La desconstrucción de España, por José Javier Esparza.

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No estamos viviendo la destrucción de España. Estamos viviendo su desconstrucción. No es lo mismo. Es otra cosa. Y es peor.

La desconstrucción o deconstrucción es un término tomado de la filosofía. Muy sumariamente, consiste en coger un texto, aislarlo de su significado expreso, descomponer sus partes y analizarlas por separado para investigar en cada una de ellas un significado propio. La idea se le ocurrió a Heidegger para tratar de encontrar el camino del pensamiento griego que, a su juicio, la metafísica occidental había extraviado. Después Derrida se quedó con la patente y la utilizó para otra cosa: analizar críticamente los grandes conceptos del pensamiento moderno bajo la convicción –o, más bien, la sospecha- de que tras ellos se ocultan intereses inconfesables. Es decir que algo no quiere decir lo que aparentemente dice, sino otra cosa que el investigador crítico debe averiguar aislando los conceptos y analizándolos por separado. En la ola de la cultura posmoderna vemos habitualmente numerosos ejemplos de desconstrucción: desde la gastronomía, con esas tortillas de patata que consisten en presentar la patata y el huevo por separado, hasta la cinematografía, con esos héroes presentados como personajes movidos por fuerzas muy poco recomendables.

Naturalmente, el procedimiento queda sujeto a severas críticas: ¿Con qué derecho destroza el crítico algo que el autor quiso mostrar unido? ¿No es tanto como romper una catedral para quedarse simplemente en el examen de la piedra? Y por otro lado, ¿con qué criterio se atribuye ese significado nuevo a las partes del conjunto? ¿No es un método demasiado expuesto a la arbitrariedad?  Pero no es cuestión aquí de hacer un ensayo sobre la desconstrucción. Quedémonos con la clave: separar lo que esta unido, aislarlo del conjunto y dar a cada cosa un significado distinto al que tenía. Y traerlo aquí es oportuno porque eso, precisamente eso, es lo que está pasando hoy en España.

Peor que una empresa de demoliciones

Imaginad una casa. Llega uno de esos bulldozer armados con una poderosa bola de demolición y empieza a golpear hasta que no queda piedra sobre piedra. En el montón de escombros aún son reconocibles las vigas quebradas, las paredes deshechas, las ventanas rotas… pero es un desastre. Eso es la destrucción. Era lo que soñaba Azaña cuando se figuraba la República como “una vasta empresa de demoliciones”. Pero de ahí se salió. Ahora bien, imaginad que a esa misma casa llega una cuadrilla y metódicamente, desde dentro, desmantela cada una de sus partes –las vigas, los ladrillos, las ventanas, incluso el cemento reducido ahora a polvo-, las deposita en el suelo alejadas unas de otras, cubre los cimientos y se asegura de que nadie guarde memoria de los planos. Y después dispersa todos los elementos y les da a cada uno un significado distinto al que tenían. Es peor que un desastre: es, literalmente, una aniquilación. Eso es la desconstrucción.

Lo que está pasando ahora en España no es que haya aparecido alguien resuelto a demoler el edificio. Eso ya había ocurrido antes. Lo que hoy está pasando es que una cuadrilla, desde dentro, se ha propuesto desmantelar la casa trozo a trozo, alejando cada una de sus partes y dándoles un significado distinto, como si jamás hubieran estado juntas (más aún: como si nunca hubieran debido estar juntas). La clave no está sólo en el desmantelamiento. Este es un paso imprescindible, pero sólo es un primer paso. La clave está en la atribución de un significado nuevo y discrecional a cada una de las partes. Así se está desconstruyendo nuestra identidad colectiva, nuestra identidad nacional.

Una identidad colectiva no es algo que se pueda crear por ley. La identidad nacional española –como la de Francia, la de Inglaterra o la de Alemania, sin ir más lejos- es el producto de un determinado proceso histórico. A lo largo de ese proceso han ido uniéndose, entrelazándose y superponiéndose distintos elementos que, todos juntos, han formado un ser colectivo (digamos un texto, por seguir con el modelo derridiano), algo que es superior a la suma simple de sus partes. Hay un territorio relativamente definido. Hay una cierta homogeneidad étnica. Hay una religión ancestral que, con independencia de la fe en sus dogmas, ha impregnado la conciencia general, la idea de lo bueno y de lo malo. Hay una lengua compartida por todos, incluso cuando comparecen lenguas particulares. Hay una cultura que espontáneamente reconocemos como propia. Hay una Historia común que da razón de lo que somos. Hay, en fin, una ley que organiza la vida del conjunto. Esos son los materiales de la construcción. Todo eso se ha combinado de una determinado manera como consecuencia de determinadas circunstancias históricas. Y no es una construcción artificial, no es ese “constructo” del que hablan los cursis, no: es una construcción natural, porque arraiga en la historia y la historia es la naturaleza de los pueblos.

