Fue hermoso mientras duró, por Carlos Esteban

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El hecho de que la inmensa mayoría de la población en una sociedad dada pueda tener lo mismo que la clase alta, aunque de peor calidad, en menor cantidad y con menor frecuencia, es un fenómeno tan portentoso como frecuentemente ignorado. Tanto, de hecho, que no se ha vivido en la historia desde el Paleolítico hasta la segunda mitad del siglo pasado.

Que la creación de la clase media tenga menos predicamento popular que una revuelta o una victoria militar, que tanto abundan, es el triste resultado de esa tendencia humana a dar por descontado todo lo que se ha visto desde niño, ya sea un árbol o una farola, y a preferir lo inmediato y fulgurante a lo relativamente lento y prosaico.

No todo el mundo. Un viejo amigo, profesional de éxito, me contaba cómo su abuelo, hasta el final de sus días abría el grifo o encendía la luz ocasionalmente para experimentar la maravilla del agua corriente o la electricidad que no había tenido en su infancia.

La historia es la crónica de una clase alta que comía carne regularmente, viajaba por placer o gozaba de otros lujos que estaban vedados a la mayoría de la población. Conseguir que cualquiera pueda comer carne (incluso que tenga la comida asegurada a diario), que casi cualquiera pueda ahorrar para pasar unos días en Bali o darse un homenaje en un restaurante exclusivo, que todo el mundo tenga coche: todo eso es un logro político y económico sin precedentes en la historia. Por lo demás, un pueblo en el que la prosperidad alcanza a la mayoría es un pueblo que quiere y puede intervenir en el modo en que se le gobierna y exige una ley igual para todos.

Pero todo indica que no va a durar, que fue un paréntesis. Nos vienen avisando: no comas carne, no viajes en avión, cambia el coche por el transporte público, alquila en vez de comprar, comparte piso, acostúmbrate a no tener jamás un contrato fijo, no tengas hijos. Hazlo por el planeta, que nos espera un apocalipsis climático sin precedentes. Que están extinguiéndose las ballenas.

El propio ministro de Consumo, el inefable Garzón, acaba de insinuar un nuevo impuesto sobre la carne para, supuestamente, que comamos menos. Mucho menos. Y la Ley Habilitante del Reich que propone Sánchez nos prepara para la confiscación eventual de todo lo que hayamos conseguido con nuestro esfuerzo y con el regreso de la corvea feudal.

El problema es que Albertito y su casta no van a renunciar al boeuf bourguignon (o al carpacho con virutas de queso que sirvió en su no lejana boda), ni al coche hasta para ir al estanco, o a volar y viajar y tener vivienda en propiedad. Eso es para la plebe.

Y da la sensación de que eso no será un deplorable efecto secundario del plan, sino su verdadero objetivo inconfesable. ¿Se acuerdan del impuesto sobre el combustible que quiera aplicar la Unión Europea para salvar el planeta? ¿Sabe quiénes están exentos de ese impuesto? Los ‘jets’ privados.