CAE UN ALFIL ROJO

Bolivia: dictadura, fraude electoral y huida de Evo Morales entre narcos

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Evo Morales ha sido un personaje nefasto para Bolivia y un verdadero títere de Cuba y Venezuela, del Foro de Sao Paulo y de la Agenda del Grupo de Puebla. Hace un mes, la catedrática, intelectual y poetisa María Cruz Bayá llegaba a decir de él: «Evo es un criminal sometido al narcotráfico y Bolivia va camino de ser Venezuela». Luego anunciaba su intención de llevar al tirano boliviano ante la Corte Penal Internacional por la quema de dos millones de hectáreas del bosque seco de la Chiquitanía un «desastre ecológico y humano premeditado” consecuencia del decreto aprobado por Evo Morales para realizar «quemas controladas» que provocaron el desplazamiento de 82.000 personas de la región y tenían como finalidad crear pastos para poner en marcha ganadería extensiva de vacuno y producir carne de manera industrial para abastecer a China. Ni que decir tiene que parte importante de esos dos millones de hectáreas serían destinadas al cultivo de la hoja de coca, de la que Bolivia produce unas 44.000 toneladas anuales, la mitad de las cuales acaba en el narcotráfico de cocaína. Los concesionarios de la mayoría de esas tierras son propietarios afines al régimen y militantes del MAS (partido de Evo Morales). No hace falta señalar que ningún partido de la izquierda internacional se hizo eco de dicha realidad, ni hubo dirigente progresista alguno que vertiera la más mínima crítica de corte ecologista hacia el mandatario. La izquierda tiene bula para incendiar la selva a capricho.

Bolivia ha sufrido el abuso y la persecución política en los últimos años. «El 21-F de 2016, el pueblo dijo no a la reforma del artículo 168 de la Constitución para que Evo pudiese volver a presentarse… aun así, lo hará; hay presos políticos; no queda casi prensa libre, ya la que queda prefiere no hacer ruido; la economía es artificial y la deuda externa ha vendido el país a los chinos… pero les hemos quitado la calle», denunciaba Bayá.

Ante las elecciones convocadas para el 20 de octubre, la poetisa boliviana anunciaba un fraude masivo: «En mi país votan hasta los muertos… yo lo sé porque mi padre está muerto y votó». «Hay 400.000 duplicados en el padrón electoral general y los cocaleros amenazaron con enterrar vivos o cortar el agua a quienes no participaran en las primarias a través del sindicato».

Tal como anunciaba la intelectual y política boliviana, el fraude electoral fue masivo: según un informe elaborado por la Organización de Estados Americanos no consistió sólo en la manipulación de actas electorales, sino en interferir el recuento de votos, modificar la base de datos electoral, emplear recursos del Estado para movilizar votantes, duplicar carnets de identidad y modificar el padrón electoral para que gente  fallecida pudiera votar desde ultratumba. Resultado: un 23 % de las actas escrutadas presentaban irregularidades. No solo eso: el sistema de transmisión de resultados sufrió un apagón cuando anticipaba una segunda vuelta electoral entre el presidente del país y su rival Mesa. Tras el apagón, el recuento concedió una ventaja clara a Morales. Según el análisis de la OEA, los datos se derivaron a un servidor externo no previsto. También se observaron irregularidades en el recuento. Ante la grosera acumulación de fraude electoral, la OEA denunció el proceso y terminó por recomendar la sustitución de las autoridades electorales para los nuevos comicios. 

Una vez confirmado el fraude electoral, la gente se echó pacíficamente a la calles de Bolivia. Tras 20 días de movilizaciones populares, del apoyo de la sociedad civil y del protagonismo de los estudiantes, así como la evidencia de que Morales trabajaba para la internacional del Foro de Sao Paulo más que para su propio país, la reacción de Morales fue convocar a sus huestes a cerrar la provisión de alimentos y servicios básicos a las ciudades, y enfrentar a la oposición con armas de fuego. La policía se negó a intervenir y/o a reprimir las manifestaciones de los ciudadanos opositores y el ejército le exigió, en una primera instancia, una orden escrita para acometer la represión; orden que Evo no se atrevió a firmar. Morales estaba cada vez más aislado interiormente. La Iglesia Católica en Bolivia condenó las prácticas del régimen y le pidió la dimisión. La Fiscalía General acordaba abrir una investigación sobre el fraude electoral. El Gobierno comenzó a caer en dominó y los altos jerarcas del oficialismo renunciaron a sus cargos en masa, empujados por amenazas en las redes sociales y ataques a sus domicilios. Antes de ellos, habían renunciado diplomáticos, gobernadores, alcaldes, diputados y otros altos cargos del Estado. De pronto, todo se había venido abajo. Fue como una caída latinoamericana del muro de Berlín.

No ha habido, pues, golpe de estado, como pretende hacer ver la propaganda de la izquierda mundial y ha dicho Pablo Iglesias, el oscuro hombre de las Herriko Tabernas y delegado de Evo Morales en España. No ha salido un solo tanque o soldado a la calle. No ha habido toque de queda alguno. Simplemente, el alto mando militar del país, ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos y el caos general, le ha retirado su respaldo y le ha sugerido abandonar el poder para reconstruir la paz y la democracia. No se ha visto en Bolivia ni una sola escena de violencia miliar, como las vividas en Venezuela.

Aislado, abandonado por los suyos, este cobarde ha huido ahora de las fuerzas constitucionales y se ha ido a esconder en una zona cocalera del centro del país, con los suyos, so pretexto de que la policía pretende su detención. La razón del abandono militar es múltiple: la creación por Morales de una Escuela Militar Antiimperialista por la que obligaba a pasar a todos los oficiales, las condenas de mando del ejercito que dirigieron la represión de otra sublevación popular, el escándalo electoral, la presión popular, el caos de poder gubernamental, las deserciones políticas y la firme posición de la OEA frente al régimen. 

México se ha ofrecido a dar asilo a Evo Morales, en el mayor movimiento del presidente Obrador respecto de su política en el continente, y ha dado además asilo a 20 altos mandatarios bolivianos en su embajada de La Paz. Pese al inapelable informe de la OEA, la ideología de Obrador puede más que los derecho civiles y políticos y ha tildado el proceso electoral de “transparente”.

La dimisión del presidente boliviano se suma a un escenario de polarización regional: la liberación del expresidente brasileño Lula da Silva el viernes; las protestas en Chile, el triunfo de Alberto Fernández en Argentina. La izquierda latinoamericana ha sido la primera en condenar la caída del aliado Evo (obviando su conexiones con el narcotráfico, la vulneración de derecho humanos y el pucherazo electoral) y catalogar el hecho como un “golpe de Estado”. Lula da Silva, Cristina Fernández de Kirchner, Nicolás Maduro han salido todos a uno en defensa del tirano boliviano. 

Acaban de perder una plaza importante y en el tablero hispanoamericano ha caído, afortunadamente, un alfil rojo.