La misión. Por Carlos Esteban

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Estamos en esa hora sucia y cansada del Miércoles de Ceniza, justo antes de amanecer, cuando se van quitando las máscaras los juerguistas de Carnaval. Hace frío, y la primera luz revela los rostros zafios, abotargados y resacosos, de quienes se fingieron cualquier otra cosa.

Hay mucho que agradecer a la existencia de Sánchez, como este hecho de que bajo su férula se esté rasgando el telón y todo se vea cada vez más claro. Si los políticos llevan décadas hablando de “ilusión” es porque la esencia de su tarea es el ilusionismo, el juego de manos, el engaño. Yolanda Díaz quizá sea la última en ensayar este truco en serio con su paródico Sumar, que se asienta en una nube incontinente de palabras sin sentido, como si pronunciase en alto los lances de un scrabble ñoño.

Antonio habló de España y Euskadi, dos países, igual que ha mantenido encuentros bilaterales, de poder a poder, con el gobierno catalán. Y veo una epidemia de rasgado de vestiduras ritual, vacío, donde la indignación viene, si acaso, de que se haya dicho en alto la parte que debe sobreentenderse. Porque, para quien no esté dormido, el Estado renunció hace tiempo, con PSOE tanto como con PP, a estar presente en Vasconia y Cataluña.

Felipe VI lo escuchó impávido y sentado y luego dijo su parte, y volvió a representarse de nuevo la pantomima neomonárquica, en dos tiempos: primero llegan los que se escandalizan de su pasividad; inmediatamente después, llegan monárquicas de Hola y aliades a recitar su parte: el Rey no puede hacer nada, según la Constitución, las Tablas de la Ley. Su misión es no hacer nada. Posar.

Pero si la democracia puede quitarle honores al Rey, nadie puede quitarle el honor al hombre. Nadie puede pretender que sea menos que todos los demás, y ningún español honorable podía seguir sentado e impasible ante una traición tan evidente.

Pero es tarde, demasiado tarde, quizá también para los gestos de dignidad.