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El comunismo (español) y su hermandad con los nazis

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Como para los comunistas la verdad es desde siempre un concepto discutido y discutible, un concepto ideado por la burguesía para la opresión del proletariado; como bebieron en Fausto su idea del bien y del mal (“el bien es el mal y el mal es el bien”, dice Mefistófeles); como para Lenin “la mentira es un arma revolucionaria”, adaptan la verdad histórica a la conveniencia de esa toma oportunista e ilegítima del poder que llaman revolución. La verdad, piensan, está siempre al servicio del poder y cuando aquella se convierte en el estorbo de este, se cambia la verdad y se conserva el poder. Eso es lo que se está haciendo en España con la memoria histórica. Esto es lo que se ha hecho con la pulsión filonazi del Partido Comunista (también del de España) que hoy se silencia y casi nadie aborda.  

En uno de los episodios más vergonzantes del comunismo, del que nunca se ha hecho “autocrítica” alguna en España. Stalin se convirtió en el principal aliado de Hitler (el comunismo al servicio del nacionalsocialismo) desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial hasta 1941, cuando los alemanes decidieron traicionar a Stalin e invadir Rusia. 

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El pacto Ribbentrop-Molotovo (23 de agosto de 1939) dividió la Europa oriental en dos partes (una para los soviéticos, otra para los nazis) y permitió a Hilter la invasión de Polonia y de las democracias de Europa occidental. No solo eso; Stalin puso al servicio de Hitler el abastecimiento de combustible, alimentos y materias primas necesarias para que Alemania pudiera sostener el esfuerzo de la guerra. A cambio, Stalin invadía la parte oriental de Polonia, países bálticos, Rumanía y Finlandia. 

El acuerdo entre los dos tiranos fue un pacto para la destrucción de las democracias europeas, la invasión de sus territorios, el sometimiento de sus pueblos y su conversión en regímenes totalitarios. Fue una conjura sangrienta para acabar con las libertades y los derechos en la vieja Europa democrática. Hitler calificó a Stalin de “líder extraordinario” y este brindó con entusiasmo por el acuerdo.

Ocho días después de la firma del Pacto, las tropas de la Wehrmacht invadían Polonia desde el oeste. El 17 de septiembre de 1939 los soviéticos invadían Polonia desde el este. Tres días más tarde nazis y comunistas desfilaban juntos en Brest para celebrar la invasión total de Polonia y la destrucción de su sistema democrático. 

Diez días después de la invasión de Polonia, los dos tiranos acordaron las deportaciones forzosas masivas y el aplastamiento de la resistencia en los territorios ocupados. Stalin entregó a Hitler a multitud políticos socialdemócratas y comunistas alemanes (además de ciudadanos judíos) que se habían refugiado en Rusia.  En abril y mayo de 1940 Stalin ordenó (en una operación calcada de Paracuellos del Jarama) el exterminio de la totalidad de la oficialidad del Ejército polaco, y asesinó en Katyn a 22.000 militares, científicos, escritores, periodistas e intelectuales polacos, con idéntica justificación que en Madrid: que no quedara nadie capaz de reconstruir un régimen que no fuera el comunista

Ni que decir tiene que ese pacto germano-soviético incluyó el abandono de los republicanos españoles, incluidos los comunistas que se enrolaron en el maquis. 

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El pacto Ribbentrop-Molotov supuso que tanto el partido comunista francés como el español, entre otros, hicieran seguidismo de la política pro-nazi del partido comunista de la Unión Soviética. El argumento, la verdad de la mentira, donde el mal se convirtió en bien, fue que se trataba de una guerra contra el imperialismo y en la que los agresores eran las democracias burguesas occidentales. Así las cosas, los partidos comunistas asumieron dos roles, dos misiones, que cumplieron a rajatabla: sabotear la resistencia a la invasión alemana y conminar a los obreros a no alistarse en los ejércitos occidentales para combatir el nazismo. Han leído bien. Fue una estrategia de propaganda en toda regla. Stalin ordenó a los partidos comunistas de Europa afirmar, día sí y noche también, que las culpables de la contienda eran las imperialistas Francia y Gran Bretaña.

