Ya no cuela

La guerra como videojuego. Por Carlos Esteban

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El debate público se hace imposible, como el diálogo entre los constructores de la Torre de Babel, porque las palabras clave se están convirtiendo en lo que San Pablo pretendía ser, “todo para todos”, perdiendo conceptualmente los contornos precisos para quedar en meros botones con los que provocar una reacción emocional. ‘Democrático’ significa hoy meramente ‘bueno’, igual que ‘facha’ significa simplemente ‘malo’.

De igual forma, ‘demagogia’ ha pasado a significar lo propio de una proposición política con la que no estamos de acuerdo. Sugerir que los políticos no debería favorecer descaradamente a sus parientes en primer grado es demagógico; plantear que es feo que se suban el sueldo mientras el país corre a la ruina es demagógico. Si es sencillo y de sentido común, puede apostar que se tildará de demagógico.

A ambos lados del océano han surgido como setas los avezados guerreros que piden sangre, sudor y lágrimas para contener al monstruo ruso en las fronteras. Los mismos, en muchas ocasiones, del No a la Guerra cuando la guerra era otra y otra la línea del partido. Pero que, en cualquier caso, piensan en la sangre, el sudor y las lágrimas de terceros, no las propias. Y señalar esto es, ay, demagogia.

Yo me atengo a ello empecinado, en eso que Nassim Nicholas Taleb llama “piel en el juego” y que he leído mucho más expresivo en esta versión en Twitter: Que ponga la sangre quien va a recoger el grano.