La selección irlandesa y Plácido Domingo, por Carlos Esteban

El cantante Plácido Domingo tras ser nombrado Embajador Honorario del Patrimonio Mundial de España por parte de la Adiprope (la Asociación para la Difusión y Promoción del Patrimonio Mundial de España) en el Teatro Real de Madrid. EFE/Javier LizónEl cantante Plácido Domingo tras ser nombrado Embajador Honorario del Patrimonio Mundial de España por parte de la Adiprope (la Asociación para la Difusión y Promoción del Patrimonio Mundial de España) en el Teatro Real de Madrid. EFE/Javier Lizón
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Quizá sea el instinto ético y estético el que nos salve, después de todo, esa reacción de atracción o rechazo previa a cualquier argumento.

El tenor Plácido Domingo, español universal, ha recibido un aplauso jalonado de bravos de ocho minutos en su primera aparición en España desde 2019, y a la ministra Montero no le ha gustado nada. Y Montero, como mi tía abuela Eudiviges, nunca se calla cuando algo no le gusta.

“¿Por qué hay quienes necesitan aplaudir con estruendo a un hombre que ha confesado haber abusado sexualmente de varias mujeres?”, tuiteaba la madre de los hijos de Iglesias. “Incluso quienes piensan que la respuesta no puede ser el escarnio público deberían entender que la ovación lo es aún menos”. Uno está viendo, al leerlo, el gesto torcido y bronco con que lo tuitea, porque lo hemos visto infinitas veces. Esa cosa amarga, como una baba invisible que envenenara toda alegría y afeara toda hermosura.

Por supuesto, Plácido no ha confesado nada de eso que dice la mujer que ha recibido un ministerio como antiguamente otras recibían un estanco. El tenor ha sido acusado por mujeres que han sufrido una amnesia de varias décadas, al parecer, de actitudes que, de ser ciertas, no pasarían de olvidables elementos de un torpe cortejo.

También esta semana, en un partido amistoso en Budapest entre las selecciones de Hungría e Irlanda, al comenzar el encuentro, los jugadores de la selección irlandesa fueron abucheados sonoramente por el público al arrodillarse piadosamente sobre el césped.

Este ridículo y humillante ritual se inició en Estados Unidos y pretende tener algo que ver con la muerte de un delincuente habitual negro al ser detenido por un policía blanco, y se ha convertido en la norma en el deporte profesional. Los húngaros no se arrodillaron. Y casi todos los comentaristas de prensa han fingido escandalizarse del abucheo, achacándolo a un preocupante racismo.

Si uno estas dos anécdotas de la semana es, evidentemente, porque el público no aplaudía a rabiar a Plácido Domingo en complicidad con el supuesto acoso del tenor, ni los espectadores húngaros abucheaban el gesto de los irlandeses por solidaridad con los policías asesinos. Ambas multitudes estaban rechazando tan instintiva como calurosamente la repulsiva tiranía de la corrección política en nuestra vida pública.

Es instintivamente repulsivo el linchamiento mediático del maestro en su vejez, como lo es el previsible cálculo de unas mujeres que necesitaron décadas para recordar gestos sin duda incómodos, pero irrelevantes entre adultos, y contra una figura famosa.

Es instintivamente repulsivo que los jugadores de una selección tengan que arrodillarse como esclavos apaleados por un desgraciado incidente en el que, por lo demás, no han tenido arte ni parte. No es solidaridad, es sometimiento; el gesto lo dice todo.