El caso Greta Thunberg: jugar con fuego. Por Julio Ariza

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Greta Thunberg, la niña estrella sueca que tanto que nos recuerda físicamente a Pipi Calzaslargas, la han situado en zona de riesgo vital. La izquierda progresista, el ecologismo militante, los nuevos fanáticos de las identidades fraccionadas (feminismo, ecologismo, género, animalismo, veganismo etc) no conocen límites, con tal de dar curso libre a su afán de propaganda internacional. Un día fichan a un actor, otro día a un deportista, a una modelo, a un veterano de Hollywood que necesita un revival, da lo mismo, el caso es ir incorporando imágenes, edades, sexos, oficios, representantes al cabo, a la lista de adeptos del movimiento progre mundial. 

Independientemente del contenido del mensaje que está lanzando la pequeña Greta por el mundo, esa niña es una menor de edad, está en plena expansión adolescente y es evidente que una manipulación de su imagen, de su pequeña vida, de su entorno, pueden hacerle un daño irreparable. No quiero imaginarla dentro de unos años, en la portada de cualquier tabloide sensacionalista, declarando que todo fue un engaño y que la dejaron tirada, sin oficio ni beneficio, como a tantos otros niños prodigio que en el mundo han sido.  

Es como si la bestia de la maquinaria progre y mediática necesitara cada vez más alimento, y ahora hubiera que echarle al monstruo el alma de esta pequeña sueca llena de inocencia, de candor y de buena intención. Ella vive el mensaje intensamente. ¿Pero hay derecho a pasearla por el mundo, convertirla en mercancía mediática, convertir su voz y su cara y su futuro en una operación de propaganda? Nos recuerda peligrosamente a los niños que todos los movimientos totalitarios han ido exponiendo por el mundo.

Lo peor es la actitud irresponsable de unos padres hacia su hija y el egoísmo de un movimiento radicalizado que pone los intereses de su discurso por encima de los de una menor de edad. Los padres han entregado sin titubeo alguno a la niña al mundo de la fama, de donde siempre es más fuerte la caída. Los movimientos ecologistas están utilizando a una menor como instrumento de propaganda: la pureza de una niña para la impureza de todo movimiento político.

¿Y si dejamos a los niños en paz, al margen de todos los debates? ¿Cuál será el siguiente? ¿La ideología de género? ¿La práctica del veganismo? ¿El animalismo de unos niños salvando corderitos de una granja de explotación animal? ¿Dónde está el límite a todo esto?

Es curioso que ninguna autoridad sueca, europea o de Naciones Unidas haya censurado la peligrosa utilización de una menor, a escala mundial, para la realización de la propaganda de un movimiento político, cuyo contenido no debería inhibir a dichas autoridades. ¿Dónde ha quedado La Convención Internacional sobre los derechos del Niño? ¿Dónde la Red Internacional por los Derechos del Niño? ¿Dónde todas las ONGs internacionales que trabajan en la defensa de los derechos de la infancia? ¿No merece este asunto algún tipo de reflexión?  

Van a acabar rompiendo demasiados juguetes.