La pastorcita María Antonieta, por Carlos Esteban

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No hay política sin propaganda, pero las revoluciones necesitan dosis masivas de reescritura de la realidad. La que inaugura nuestro tiempo, esa que convirtió el asalto de una prisión prácticamente vacía por una masa teledirigida en una hazaña, la tomó fuerte con la reina ‘austriaca’, la malhadada María Antonieta, de la que se burlaban ácidamente por jugar a ser pastorcita ‘chic’. Naturalmente, la propia revolución se fraguó durante décadas en los salones de los nobles que jugaban, sin un atisbo de ironía, a amigos del pueblo.

El pasado lunes fue la Gala del Metropolitan Museum de Nueva York, una ocasión que acoge al uno por ciento del uno por ciento y en la que aprovechan para sus juegos ideológicos de ‘arte povera’ a mil kilómetros por encima del país real. Quien más, quien menos, abundan los ricos y famosos remedando al proletariado en una forma de sarcasmo inconsciente que explicaría un bosque de guillotinas, como una fiesta de Roures.

Alexandria Ocasio-Cortes (AOC), la podemita de ultramar, acudió con un vestido con pinta de costar el sueldo anual de Joe Nobody, blanco y con letras rojas y el mensaje “Tax the rich”, Poned Impuestos a los Ricos. No era la única. Podían verse entre los vestuarios más fastuosos famosillos disfrazados con harapos de diseño exclusivo con carteles del mismo cariz.

AOC trabajó un tiempo de camarera, y eso la convierte para el resto de sus días en portavoz de la clase obrera. Que se haya criado en una urbanización exclusiva de Nueva York y haya ido a una de las universidades más caras es secundario.

La oligarquía ha secuestrado definitivamente el lenguaje de la izquierda y ha comprado a sus líderes y parecen haberse acogido definitivamente a lo que para Chesterton sería la última ideología de la humanidad: los ricos decididos a pasárselo en grande a toda costa.