La Corona, por Carlos Esteban

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La monarquía es esa institución extraordinariamente popular por todas partes que en casi todas partes se ha abolido en nombre del pueblo, por esas paradojas que tiene la retórica política.

Tiene, por otra parte, en común con la doncellez que solo puede caer una vez. Cuando uno ha visto la cabeza del Rey, sanador de escrófulas, en las manos de Charles-Henry Sanson goteando sangre (que resulta no ser azul), algo se rompe, algo que se consigue remendar con dificultad y quedando a la vista las costuras.

Su segundo advenimiento es ya muy otra cosa, y la institución queda para los restos asediada por dos ejércitos empecinados en destruirla: los republicanos y los monárquicos. Estos segundos, una cotterie de anticuarios modernistas, son los que, al fin, dan la puntilla a la restauración en todos los casos.

Los monárquicos de después de la guillotina, que aman tanto el nombre como detestan la cosa, los que quieren que el Rey sea la corbata de Armani de España, el detalle estiloso, el toque de distinción, y pare usted de contar, serían, por ejemplo, incapaces de decir que el monarca ha hecho una tontería de las de Guinness, o, sin más, que es tonto perdido. La sola idea les provoca vahídos, y sin embargo, cuando la monarquía gozaba de indiscutida legitimidad, los mismos hombres que morían sin vacilar por Su Majestad y que no podían concebir otra forma de gobierno distinguían sin alterarse un rey idiota de uno listo; uno malo de otro bueno, precisamente porque creían en la monarquía con el realismo de quienes no creen que sea un baile de disfraces.

No es solo que los monárquicos al uso sean incapaces de decir que el rey yerra; es que son renuentes a decir que acierta. En la escena comercial se dice que no hay publicidad mala, porque hasta la peor llama la atención sobre la marca, que es lo que se pretende. Entre nuestros monárquicos, a la inversa, no hay publicidad buena, y cuanto menos se hable de lo regio como real, tanto mejor. Son los mismos que prefieren transmitirnos un Príncipe (en su día) imposible, preocupado por la hipoteca o eligiendo carrera, “como cualquier joven de su edad”.

Son estos los que deploran que Isabel Díaz Ayuso recordara, canalizando probablemente a Manuela Malasaña, que el Rey también existe, como Teruel, a cuenta de los indultos, que alguien tendrá que firmarlos. Se nos ponen exquisitos en lo constitucional, insistiendo tanto en que es solo un logo, un cuadro, luz eterna del sol sobre la mente inmaculada (que Pope me perdone), un autómata a la firma, alto y uniformado.

El Rey tiene que firmar lo que le pongan por delante, es la teoría, así sean las Leyes de Nüremberg o su propia sentencia de muerte. Lo pone en la Constitución, donde aparecen tantas sabias disposiciones que el Gobierno ignora y los arúspices del Constitucional reinterpretan a placer.