El 9 de septiembre de 1939 Georgi Dimitrov, secretario general de la Internacional Comunista, dirigía un telegrama a la cúpula del PCF afirmando: “El proletariado mundial no debe defender a la fascista Polonia”. Ante la reacción de los gobiernos de Francia y el Reino Unido declarando la guerra a Alemania, Dimitrov señalaba: “los comunistas deben declararse en contra de la guerra, dejar al descubierto su carácter imperialista, votar en contra de los créditos militares, informar a las masas de que la guerra traerá miseria y agravará las cadenas de la explotación.” 

El 20 de septiembre se reunía el Comité Central del Partido Comunista Francés y aprobaba el manifiesto “Il faut faire la Paix” (Hace falta hacer la Paz), que afirmaba: “La guerra que se ha impuesto al pueblo francés y que es casi el único que la soporta ya no es en realidad una guerra antifascista y antihitleriana. (…) La Paz, la Paz duradera, es el grito que se eleva desde las profundidades del País y los antihitlerianos más feroces saben que la política reaccionaria de los gobiernos de Londres y París sirve a Hitler en lugar de debilitarlo...”

El Partido Comunista Francés publicó en su periódico «L’Humanité» el 25 de agosto de 1939: «La acción de la Unión Soviética con el pacto de no agresión con Alemania ayuda a reafirmar la paz general». Thorez, jefe del partido comunista francés, tras desertar del Ejército galo, anuncia que «L´Humanité», órgano de Stalin, lucharía contra cualquier resistencia a la ocupación nazi: » L’Humanité… tendrá como tarea llevar adelante una política…de apoyo a la celebración de un pacto de amistad franco-soviético que sea el complemento del pacto germano-soviético”, de tal manera que el enemigo era la república francesa y el aliado el nacionalsocialismo. 

Después de esa declaración, el Gobierno de Francia ilegalizó el PCF y sus dirigentes se exiliaron en Bélgica y en la URSS. Desde allí les dieron la consigna de sabotear el esfuerzo bélico de su propio país. El 14 de octubre de 1939 se publicaba en Bélgica una edición clandestina de L’Humanité que decía: “La guerra impuesta al pueblo de Francia es una guerra capitalistaal pueblo de Francia se le ha reservado la misión de ejecutar las instrucciones de los banqueros de Londres“

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El 31 de octubre Molotov afirmaba ante el Soviet Supremo: “La ideología del hitlerismo como cualquier otro sistema ideológico puede ser reconocida o rechazada, es una cuestión de puntos de vista políticos… es absurdo e incluso penal llevar a cabo una guerra similar para la aniquilación del hitlerismo cubriéndola con la falsa bandera de la lucha por la “democracia”.”

En febrero de 1940, en el periódico “España Popular” que el PCE editaba desde Méjico, Dolores Ibárruri, La Pasionaria, escribió un sonoro artículo donde calificaba la guerra como imperialista, culpaba a Francia y a Inglaterra, las democracias burguesas, de la derrota de la república en España, celebraba la ocupación de Polonia y hacía un llamamiento para no combatir el avance del nazismo: «Ni un soldado, ni un solo español puede prestarse al juego infame de los gobiernos francés e inglés«. La Pasionaria culpabilizaba a Francia y a Inglaterra de la victoria de Franco, con lo cual disuadía a los comunistas de buena fe de alistarse para combatir al nazismo que se disponía a invadir Francia. El 2 de mayo de ese mismo año se iniciaba la invasión de Francia –un auténtico paseo militar- y el 14 de junio las tropas nazis entraban sin oposición en París. En el mismo artículo, La Pasionaria cargaba contra la socialdemocracia burguesa a las órdenes, decía, de la City de Londres y de la Banca de París. Luego justificaba la invasión nazi-comunista de Polonia: “Los hombres de la socialdemocracia, al servicio del gran capital, se atreven a llamar democrático al Estado polaco, el que fue cárcel de pueblos, donde el obrero no tenía derecho a organizarse libremente, donde el proletariado polaco llevaba la misma existencia de esclavos que el resto de los pueblos oprimidos. Ellos se declaraban solidarios con los gobernantes de la Polonia reaccionaria, desaparecida sin honor y sin gloria, porque los terratenientes polacos, los coroneles venales y que formaban su gobierno y que no representaban la voluntad del pueblo polaco -que no tenía ni voz ni voto para decidir sus destinos-, representaban, sin embargo, los intereses de los banqueros y grandes capitalistas de Londres y París». Afirmaba que Polonia como país había sido un invento del Tratado de Versalles para dejar su vasto territorio en manos de terratenientes, cuando la fundación del viejo reino data del año 1025 y en 1939 era una democracia homologable al resto de democracias europeas. 

