Ya no cuela

La tiranía perfecta. Por Carlos Esteban

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La democracia no se justifica porque el pueblo no se equivoque. No se trata de que los tontos se vuelvan listos cuando votan, sino de que todos vivimos aquí, esto es de todos, y ningún hombre es libre si otro toma por él las decisiones que corresponden al gobierno de la polis.

Esa es una de las razones de ser del soberanismo, de que un sector cada vez más amplio de la ciudadanía vea en el globalismo el fin de la democracia o, lo que es lo mismo, la imposición de un régimen en el que la voz del común no sea tenida en cuenta para nada. Porque el globalismo, en la práctica, significa que las decisiones sobre tu vida las toman remotos funcionarios anónimos completamente ajenos a tus intereses, opiniones, costumbres o preferencias.

En Ginebra se ha presentado un Tratado Mundial de Pandemias al que se adherirán gustosas nuestras democracias que da a la Organización Mundial de Salud la autoridad última sobre las políticas que se adopten en caso de una nueva peste. Parece algo totalmente técnico, pero no lo es ni por el forro.

Para empezar, la OMS es una burocracia dirigida por un tipo que no es médico, mucho menos epidemiólogo, elegido por las presiones conjuntas de una tiranía totalitaria, China, y un multimillonario que no tiene siquiera un título universitario pero sí mucho que ganar en lo que se decida, Bill Gates.

Es decir, un tipo que ningún pueblo ha elegido y que ha llegado a donde está por los buenos oficios de un magnate y una tiranía es quien va a decidir cuándo existe una situación de pandemia y lo que tienen que hacer todos los países para combatirla. Y ya tenemos experiencia de que apenas hay límites a la violación de derechos que pueden suponer esas medidas. En la práctica, es la dictadura perfecta, inescapable.