La juez Barret declara ante el Congreso de EE.UU. que cree en el “poder de la oración”

|

La juez católica nominada por Trump para cubrir la vacante dejada en el Tribunal Supremo por la muerte de Ruth Bader Ginsburg, pasa ahora su particular ‘calvario’ en el Senado, sometida al feroz escrutinio del proceso de confirmación, y en su mensaje inicial ha dejado claro que creen “en el poder de la oración”.

“Como reflexión final, señor presidente, me gustaría agradecer a los muchos estadounidenses de todos los ámbitos de la vida que se han acercado a mí con mensajes de apoyo desde mi nombramiento”, ha pronunciado la juez Amy Coney Barrett ante el comité del Senado que la someterá a un exhaustivo escrutinio antes de pronunciarse sobre su idoneidad para el cargo. “Creo en el poder de la oración, y ha sido alentador escuchar que tanta gente está orando por mí”.

No es exactamente una profesión de fe, pero, tal como está el patio, algo es algo. Barrett es una católica comprometida, madre de siete hijos -dos adoptados-, y su nominación por Trump ha hecho saltar todas las alarmas en el campo proaborto. Y es que si Barrett es confirmada y todo sale como esperan fervorosamente los provida, Trump podría perder las elecciones y aún así lograr, como el Cid, su mayor victoria sobre el ‘zeitgeist’ después de ‘muerto’.

Porque todo, absolutamente todo, va sobre el aborto legal como derecho constitucional. Para unos es un crimen escandaloso, una masacre que se ha cobrado millones de víctimas inocentes, mientras que para los otros es un verdadero ‘sacramento de la posmodernidad’, la condición ‘sine qua non’ para mantener los frutos podridos de la Revolución Sexual. Ninguna batalla es más importante en el panorama político americano.

Y esa batalla se juega exclusivamente en el Supremo, que en Estados Unidos es también el constitucional, es decir, el único intérprete autorizado de lo que dice la venerada Constitución estadounidense. Fue el Supremo el que, en los setenta, en el caso Roe vs Wade, declaró el aborto provocado un derecho constitucional que los estados no podían restringir, y solo el mismo supremo puede dar la vuelta a ese estado de cosas.

Por eso nombrar jueces del Supremo es la mayor contribución de cualquier presidente norteamericano a la vida política durante su mandato. El problema es que la pertenencia al alto tribunal es vitalicia, de modo que hay que esperar a que alguno de los nueve miembros muera o renuncie.

Durante su mandato, Trump ha cubierto ya dos vacantes con sus ‘hombres’, Gorsuch y Kavannaugh, y a poco de terminarlo, a poco más de un mes de las elecciones presidenciales, la muerte de Ginsburg ha puesto en sus manos la posibilidad de decidir una mayoría ‘conservadora’ en el Supremo por primera vez en décadas. Y la elegida ha sido, entre el chirriar de dientes de los proabortistas, una juez declaradamente católica, la mencionada Barrett, con el ‘agravante’ de sus siete hijos.

Uno pensaría que un partido como el Demócrata, votado tradicionalmente por una mayoría de los católicos norteamericanos y que presenta a las presidenciales un candidato que exhibe cuanto puede su (pintoresco) catolicismo, Joe Biden, se mostraría indiferente, sino entusiasta, ante la confesión religiosa de Barrett. Pero, ay, Barrett es de la clase ‘errónea’ de católico, de los que se lo creen.

Este fanatismo anticatólico ya lo ha tenido que vivir la misma Barrett en su nominación para el Tribunal de Casación en 2017, cuando la senadora demócrata Dianne Feinstein comentó durante el proceso de revisión: “El dogma vive fuerte en usted”. Una frase que indica hasta qué punto la separación de Iglesia y Estado garantizada por la primera enmienda de la Constitución está en peligro: los creyentes verdaderos no son bienvenidos en las instituciones relevantes, a menos que relativicen su fe al modo del gobernador de Nueva York, Andy Cuomo, o del propio Biden.

De hecho, es significativo que la frase con que titulamos esta pieza sea noticia. Hace no tanto, hubiera pasado desapercibida como comentario común de casi cualquier figura pública norteamericana. El propio Biden podría pronunciarla.

Y eso, además de una ocasión para observar qué rápidamente se está moviendo el tablero ideológico en Estados Unidos, lo es también para no echar las campanas al vuelo. En recientes entrevistas, la juez Barrett ha resultado un tanto decepcionante sobre las posibilidades de un vuelco a Roe vs Wade, y basta recordar que el voto de uno de los elegidos por Trump, Neil Gorsuch, decidió recientemente el fallo por el que en Estados Unidos el sexo biológico ha dejado de ser social y jurídicamente relevante.