La tesis Klingenstein y su extrapolación a España, por Julio Ariza

|

Thomas Klingenstein es un conservador norteamericano que preside un prestigioso think tank de California, el Claremont Institute. Lleva tiempo señalando que los republicanos en los EE.UU. necesitan una renovación política de fondo, que no pueden comportarse como meros gestores ni como fríos profesionales metidos en política, sino como líderes de una sociedad que se enfrenta al problema de su propia supervivencia. Tiene un perfil claramente norteamericano: un profesional de éxito, miembro activo de la sociedad civil, que opina libremente sobre cuestiones políticas, que defiende pública y naturalmente sus convicciones y que además se involucra en el proyecto de una fundación en beneficio de su comunidad. Es también dramaturgo. Cree en su país y en el modelo de vida del “American Way of Life”. Y lo defiende.

En España, este tipo de personas no abundan, incluso nos extraña su libertad de crítica, su versatilidad, su libertad de pensamiento, su independencia de criterio. Es un conservador que habla con toda tranquilidad de sus ideas, y lo hace con la sencillez propia del sentido común.

En una de sus últimas intervenciones, titulada “Trump, un hombre contra un movimiento”, acaba de afirmar cosas de enorme interés. Comienza, como buen conferenciante, dando una esquema previo: parte de tres ideas: la primera, que Trump es el hombre del momento (no lo sería en cualquier otro momento, pero sí en este); segunda, que el partido republicano no está sabiendo trasmitir lo que se juegan los americanos en estas elecciones, y tercera,  que el partido demócrata, que ha sido tomado al asalto por su ala más radical, esta liderando un proceso revolucionario.

¿Revolucionario? Es posible que el lector medio español se escandalice o pegue un respingo, pero para comprender lo que dice Klingenstein hay que seguir escuchándole, o leyéndole. Este tipo de reflexiones no nos llegan nunca a España, donde todo se deforma y se estigmatiza, incluso lo desconocido.

La elección es de tal naturaleza que en su opinión los norteamericano se enfrentan a las elecciones más importantes desde 1860, el año en que Lincoln llegó a la Presidencia.

Estas elecciones, sostiene Klingenstein, no son sobre políticas particulares, modelos impositivos o sistemas sanitarios. Esta elección es una contienda entre dos regímenes políticos o dos maneras de vivir, dos conceptos de vida ciudadana que son incompatibles. La forma tradicional de vida americana, basada en los derechos individuales, las libertades, el estado de derecho y un entendimiento compartido del bien común, y en valores como el esfuerzo, el patriotismo, el voluntariado y el sentimiento de ser americano más allá de la raza, la religión o la opinión. Y otra forma de vida llamada multiculturalismo, de políticas identitarias, basada en el marxismo cultural. El movimiento multicultural, que se ha apropiado del partido demócrata es, dice Klingenstein, un movimiento revolucionario.

Las elecciones son, pues, según este conservado americano, “entre un hombre, Donald Trump, que cree que Estados Unidos es bueno, y un hombre, Joe Biden, que está controlado por un movimiento que cree que Estados Unidos es malo. O dicho de otra manera, entre un hombre que quiere preservar el estilo de vida estadounidense y un hombre que acabará destruyéndolo.”

Algunas de sus opiniones son extrapolares a Europa y naturalmente a España, porque la deriva ideológica de la izquierdas global, y falta de conciencia de la amenaza que ello supone es también general.

Lo que viene a decir es que los líderes republicanos y conservadores están demasiado centrados en la política de menor cuantía. Esta no es una elección de política, sino decisión de régimen; una elección entre dos modelos de vida.

En el modelo tradicional de democracia americana, el papel del gobierno es crear las condiciones para que florezca la libertad y el desarrollo de la persona.

La otra forma de régimen de “multiculturalismo” o de “políticas de identidad” asume que la sociedad está formada por grupos de identidad, todos los cuales son oprimidos por hombres blancos. El papel del gobierno en este régimen es crear ingresos y dar poder a cada grupo identitario.