Para terminar de justificar la invasión acusaba a Polonia de ser una República de Campos de Concentración, y eso lo decía, nada menos, que la fiel servidora de Stalin y del Gulag (donde luego destinaría a su marido infiel). La Pasionaria acababa esta parte del artículo con la siguiente frase: “Ningún obrero consciente podrá tomar voluntariamente las armas en defensa de la Polonia reaccionaria”. 

Debe recordarse que en 1937, en plena Guerra Civil española, se habían llevado a cabo negociaciones entre los soviéticos y los alemanes para que se produjera la retirada de las Brigadas Internacionales que, un año después, abandonaron efectivamente a las tropas republicanas a su suerte (lo mismo ocurrió con los asesores y militares soviéticos). La traición de La Pasionaria llegó al punto de que se exilió a Moscú pero dejó en España a los suyos (dirigentes de segundo y tercer orden) para mantener la resistencia hasta el final. Mientras el maquis combatía a Franco, el PCE apoyaba desde Moscú la alianza con Hitler y facilitaba su invasión de Europa, al tiempo que cedía la Península Ibérica al área de influencia germánica. 

Dos socialismos totalitarios, uno nacional, el hitleriano, y otro internacional, el soviético, se aliaron para combatir a las democracias europeas los primeros años de la guerra. Los comunistas establecieron una hermandad con los nacionalsocialistas y trataron de neutralizar la oposición a Hitler

Volvamos a 1940. Tres meses después del artículo de La Pasionaria, el 10 de mayo de 1940, Alemania lanzó su ofensiva contra Francia, Bélgica y Holanda. El PCF saboteó la resistencia militar frente a los invasores y animó las deserciones de miles de comunistas para no combatir a la Wehrmacht. El 14 de junio de 1940 las tropas alemanas tomaban París. Ese día, el PCF publicaba en L’Humanité un artículo que reclamaba “un gobierno que esté de acuerdo con la Unión Soviética para restaurar la paz general en el mundo”. El 18 de junio, el Embajador alemán en Moscú notificaba al Ministerio alemán de Asuntos Exteriores: “Molotov me llamó esta tarde a su oficina y expresó las felicitaciones más cálidas del Gobierno soviético por el espléndido éxito de las Fuerzas Armadas alemanas.“

Ya tomado París, los nazis pactaron con el partido comunista la rocambolesca reaparición de L’Humanité (prohibido por las autoridades democráticas francesas) y el embajador alemán Otto Abetz ordenó la liberación del líder del partido comunista de la cárcel. Finalmente, los nazis pactaron con el PCF la reaparición del periódico comunista bajo otra cabecera: Ce Soir, que se volvió a frustrar.

Entre tanto, una edición clandestina de L’Humanité publicaba un artículo bajo el título de “Fraternidad franco-alemana”, donde entre otras cosas se afirmaba que “Las conversaciones amigables entre trabajadores parisinos y los soldados alemanes se multiplican. Aprendemos a conocernos. Y cuando se dice a los soldados alemanes que los comunistas han sido encarcelados por haber defendido la paz, cuando se les dice que en 1923 los comunistas se levantaban contra la ocupación del Ruhr, se trabaja por la fraternidad franco-alemana.“

La política de los partidos comunistas europeos, y significativamente las del PCF y el PCE, rechazando la resistencia, animando la deserción, promoviendo un cínico pacifismo colaboracionista ante la ocupación alemana, urdiendo complicidades con los nazis, continuó hasta el 22 de junio de 1941, día en que Hitler lanza su ofensiva contra Rusia. Moscú ordenó entonces a los partidos comunistas unirse a la resistencia gaullista y combatir ferozmente contra Alemania.

Sólo cuando Hitler traicionó a Stalin e invadió la Unión Soviética, los comunistas europeos comenzaron a denostar a Hitler y a renegar del nazismo. Hasta ese momento los comunistas fueron pro-nazis y a partir de esa fecha se pasaron al bando militar de las democracias burguesas y capitalistas. A partir de entonces el antifascismo se convirtió en emblema de los comunistas. La mentira, efectivamente, es un arma revolucionaria.