La cabra, por Carlos Esteban

|

 

De pequeño tuve una cabra, como otros tienen un perro o un gato. Se llamaba Lucera, y mi madre le tejía gorritos de lana. Comía de todo, con una especial preferencia por los pañales de mi hermano pequeño. Ese aspecto de mi pasado me hace particularmente sensible a cualquier referencia a este noble animal en la arena pública, como es el caso.

En el desfile del otro día, la gente abucheó al presidente y aplaudió a la cabra de la Legión, con gran indignación de pago de los comandos de propaganda con título de periodista. Y Alfonso Guerra, hermano de Miemmano, ha declarado: «Hay quien abuchea a un presidente y aplaude a una cabra. Cada uno elige quién le representa mejor».

Leerle ha sido para mí un melancólico ‘memento mori’, un súbido recordatorio de que me hago viejo y de que todas las cosas degeneran inevitablemente en este mundo sublunar. Fue como ver a un as del boxeo que en nuestra niñez admiramos por sus fintas y demoledores directos, golpeando torpe un saco de arena.

Porque don Alfonso era muy bueno en esto, tenía pegada. Pero la declaración de marras es muy floja, desdice de su historial. ¿Por qué iba nadie a abuchear a la inocente cabra? ¿Por qué un español ajeno al enjambre de gusanos que se alimenta del cadáver de España iba a aplaudir a Sánchez?

Naturalmente, cualquiera que no esté en nómina prefiere a la cabra. La cabra no me esquilma, no me encierra en casa, no trocea mi país, no le enseña a mis hijos disparates contra la biología más elemental. La cabra es solo una cabra. Él, en cambio, es… Otra cosa.