Houellebecq afirma que una civilización que legaliza la eutanasia pierde el derecho al respeto

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Julio Ariza ha subido a su cuenta de Telegram el espléndido artículo que el literato francés Michelle Houellebecq ha publicado en Le Figaro sobre la eutanasia.  

 El artículo, titulado «Una civilización que legaliza la eutanasia pierde todo derecho al respeto«, se publica la semana en que la Asamblea Nacional de Francia está debatiendo la ley de eutanasia y pone el dedo en la llaga de la «ruptura antropológica sin precedentes» que supone esta legislación. Muchas de las atrocidades que se están imponiendo en los países occidentales esconden la finalidad destruir una manera de estar en el mundo. 

Houellebecq lo dice con toda claridadTendré que ser muy explícito aquí: cuando un país -una sociedad, una civilizaciónllega a legalizar la eutanasia, pierde todo derecho al respeto ante mis ojos. Entonces se hace no sólo legítima, sino deseable, su destrucción, para que otra cosaotro país, otra sociedad, otra civilizacióntenga la oportunidad de surgir 

 El intelectual francés parte de una premisa, que da pie a su primera afirmación: «Nadie quiere morir”, lo cual implica que “generalmente preferimos una vida peor que la que teníamos antes que morir”. 

 Si nadie quiere morir, nadie quiere tampoco sufrir: “nadie quiere sufrir (…), el sufrimiento físico no es más que un infierno puro. Por eso, casi todo el mundo, ante una alternativa entre el sufrimiento insoportable y la muerte, elige la muerte”. Sin embargo, recuerda que hay formas de evitar el dolor: “desde principios del siglo XIX se descubrió la morfina, que evita el sufrimiento físico”. «Lo más importante es, pues, evitar el sufrimiento«. 

 ¿Porque, entonces, si nadie quiere ni morir ni sufrir, las encuestas que se realizan sobre la eutanasia arrojan por regla general un resultado favorable a sus promotores? Según Houellebecq, porque las personas consultadas entienden que se les pregunta «si preferirían que les ayudaran a morir o pasar el resto de su vida en un sufrimiento terrible». Responden pues, desde la ignorancia, porque la alternativa no es esa, sufrir o morir, sino morir o vivir con una enfermedad sin sufrimiento. 

 Houellebecq  arremete contra la manipulación lingüística de los promotores de la eutanasia, que utilizan términos como dignidad para manipular las conciencias y ganar el debate moral. “En el caso de ‘compasión’ la mentira es palpable. En lo que respecta a la ‘dignidad’ nos hemos desviado de la definición, sustituyendo gradualmente el ser físico por el ser moral…una vez alcanzada una cierta etapa de degradación física, inevitablemente terminaré diciéndome que ya no tengo ninguna dignidad. ¿Y qué? Si eso es dignidad, podemos vivir muy bien sin ella”. 

 Respecto de la supuesta modernidad de la eutanasia, el literato francés arremete contra la exposición de motivos de la ley y señala que:  «Uno de los elementos de la perorata habitual consiste en afirmar que Francia va «por detrás» de otros países. La exposición de motivos del proyecto de ley que se presentará próximamente a favor de la eutanasia es cómica en este sentido: buscando los países en relación con los cuales Francia está «atrasada«, sólo encuentran a Bélgica, Holanda y Luxemburgo; no me impresiona mucho. 

«El resto de la exposición de motivos de la ley consiste en una retahíla de citas de Anne Bert, presentadas como «admirablemente fuertes«, pero que tuvieron el desafortunado efecto de despertar en la sospecha. Así, cuando afirma: «No, la eutanasia no es eugenesia«; sin embargo, es evidente que sus partidarios, desde el «divino» Platón hasta los nazis, son exactamente los mismos. Del mismo modo, cuando continúa: «No, la ley belga sobre la eutanasia no fomentaba el expolio de la herencia«; confieso que no había pensado en ello, pero ahora que lo menciona… « 

La Exposición de Motivos incurre en una inverosímil formulación de la célebre excusatio non petita accusativo manifesta al señalar que la eutanasia no es una solución económica. «Sin embargo, –responde el escritor– hay algunos argumentos sórdidos que sólo pueden encontrarse entre los «economistas«, si es que el término tiene algún significado. Fue Jacques Attali quien insistió mucho, en un viejo libro, en el coste que supone para la colectividad mantener vivos a los ancianos; y no es de extrañar que Alain Minc, más recientemente, haya ido en la misma dirección…» 

Houellebecq se refiere también al papel que puedan desempeñar y a la la respuesta que puedan ofrecer los distintos credos religiosos.  «Los católicos resistirán como puedan, pero, por desgracia, nos hemos acostumbrado más o menos a que los católicos pierdan siempre. Los musulmanes y los judíos piensan en este tema, como en muchos otros temas llamados «sociales» (una palabra fea), exactamente lo mismo que los católicos; los medios de comunicación generalmente hacen un buen trabajo para ocultarlo. No me hago muchas ilusiones, estas confesiones acabarán doblándose, sometiéndose al yugo de la «ley republicana»; sus sacerdotes, rabinos o imanes, acompañarán a los futuros eutanásicos diciéndoles que el ahora no es tan bueno, pero que el mañana será mejor, y que aunque los hombres les abandonen, Dios cuidará de ellos. Admitámoslo. Desde el punto de vista de los lamas, la situación es probablemente aún peor. Para cualquier lector consecuente del Bardo Thödol, la agonía es un momento especialmente importante en la vida del hombre, pues le ofrece una última oportunidad, incluso en el caso de un karma desfavorable, de liberarse del samsara, el ciclo de encarnaciones. Por lo tanto, cualquier interrupción anticipada de la agonía es un acto francamente criminal; por desgracia, los budistas no intervienen mucho en el debate público.»