La obediencia debida al Estado, por Ramón Domínguez

Vista de la manifestación convocada por la asociación provida Vividores frente al Congreso en contra de la aprobación de la ley de eutanasia. EFE/ Zipi
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Por Ramón Domínguez

¿Se debe obedecer a las autoridades legítimamente establecidas? Sobre el acatamiento a las autoridades, el Nuevo Testamento es bastante explícito, basta leer textos como Rm 13,1-6 y 1P 2,13-17, en los que se pide claramente el someterse a las autoridades constituidas, y el mismo Jesús en el proceso ante Pilato reconoce que la autoridad de éste, le viene de lo alto. Tanto Pablo como Pedro, en los textos aludidos al principio, piden la obediencia a las autoridades, independientemente de la persona que ejerza tal autoridad, pues ambos escriben en tiempos en los que Nerón o Domiciano, personajes indignos y perseguidores de la Iglesia, estaban al frente del Estado. Sin embargo, ninguno de los dos idolatra al Estado, viendo, en consonancia con la tradición cristiana, los límites del mismo.

El asunto se plantea claramente en la respuesta de Jesús a la pregunta de los fariseos y herodianos sobre el impuesto al César. Jesús reconoce los derechos del César, pero siempre subordinados a los de Dios. Mientras el Estado se mantiene dentro de sus competencias, como garante de la paz y el derecho, merece y es de ley, el obedecer y seguir sus directrices. Pero cuando rebasa sus competencias y usurpa el más alto derecho de Dios, se convierte en un estado totalitario y, entonces, se le debe negar obediencia. La negativa de los primeros cristianos a adorar al césar y dar culto al Estado, se inscribe en este orden de cosas. El mismo Pedro que pedía sometimiento a las autoridades, pide ahora, la resistencia ante la autoridad mal ejercida. Así en 4,15s, aclarará que, una cosa es sufrir persecución de la autoridad por ser criminal o ladrón, y otra muy distinta por ser cristiano y oponerse a la divinización del poder. Cuando el Estado castiga por el hecho de ser cristiano, no actúa como garante del derecho sino como su destructor. El cristiano opositor al Estado no es un revolucionario sino un mártir: reconoce la autoridad del Estado, no pretende derribarlo, pero se resiste cuando se le manda hacer el mal y oponerse a la voluntad y al derecho de Dios, estando dispuesto a sufrir por ello.

El cristiano ora por las autoridades, tal como recuerda Pablo a sus discípulos Tito (Tt, 3,1) y a Timoteo (1Tm 2,2), pero no las adoran. La misión de las autoridades, recuerdan estos mismos textos, es el mantenimiento de la paz externa e interna de la sociedad; ahora bien, esta paz sólo es posible cuando se aseguran los derechos esenciales del hombre y de la sociedad. Cuando esto no sucede, y los derechos son conculcados, como en nuestros días con las leyes permisivas del aborto o del feminismo radical, no puede haber paz. ¿Se debe, entonces, obediencia a tales leyes?

Hemos de tener en cuenta que el fin último de toda política es de naturaleza moral, es decir: la defensa de la paz y la justicia. Ahora bien, con frecuencia, lo que acompaña al poder es el espíritu partidista que no  busca tanto el bien común de la sociedad cuanto los intereses del grupo o del partido. En tales casos, el poder se convierte en productor de mitos que se presentan como caminos de progreso y bienestar, cuando en realidad enmascaran el afán de poder. Hemos asistido últimamente a la elaboración de algunos de estos grandes mitos, como han sido el nacionalsocialismo y el marxismo. Estas ideologías han caído, pero se resisten a morir. Hoy se presentan de modo menos claro, más difuso, pero no menos peligrosos, mitificando valores reales con visos de credibilidad, como lo hicieron los anteriores; por eso son peligrosos porque monopolizan y absolutizan dichos valores. La igualdad entre las personas, los derechos de las minorías, el progreso o la libertad, son valores auténticos, pero se convierten en mitos destructores de estos mismos derechos cuando se imponen indiscriminadamente pasando por encima de la razón y de otros derechos fundamentales, como son el derecho a la vida de cada ser humano, la inviolabilidad de la vida humana en todas sus fases, los derechos del matrimonio y de la familia, el respeto a la conciencia personal y a las propias creencias. Ni estos ni otros derechos humanos pueden ser pisoteados por causa alguna, ni conculcados aunque se violación venga impuesta por decisión de la mayoría. La decisión de la mayoría es muy útil para la mayor parte de los casos, pero no puede convertirse en el principio último: hay valores que ninguna mayoría tiene el derecho de abrogar, como los que hemos referidos más arriba. Ningún poder puede elevar a derecho la matanza de inocentes.

