Ya no cuela

 La corbata. Por Carlos Esteban

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Hay dos modos de condicionar la propia conducta a la opinión ajena: una, seguir lo que se dice; la otra, hacer lo contrario. En ambos casos, el sujeto adapta su comportamiento o sus posturas a lo que dice un tercero, ya sea para afirmarlo o para negarlo. Los que hemos sido padres, de hecho, sabemos lo bien que funciona a menudo la psicología inversa con un hijo testarudo, cómo es frecuente que prohibir algo a un adolescente rebelde es el mejor modo de que lo haga.

Así, la izquierda hegemónica sigue marcando el paso y los ritmos, en lo grande como en lo diminuto. Ha bastado que Sánchez desaconseje la corbata para que multitud de personajes conocidos o anónimos se comprometan con esta prensa vil y fláccida como con un estandarte de batalla. No descartaría que alguno la llegue a usar con el pijama o para ir a la playa.

Ahora, ese ir a la contra de forma refleja no solo es descerebrada, sino que reconoce implícitamente en Sánchez una grandeza de la que carece. Sánchez no es un genio del mal. Sánchez es un narcisista mediocre, del montón, de todo a cien, del que no nos queda más remedio que tratar porque nos gobierna, pero al que no deberíamos tener en tanto, más allá de ese deplorable dato.

No voy a cambiar mis ideas para seguir las ocurrencias de ese tipo, pero tampoco para contradecirlas por sistema, ni voy a dejar de aborrecer la corbata por el hecho de que nuestro presidente se haya descorbatado