Lamentable discurso de Iglesias en el final de campaña: la democracia soy yo

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El candidato de Unidas Podemos a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, Pablo Iglesias, ha vuelto a dividir a los electores en buenos y malos, amigos y enemigos, demócratas y fascistas, honestos trabajadores del pueblo y élites despiadadas y poderosas. Ha pedido el voto para mandar a casa a los «enemigos de la democracia» que quieren «parasitar los servicio públicos». Ni un argumento racional. Ni una propuesta. Su discurso es el discurso de la amenaza y sobre todo del miedo. Esta campaña electoral ha servido para comprobar que Pablo Iglesias llegó a la política para sembrar la cizaña entre los ciudadanos.
En una intervención llena de insultos, descalificaciones y desprecio hacia el que no piensa como él, Pablo Iglesias ha acusado al PP de «normalizar» el fascismo y de banalizar por tanto «la mayor amenaza contra Europa en el siglo XX». Del comunismo y sus cien millones de muertes, sus hambrunas, sus sistematizadas violaciones de derechos humanos, su estado de partido único, su destrucción de la democracia allí donde ha triunfado, nada.

En esa estrategia de negarle al adversario el pan y la sal, Iglesias ha asegurado que la derecha española no ha creído nunca en la democracia sino en «el poder».

Iglesias, que ha intervenido al inicio y al final de un acto de cierre de campaña, plúmbeo por su duración y guerracivilista por su mensaje, un mitin que ha durado más de dos horas y media, ha llamado a que el 4 de mayo haya colas interminables en los barrios y las ciudades «de la clase trabajadora» para demostrar que es ésta la que encarna el estado y la soberanía, con exclusión de todas las demás, claro, y frente a las «élites que se llevan creyendo años que el Estado es suyo». Galapagar, a lo que se ve, hace vivir al candidato una suerte de dislocación de la realidad.

«La política es un patrimonio de los de abajo para poner límites a los de arriba», ha reivindicado el ex vicepresidente Iglesias, que ha definido la democracia como el movimiento que sirve para que las mayorías puedan hacer política. Sin embargo, las políticas que ha impulsado desde su poder de vicepresidente son las que favorecen a las minorías, como la ideología de género, el discurso sobre la inmigración ilegal o el movimiento okupa.

Ha dicho que «no hace falta democracia para que un abogado del Estado hijo y nieto de abogados del Estado sea alcalde de Madrid» pero sí para que un barrendero pueda llegar a regidor de Alcorcón. Iglesias olvida que el principio democrático por excelencia es el de mérito y capacidad y que las oposiciones a los cuerpos del estado son el sistema más objetivo y democrático de cuantos existen. Su padre, de hecho, es inspector de trabajo, y su abuelo fue funcionario del Ministerio de Trabajo con el ministro falangista Girón de Velasco.

Iglesias ha llamado a disputar a Ayuso el significado de la palabra «libertad», que a su juicio es que el hijo de unos trabajadores de Vicálvaro pueda llegar a ser alcalde, ministro o tener más títulos universitarios «que la gente con apellidos compuestos». El mensaje de Iglesias es altamente falaz y ofensivo para todos esos alcaldes y altos cargos españoles que desde hace muchas décadas y gracias a su mérito y capacidad ascendieron profesional y socialmente en todos los ámbitos de la vida española. Iglesias habla como si la clase media española estuviera aún por conformar.

«Frente a los que pretenden parasitar los servicios públicos, aquí estamos para ser Estado. No se puede consentir que sicarios de la extrema derecha pretendan parasitar los sindicatos de la Policía», ha exclamado en una demostración de querer terminar también con la libre sindicación de los trabajadores y con ele ejercicio de su libertad sindical.

«En España, cuando la derecha ve que puede perder el poder enseña su verdadera cara, la de enemigos arrogantes y violentos de la democracia». Todo un autorretrato, sin retoques.