Lograr este tipo de “igualdad de resultados”  solo puede lograrse, en su opinión, mediante una forma tiránica de gobierno. Es decir, el multiculturalismo, que se ha apoderado del Partido Demócrata, constituye un movimiento revolucionario. No una revolución metafórica. No es “como” una revolución; es una revolución, un intento de derrocar el modelo fundacional estadounidense de democracia, como dijo el presidente Trump en su Discurso Rushmore.

Klingenstein cree que para defender el estilo de vida estadounidense, los republicanos deben desengañar al público de la idea de que Black Lives Matter se preocupa por la vida de los negros. Respeto de BLM, los republicanos podrían decir algo como: “claro que importan las vidas de los negros, de manera absoluta”. Pero las tragedias de estas personas de color son solo abstracciones para los ideólogos revolucionarios. Sus tragedias son solo un apoyo para su agenda.

Pide después a los republicanos que expliquen la revolución está siendo liderada, no por Black Lives Matter, sino por el ala izquierda del Partido Demócrata que ha utilizado los disturbios de BLM para avanzar más lejos y más rápido de lo que de otra manera podría haber avanzado. La izquierda, llamémosla el “ala BLM”, se ha apoderado de todo el partido. La mayoría de los demócratas, aunque ellos mismos no son revolucionarios, están de acuerdo. Joe Biden es uno de los “demócratas de BLM”.

Pero la revolución es más profunda. Los demócratas de BLM entienden que si quieren lograr su agenda política, deben hacer que cambiemos nuestros valores y principios y la forma en que nos entendemos a nosotros mismos. Deben hacernos creer que las fronteras nacionales son racistas; que no somos una cultura sino muchas; y que lo más importante de nuestra historia, aquello en torno al cual gira todo lo demás, es la esclavitud. Más ampliamente, deben hacernos creer que somos indignos, no solo que hemos pecado (lo cual, por supuesto, hemos hecho), sino que somos irremediablemente pecadores o, en el lenguaje de hoy, “sistémicamente racistas”. Y sexistas, homofóbicos, islamófobos, etc.. Los BLM-Demócratas saben que, una vez que los estadounidenses acepten su culpa, aceptarán la agenda política BLM-Demócrata.

Pero los republicanos no pueden permitir que eso suceda. El conservador norteamericano sostiene que “deben afirmar, en voz alta y con frecuencia, “no, Estados Unidos no es racista”. Y punto. El pueblo estadounidense necesita escuchar lo que sabe en su corazón: no es racista. Los estadounidenses también necesitan escuchar que Estados Unidos es “increíble”, para usar el adjetivo elegido por el presidente Trump. Los republicanos deben recordarle al pueblo estadounidense que Estados Unidos ha traído más libertad y más prosperidad a más personas que cualquier otro país en la historia de la humanidad.”

“Para cambiar los valores y principios estadounidenses, los BLM-Demócratas deben destruir, o reestructurar radicalmente, las instituciones que enseñan estos valores: familia, religión, educación y vida comunitaria. No estamos comprometidos en una guerra política, sino en una guerra cultural. Aquí es donde está la verdadera acción. Los republicanos están desaparecidos en acción.”

¿Les suena esta denuncia de haber dado por perdida la batalla cultural? ¿No habrá ocurrido lo mismo con el viejo partido popular España? También aquí se ataca la familia, la vida, la religión, la educación, la comunidad, las tradiciones, la propia historia nacional. Y también aquí el centro derecha ha desertado de la defensa de sus valores y principios desde la trágica ascensión al poder de Mariano Rajoy. Simplemente, la derecha tradicional española no ha sabido diagnosticar el cambio de régimen político y de modelo social y antropológico que se le venía encima. Este error de diagnóstico ha dejado un inmenso vacío que la izquierda reaccionaria -por utilizar una expresión de Félix Ovejero- ha sabido ocupar para desfigurar la sociedad española.