Pero si descomponemos todo eso, si arrancamos cada parte del todo y la aislamos y, más aún, si tratamos de dar a esas partes una vida singular, entonces des-construimos el edificio. Y eso es exactamente lo que hoy estamos viviendo en España. El territorio común se está deshilachando bajo la presión de poderes locales cuya supervivencia depende, precisamente, de crear la impresión de que pueden existir por sí mismos, separados del todo. La lengua común es cada vez menos común, porque, allá donde existe lengua local, las oligarquías han encontrado en ella un excelente instrumento para alistar sus propias clientelas de poder. La religión común ya sólo es un vago recuerdo arquitectónico, continuamente empujada a la irrelevancia pública. La proximidad étnica se disuelve bajo una catarata de mensajes que tratan de convencernos de que cualquiera puede vivir en cualquier parte con sus propias reglas. La cultura compartida ni se enseña ni se transmite. En cuanto a la ley común, es decir, la Constitución y sus instituciones, ya ha dado muestras de ser más líquida que sólida, como un cemento con demasiada agua. Y para que nadie guarde memoria de los planos de la casa, se ha reescrito minuciosamente la Historia con tinta falsa, ya se trate de la transición, de la II República o de la invasión musulmana (como en el patético manual de Bachillerato de la editorial Casals), silenciando lo que nos une y subrayando lo que nos separa.

El nuevo texto ex español

Así desconstruido el texto, nuestra cuadrilla se ha aplicado enseguida a dar un significado nuevo a los fragmentos. Ya no hay nación española sino “Estado” (o sea, un mero artificio técnico-administrativo). Sólo existe “nación” allá donde hay minorías regionales que se atribuyen ese nombre. La lengua común desaparece para ser sustituida por “lenguas propias”. En vez de la religión aparecen las religiones (con especial atención institucional a los musulmanes). La cultura común está prácticamente extinguida por falta de transmisión generacional. Hablar de parentescos étnicos es pecado. El propio término de “identidad” se ha convertido en sospechoso. La Historia nacional es reemplazada por las historias locales o, aún peor, las diversas “memorias”. El marco constitucional, en fin, se va convirtiendo en un “texto vivo” (así lo llaman) susceptible de ser modificado a voluntad por la presión de una exigua mayoría parlamentaria. Que todo esto se haga en nombre de la democracia no deja de ser un chiste añadido al final, una suerte de epítome sarcástico, porque mal puede hablarse de “poder del pueblo” cuando ya no hay ni demos ni ethnos que den sustancia al pueblo en cuestión.

Se está construyendo ante nuestros ojos un edificio nuevo, un texto nuevo, reelaborado a partir de los fragmentos desconstruidos de la nación española histórica. Por eso es tan importante ser capaz de poner nombres y dar un significado a las cosas. En eso consiste la ahora famosa “batalla cultural”, un asunto que la derecha española ha tardado cuarenta años en entender (y que, aun hoy, no parece haber comprendido del todo). Es la misma razón por la cual no basta con enarbolar la Constitución, como si la mera aparición de las tablas de la ley del 78 fuera a paralizar el proceso de desconstrucción. La Constitución –como evocar la bandera, la monarquía o las viejas glorias del pasado- sólo son antídotos eficaces si se presentan integrados en un texto con sentido. Por separado no significan apenas nada. Tal vez sólo el eco de una vieja historia que nadie es ya capaz de recomponer.

Quién sabe. Quizá el proceso de desconstrucción sea irreversible. Quizá el desmantelamiento de los significados nacionales ya no tenga solución. Y entonces –quizá, quizá- haya llegado el momento de recoger los pedazos del texto y volverlo a reescribir, como los cronistas asturianos del siglo X recogieron los trozos rotos de la “España perdida”. No deja de ser una tarea fascinante para los años venideros. Pero hay que empezarla ya.