Ya no cuela

La gran carcajada. Por Carlos Esteban

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La gran carcajada

El humor, que tanto nos ha ayudado a hacer soportables las situaciones más duras durante milenios, merece un entierro digno y un epitafio adecuado, y no estoy seguro de que su paso a un mundo mejor no sea una de las cosas más lamentables de nuestro tiempo.

Porque el humor ha muerto, o está agonizando en rincones discretos y cargados de confianza mutua. No solo se trata de que las tiranías del pensamiento son de una frivolidad solemne, refractaria a la expresión de cualquier comicidad que pueda echar abajo el tenderete tan cuidadosamente preparado, que también: basta leer cuánto ingenio se censura y autocensura a diario con la excusa de que “no es un asunto para tratarlo a broma” por ser muy serio -cualquier patochada se pretende hoy seria-, como si los buenos chistes se hicieran sobre payasos y no sobre las cosas más serias del mundo.

No, es también que el mejor humor explota el absurdo, y para poner el dedo de la risa sobre el absurdo es esencial que no todo lo sea. Y ese es el problema: la oficialidad, por llamarlo de algún modo, es patentemente absurda in toto, de modo que uno no sabe dónde apuntar para denunciarlo.

Nadie parece, por ejemplo, advertir lo carcajeante que resulta la indignación de nuestro mundo -nuestro pequeño mundo occidental- ante el hecho de que las iraníes tengan que llevar un pañuelito en la cabeza en público, completamente olvidados de que nuestros gobiernos, todos ellos, nos han obligado a llevar la cara tapada durante dos años -en algunas circunstancias, la broma continúa- sin que se haya formado revuelta alguna contra tal desmán, siendo así que es más humillante tapar los rostros que el pelo.

Ahora andamos jaleando las protestas chinas, que hay que ver lo tiránicas que son las autoridades comunistas por querer mantener unas restricciones que aquí han apoyado todos los que son alguien y que se nos han vendido desde todos los ángulos, con plena censura de los disidentes. Hoy adoptan posturitas contra China los que nos querían obligar a meternos en el cuerpo un fármaco experimental “por lo civil o por lo militar”, nos impusieron pases para las actividades más normales y toques de queda, a las diez en la cama estés, y no pasó absolutamente nada. Tragamos, bajamos la cabeza, nos sometimos. Pero queremos mirar a los chinos por encima del hombro.

Una pena, con lo que necesitamos la risa, esa sí un arma cargada de futuro. Que hasta sueño a veces que toda esta siniestra preparación para la esclavitud se viene abajo cuando recuperemos el sentido del absurdo, y caigan sus muros con nuestra unánime, olímpica carcajada, como cayeron los de Jericó con las trompetas de Josué.