Ya no cuela

La vida, ese enemigo. Por Carlos Esteban

Vista de la manifestación convocada por la asociación provida Vividores frente al Congreso en contra de la aprobación de la ley de eutanasia. EFE/ Zipi
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A lo largo de la historia, incluso los peores déspotas tenían dos limitaciones. La primera era tecnológica: no disponer de los medios de controlar a todos sus súbditos; la segunda, necesitar a sus súbditos para mantener su posición privilegiada. Y lo pavoroso de hoy es que esas dos limitaciones se están desvaneciendo.

El control tecnológico total, el panópticon, ya es perfectamente factible. China lo aplica sin remilgos, pero en Occidente se avanza en ello sin demasiados reparos, incluso con la aquiescencia entusiasta de muchos de los vigilados, que se prestan voluntariamente a serlo por la comodidad que suponen las soluciones tecnológicas. Facebook, por ejemplo, es la paradoja de un populacho deseoso de ofrecer gratis toda la información imaginable sobre sí mismo a las élites rectoras.

Por otra parte, el avance espectacular de la automatización y la inteligencia artificial significa que la inmensa mayoría de la población somos, económicamente, peso muerto. Sobramos, a miles de millones. Si antes el tirano tenía que tener cuidado en sus pogromos y purgas, porque la población abundante era económicamente necesaria y base de su poder, hoy los poderosos se preguntan para qué se necesita tanta gente, para qué hace falta alimentarla y mantenerla.

De hecho, basta examinar las causas más machaconamente promocionadas en nuestro tiempo para advertir que todas se resuelven en una reducción drástica de la humanidad, desde la supuesta lucha contra el supuesto cambio climático al aborto y los ‘modelos sexuales alternativos’.