente a partir de cualquier célula del organismo o la gestación artificial dibujan un sombrío panorama para el progreso humano.

Limitación a la objeción de conciencia 

Extinguir las conciencias, parece un paso ineludible para garantizar el derecho a matar. Señalar y perseguir a los objetores que se niegan a abortar o practicar eutanasias, parece posible si matar es reconocido como un derecho.

Eutanasia legal 

Análogamente a lo anterior, la fase final de la vida humana ofrece una fragilidad similar a la de su comienzo. Un enfermo incurable, dependiente, sufriente, incapaz, se parece mucho a un embrión. No es autónomo, no produce, no puede hacer valer sus derechos en muchos casos, no se resistirá a ser exterminado.

Recientemente, como hemos publicado en nuestro Observatorio, un médico que practica eutanasias trata de justificarse afirmando que él no termina con el paciente, sino con su dolor. Creo que huelga el comentario.

Esa es la misión del sistema sanitario en su conjunto cuando no puede curar: paliar el sufrimiento de los débiles, los enfermos, los ancianos o los moribundos. Dignificar la vida y no la muerte, es la medida de la verdadera civilización. Cuidar al vivo, acompañarle, calmarle, animarle, llorar con él, sufrir con él, pero minimizando sus sufrimientos es dignificar la vida. Acabar con él es indigno.

“Debemos ser claros: La calidad de una civilización puede medirse por el respeto que tiene hacia sus miembros más débiles. No existe ningún otro criterio.” (Jérôme Lejeune)

Libertad y verdad: los límites de la autonomía personal 

“Es mi cuerpo, déjame hacer con él lo que quiera”: La libertad de elección es algo más complejo que la simple posibilidad de optar.

No existe libertad sin que el que elige conozca la verdad de aquello que evalúa, toma o deja. Optar sin conocer qué es lo que hago, a qué renuncio, qué alternativas existen y qué consecuencias tienen mis decisiones, supone optar sin libertad.

Además, determinadas circunstancias pueden incapacitarnos para elegir en libertad. Estas circunstancias deben identificarse para evitar que elecciones erróneas resulten lesivas. Suelen darse en situaciones de vulnerabilidad, lo que puede arrastrar a la persona débil a su destrucción.