En estos casos es preciso hablar con claridad y vivir en la verdad; atreverse a proclamar lo que casi todo el mundo siente pero que no se atreve a decir porque el miedo a la exclusión social se lo impide. Si callamos y transigimos estamos colaborando con el sistema y vivimos en la mentira. Atreverse a decir la verdad: que el aborto no es un derecho, sino un crimen; que la ideología de género es una pura y estúpida mentira; que la persona humana tiene un dignidad intrínseca y que ningún motivo, sea por deficiencia física o psíquica, justifica su eliminación; que la eugenesia y la eutanasia son prácticas totalitarias; que el matrimonio formado por un hombre y una mujer que se aman y donan mutuamente siendo capaces de engendrar y gestar nuevas vidas; que los hijos son un don de Dios, que pide ser acogido y educado con amor, y no objeto ni producto de deseos; que la familia, así entendida es, como ha demostrado la historia, el media más eficaz para construir una sociedad más sana, feliz y desarrollada; etc., es mostrar al mundo que se puede vivir en la verdad, aunque mostrar la verdad tenga un costo personal y sea uno perseguido por el sistema totalitario que se nos quiere imponer.

Para combatir a la dictadura es preciso vivir en la verdad, no aceptar el lenguaje políticamente correcto que sostiene la mentira, ni callar ante la injusticia. “Supongamos que alguien impone una norma injusta en la sociedad, pero, en lugar de oponerte, te dices que no pasa nada, que quejarse sería inútil, Y entonces vuelve a ocurrir, pero ya te has entrenado para tolerar este tipo de cosas puesto que la primera vez no fuiste capaz de reaccionar. Así que eres un poco menos valiente y tu oponente, al que nadie se opone, un poco más fuerte. Como resultado, la institución es un poco más corrupta y el proceso de estancamiento burocrático y opresión ya está en marcha, proceso al que tú has contribuido fingiendo que no pasaba nada…Fue la patología del estado soviético unida a la casi universal tendencia del ciudadano soviético a falsear sus experiencias personales cotidianas, negar el sufrimiento infligido por el régimen y, de esta forma, apoyar los dictados del sistema… Fue este empecinamiento lo que secundó y respaldó las crímenes del gran asesino de masas paranoico Josef Stalin”.

Decir la verdad es el comienzo de la libertad. El 99% de los que se declaran transexuales, no son personas nacidas en un cuerpo equivocado, sino desorientadas, que necesitan ser ayudadas para encontrarse consigo mismas. El problema no es cuestión de género o de orientación sexual, más o menos favorecida por el ambiente, sino de genes, pues son ellos los que configuran cada una de las células del ser humano y lo determinan como varón o como mujer. No se debe decir IVE, sino aborto; es decir: asesinato premeditado y violento del niño en el seno de su madre. Hoy nos horrorizamos de los crímenes del holocausto nazi. ¡Cuántas posibilidades se perdieron!, tal vez, entre los que fueron sacrificados estaba el científico que iba a descubrir la cura del cáncer, o un gran músico, o un bienhechor de la humanidad. Pero, ¿qué decir de las posibilidades perdidas por los millones de niños abortados? ¡Cuántas vidas truncadas, cuántas oportunidades perdidas, cuánto daño se está haciendo a la humanidad! Cada niño abortado es un crimen; toda vida es preciosa y nadie tiene el derecho de arrebatarla.

Es preciso hablar y levantarse contra tanta estupidez e hipocresía. ¿Por qué no se hizo desde el principio? Si las democracias occidentales le hubieran parado los pies a Hitler a las primeras de cambio, se habría evitado el horror de la segunda guerra mundial. No lo hicieron, les pasó lo mismo que a los ciudadanos soviéticos o a dirigentes alemanes de entreguerras, cómplices por omisión de las dictaduras que asolaron Europa. La política de apaciguamiento llevada a cabo por Chamberlain, Daladier y demás, es inútil y lleva al desastre. ¿Debiera hablar la Iglesia denunciando el totalitarismo ideológico que se nos quiere imponer ahora? Tal vez no con documentos oficiales, que nadie lee, sino con posturas personales, aunque se tenga que pagar el precio que pagó Oscar Romero y otros como él. Pero callar no es una opción. Como defiende Humberto Pérez Tomé en “Hispanidad” del 17 de marzo, “la Conferencia Episcopal Española debe hacer llegar a los cristianos su voz, su compañía. Es a ellos a los que hay que consolar, no llevarse bien con el enemigo, que nunca te lo agradecerá… La dejadez de los que aspiran a ser Iglesia ha dado paso a los que la desprecian, incluso la odian”. Y en unos momentos en los que la cristianofobia y la persecución a los cristianos, se recrudece en tantas naciones, con el cómplice silencio de los medios de comunicación occidentales; cuando la ONU quiere imponer la cultura de la muerte y la destrucción de la familia y busca el modo de ilegalizar, amordazar y destruir a la Iglesia, echo de menos una postura clara y definida de la Iglesia sobre la ideología de género, como hizo en su tiempo con el fascismo, el nazismo y el comunismo, en sendas encíclicas, que aunque nadie escuchó, no faltó a su deber de alertar, como buen centinela, a la ciudad de los peligros que la acechan.

 

Ramón Domínguez es presbítero y trabaja desde hace mucho tiempo en Hispanoamérica. Doctor en Teología bíblica y durante 17 años director de la sección dominicana del Pontificio Instituto Juan Pablo II sobre el estudio del matrimonio y la familia. Actualmente retirado de la docencia, ejerce su ministerio en el seminario de Curacao preparando futuros candidatos al sacerdocio.

Es autor de numerosos libros, tanto relativos a la teología bíblica, como a termas relacionados con el matrimonio y la familia y con la problemática del relativismo y de la ideología de género. Articulista de la revista Buena Nueva.