Honrar a las víctimas del terrorismo, recordar la barbarie y denunciar el silencio

Los Reyes en el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo de Vitoria.
|
Un nuevo Memorial pone al País Vasco frente a su más terrible historia de asesinaros, odio, silencio  y cobardía. Desde hoy las víctimas del terrorismo cuentan en Vitoria con un centro creado para honrarlas, deslegitimar a los asesinos  y denunciar una historia reciente que algunos quieres ocultar a las generaciones más jóvenes. Ha habido mucho complicidad y demasiada ceguera voluntaria.

El Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, inaugurado este martes por los reyes de España recorre la historia del terrorismo en España desde 1960, año de la muerte de la niña Begoña Urroz en un atentado del grupo antifascista DRIL, hasta la actualidad.

Una retrospectiva que ilustra la sangrienta historia de la violencia terrorista sin ocultar el respaldo político, en el Páis Vasco y fuera de él, del que gozó ETA durante demasiados años con la excusa de la oposición al franquismo. Porque lo cierto es que cuando más sangrienta fue la actividad terrorista de ETA fue durante los años de plomo, en los 80, donde el objetivo era hacer fracasar el régimen democrático español. ETA mató indiscriminadamente y puso en marcha la siniestra socialización del sufrimiento, sin importar edad, sexo, profesión o circunstancia alguna. Había que sembrar el terror indiscriminado.

La visita arranca con un «audiovisual inmersivo»: una proyección sobre tres de las cuatro paredes de una sala de imágenes de atentados intercaladas con otras actuales del mismo lugar con el testimonio de una víctima relatando lo ocurrido como telón de fondo.

La siguiente escena golpea aún con más crudeza al espectador: el rincón dedicado a los «ataúdes blancos», los 35 niños muertos en atentados, principalmente de ETA, que asesinó a 21, y del yihadismo, 9.

La empatía con las víctimas salpica todo el Memorial y se logra mediante objetos personales como la carta que el empresario Julio Iglesias Zamora escribió a su hijo durante su secuestro por ETA, el patinete con el que Ignacio Echeverría se enfrentó en Londres a los yihadistas que lo mataron o la bandera y el tricornio que cubrieron el féretro de Antonio Jesús Trujillo, el guardia civil elegido para simbolizar a los 224 agentes del cuerpo asesinados por ETA.

Pero si hay un elemento verdaderamente sobrecogedor es la réplica del zulo en el que ETA encerró al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara durante 532 días. Adentrarse en ese espacio subterráneo de 3 metros de largo, 2,5 de ancho y 1,8 de altura transmite angustia y claustrofobia, y transporta a un época muy negra de la historia de España.

«Pasar unos segundos ahí dentro da suficiente materia para reflexionar sobre lo que pasó y para condenarlo», evidencia López Romo, que destaca también «otra pieza más humilde o más discreta pero que tiene mucho sentido: el banco de la memoria», una pantalla con diferentes herramientas de búsqueda para acceder a los más de mil testimonios de víctimas del archivo del memorial.

Otro documento «muy conmovedor» es el audiovisual de vídeos caseros con imágenes de la boda del dirigente del PP Gregorio Ordóñez y la luna de miel del socialista Fernando Buesa, entre otras escenas cotidianas, como bautizos, comuniones y fiestas de cumpleaños.

«Transmite la idea de que estas personas tenían una vida normal como cualquiera de nosotros que quedó truncada injustamente», resume el responsable de exposiciones del centro.

Aunque las víctimas son el eje del Memorial, conocer el terrorismo es acercarse también a sus autores, a los policías que los persiguieron y a la sociedad que encaró este fenómeno al principio con indiferencia -o incluso con el apoyo de parte de la sociedad vasca- para rechazarlo después de forma masiva, un cambio de actitud que tuvo un claro revulsivo: el secuestro y posterior asesinato Miguel Ángel Blanco y el espíritu de Ermua.

Las fichas con datos personales y aficiones que los etarras rellenaban al entrar en ETA, las notas del seguimiento de su objetivos, documentación falsa, boletines internos de ETA, cartas de extorsión a empresarios, armas y artefactos explosivos sirven para ilustrar el universo terrorista.

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado están reflejadas por su parte a través de sus herramientas de trabajo: un buzo de los Tedax, un robot desactivador de bombas, inhibidores de frecuencias o trípticos con fotos de etarras que entregaban a los amenazados para que reconocieran a posibles agresores.

El centro recuerda también la respuesta de la clase política, desde los desencuentros que perduraron años a la unanimidad con la que el Congreso aprobó la ley de reconocimiento de víctimas; así como la respuesta social, desde la vergonzosa indiferencia inicial a las masivas manifestaciones de repulsa y las muestras públicas de dolor por la violencia.

De ese dolor dan testimonio los «altares» con flores, velas, peluches, poesías y enseres de diversa índole que los ciudadanos colocan de manera espontánea en el lugar de un atentado. Desde hoy una selección de esos objetos recuerda en Vitoria a 1.453 personas asesinadas y a 4.977 heridos.

Una vergüenza que pesará durante muchos años sobre la memoria histórica de la política vasca y de los ciudadanos que optaron por mirar hacia otro lado y utilizaron la siniestra expresión, mezcla de odio y cobardía, de «algo habrá hecho».