Sigamos con Klingenstein: No debería ser difícil -dice- vincular esta agenda radical a los demócratas. Después de todo, los disturbios del BLM nunca fueron un levantamiento popular; más bien, siempre fueron obra de la élite demócrata: es decir, funcionarios demócratas estatales y locales que permitieron, incluso incitaron, los disturbios; los medios demócratas que miraron para otro lado; los mayores contribuyentes de los demócratas, las principales corporaciones y sus líderes, que han donado miles de millones de dólares a BLM y, más recientemente, los principales demócratas nacionales que, de hecho, están dando permiso a BLM para protestar porque el presidente Trump nominó a la jueza Amy Coney Barrett para suceder en el cargo a la juez Ginsburg.

¿Son espontáneos en España los ataques a La Corona, era espontánea la violencia en la Barcelona del 1 de octubre? Tampoco la derecha española ha sabido diagnosticar ese fenómeno, ni denunciar quien está tras él.

De la misma manera que, según el conferenciante norteamericano, los republicanos deben dejar en claro que estos son los “disturbios de Biden”, en España la derecha política tiene que dejar claro cuál es la mano que mece la cuna.

Biden ahora habla regularmente sobre racismo “sistémico”, recuerda Klingenstein, “pero si de verdad cree que el racismo está en “todo lo que hacemos”, que es sistémico, entonces, se dé cuenta o no, está pidiendo el derrocamiento del estilo de vida estadounidense. Supongo que esa no es su intención, pero cuando las palabras que está leyendo en su teleprompter BLM se traduzcan en política, esa será la consecuencia: la destrucción del estilo de vida estadounidense”. También cuando en España las gentes del PP acuden al día del orgullo gay (a ser insultados), reconocen el derecho al aborto o aprueban leyes de género, está interiorizando que existe un problema antropológico, cultural, que hay que derribar, o mejor, que ellos ya han derribado.

Klingenstein es demoledor: “No hay nada que temer de Biden, dice Biden: ¿Parezco un socialista radical con una debilidad por los alborotadores? No, no lo hace, pero lo que sí parece es un tonto, un títere interpretado por sus titiriteros”. En España tenemos la expresión “un tonto útil”, aunque haya más de uno, que a su escaso talento suma su cobardía o su complejo, o su oportunismo político. Quizás sea cuestión solo de eso: la falta de convicciones.

“Sé que Trump tiene muchas fallas. Yo mismo a veces me estremezco al escucharlo. Es un fanfarrón, a menudo mal informado, mezquino y más.” Muchas podemos compartir esa visión.

“Y, sin embargo, tenemos mucha suerte de tenerlo. En cualquier otro momento, bien podría haber sido un mal presidente. Pero en estos tiempos, estos tiempos revolucionarios, es el mejor presidente que podríamos haber tenido. Ningún otro líder republicano nacional puede igualar al presidente Trump. Casi estoy dispuesto a decir que tenerlo es providencial. ¿De qué otra manera explicar que nos encontramos con este hombre tan inusual y poco presidencial que tiene los atributos más necesarios para este momento?

Tiene el atributo indispensable de un líder: la valentía. Como debe hacer un líder, va donde otros temen ir. Tiene sentido común, lo que significa que generalmente quiere ir al lugar correcto. Y es un luchador.

Por encima de todo, y por encima de cualquier otra persona, Trump está comprometido con Estados Unidos. Está sin reservas, sin lugar a dudas, a favor de Estados Unidos. No se siente culpable por el pasado de Estados Unidos. No se disculpa. No concede nada. Y Trump tiene una confianza ilimitada en los estadounidenses.”

Las palabras de Klingenstein son en mi opinión completamente certeras.

“Recuerde, Trump versus Biden es la elección entre un hombre que cree que Estados Unidos es bueno y un hombre que está controlado por un movimiento que cree que Estados Unidos es malo.”

Recordemos, pues: también en España debemos elegir entre los hombres que piensan que España, nuestra historia, nuestra cultura, nuestras tradiciones, nuestra religión, nuestra idea de la familia, nuestra democracia, son buenas cosas por las que merece la pena luchar, y los hombres que están controlados por movimientos que creen que todo eso es malo y que hay que derribarlo.