Las impactantes revelaciones de su Pasión que Jesucristo mostró a algunos místicos

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Cortesía de Infovaticana
(Portaluz)-Después del Domingo de Ramos, se iniciará el período previo a la Pascua, que en la liturgia ambrosiana se conoce como la Auténtica Semana o Semana Santa. El corazón y la cumbre de la Semana Santa y de todo el año litúrgico es el sagrado Triduo Pascual, que se abre el Jueves Santo con la Misa in Cœna Domini, precedida del lavatorio de los pies. Luego, el Viernes Santo los textos de la Sagrada Escritura y las oraciones litúrgicas, nos sitúan en el Calvario para conmemorar la Pasión y la Muerte redentora de Jesucristo. Completándose el Triduo Pascual con los ritos de la Vigilia pascual, el sábado, tarde, por la noche, al desplegarse el signo luminoso de la salvación en la liturgia solemne que desde la fe celebra a Cristo resucitado.

Sabemos por los Evangelios que, después de instituir la Santísima Eucaristía, el Salvador se dirigió con los apóstoles hacia el Monte de los Olivos y se detuvo en un huerto llamado Getsemaní, diciéndoles: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar». Relatan los Evangelios Sinópticos: «Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo.» Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú.»» (Mt 26,36-42; Mc 14,36, Lc 22,42).

Padre Dolindo

El sacerdote y místico padre Dolindo Ruotolo se refiere a este pasaje de la siguiente manera:

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«(Jesucristo) Se sentía agobiado por los pecados pasados, presentes y futuros hasta el fin del mundo; es más, se sentía agobiado por todos los abusos, porque él, glorificación del Padre, debía repararlos todos con su dolor. 

Lo que más le hacía agonizar era la ofensa a Dios, cuyo horror ponderaba, y la ingratitud humana hacia todas las gracias que iba a derramar sobre la tierra.

La misma agonía que sufrió le hizo hacer el sacrificio de sí mismo al Padre, en completo abandono a su Voluntad, de modo que su ofrenda fue una inmolación tan sublime que la pobre mente humana no puede comprenderla.

Estaba verdaderamente como retenido en una prensa; sentía como si sus nervios y su corazón fueran estirados y rotos, se sentía oprimido por espantosas tinieblas interiores, acrecentadas en él -como nos dicen los santos místicos- por las violentas incursiones de Satanás, que intentaba ahuyentarle de su sacrificio. La sangre comenzó a fluir como un sudor abundante y el alma casi emergió con ella a la superficie del cuerpo para desprenderse de él, tan inmenso era el dolor moral, el más terrible de todos los que sufrió«.

Santa Faustina

Las súplicas que Jesús hizo al Padre durante su agonía para que le quitara el cáliz son explicadas por muchos como el miedo humano del Salvador al sufrimiento que sabía que le esperaba. La verdad es explicada por el mismo Jesús a Santa Faustina Kowalska en la Novena a la Divina Misericordia, que él le dictó y que por su voluntad comienza el Viernes Santo.

En el noveno día leemos: «Hoy, tráeme a las almas tibias y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Estas almas son las que más dolorosamente hieren mi Corazón. A causa de las almas tibias, mi alma experimentó la más intensa repugnancia en el Huerto de los Olivos. A causa de ellas dije: Padre, aleja de mí este cáliz, si es tu voluntad. Para ellas, la última tabla de salvación consiste en recurrir a mi misericordia«.

Y en el Nr. 965 de su “Diario” Santa Faustina cita lo que le reveló Jesús: “Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia. Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre”.

Luego en el Nr. 158 de su “Diario” la santa comparte: “Vi a Jesús flagelado junto a la columna. Durante este terrible tormento Jesús rezaba y un momento después me dijo: «Son pocas las almas que contemplan mi Pasión con verdadero sentimiento; a las almas que meditan devotamente mi Pasión, les concedo el mayor número de gracias»”.

Y en el nr. 170 prosigue revelando santa Faustina: “Veo al Señor Jesús bajo este aspecto: después de la flagelación los verdugos tomaron al Señor y le quitaron su propia túnica que ya se había pegado a las llagas; mientras la despojaban volvieron a abrirse sus llagas. Luego vistieron al Señor con un manto rojo, sucio y despedazado sobre las llagas abiertas. El manto llegaba a las rodillas solamente en algunos lugares. Mandaron al Señor sentarse en un pedazo de madero y entonces trenzaron una corona de espinas y ciñeron con ella la Sagrada Cabeza; pusieron una caña en su mano, y se burlaban de Él homenajeándolo como a un rey. Le escupían en la cara y otros tomaban la caña y le pegaban en la cabeza; otros le producían dolor a puñetazos, y otros le taparon la cara y le golpeaban con los puños. Jesús lo soportaba silenciosamente. ¿Quién puede entender su dolor? Jesús tenía los ojos bajados hacia la tierra. Sentí lo que sucedía entonces en el dulcísimo Corazón de Jesús. Que cada alma medite lo que Jesús sufría en aquel momento. Competían en insultar al Señor. Yo pensaba ¿de dónde podía proceder tanta maldad en el hombre? La provoca el pecado. Se encontraron el Amor y el pecado”.

Finalmente, en el nr. 286 del mismo texto confidencia la santa: “He visto a Jesús martirizado, coronado de espinas y con un pedazo de caña en la mano. Jesús callaba, mientras los soldadotes rivalizaban torturándolo. Jesús no decía nada, solamente me miró; en aquella mirada sentí su tortura tan tremenda que nosotros no tenemos ni siquiera una idea de lo que Jesús sufrió por nosotros antes de la crucifixión. Mi alma está llena de dolor y de nostalgia: sentí en el alma un gran odio por el pecado, y la más pequeña infidelidad mía me parece una montaña alta y la reparo con la mortificación y las penitencias. Cuando veo a Jesús martirizado, el corazón se me hace pedazos; pienso en qué será de los pecadores si no aprovechan la Pasión de Jesús. En su Pasión veo todo el mar de la misericordia”.

Santa Camila Battista da Varano

Leemos en el libro Los dolores mentales de Jesús en su Pasión, de la mística Santa Camila Battista da Varano, lo que el Salvador respondió a su pregunta: «Dime cuántos dolores has llevado en tu corazón«. Él le explicó dulcemente:

«Sabe, hija mía, que fueron innumerables e infinitas, porque innumerables e infinitas son las almas, mis miembros, que se separaron de mí por el pecado mortal. Cada alma, en efecto, se separa de mí, su Cabeza, tantas veces como peca mortalmente. Este fue uno de los dolores más crueles que soporté y sentí en mi corazón la laceración de mis miembros.

 Piensa en el sufrimiento que siente quien es martirizado con la cuerda con la que le arrancan los miembros del cuerpo. Ahora imagina qué martirio fue el mío por tantos miembros separados de mí como almas condenadas hay, y cada miembro por tantas veces como haya pecado mortalmente. La disyunción de un miembro espiritual, a diferencia de uno físico, es mucho más dolorosa, porque el alma es más preciosa que el cuerpo.  

Pero el cruel castigo que me desgarró fue ver el mencionado número infinito de mis miembros, es decir, todas las almas condenadas, que nunca, jamás, volverían a reunirse conmigo, su verdadera Cabeza. Por encima de todos los demás dolores que esas pobres almas desgraciadas tienen y pueden tener eternamentees precisamente este nunca, nunca el que las atormenta y atormentará eternamente«.

Beata Anna Katharina Emmerick

En su libro La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo La beata Anna Katharina Emmerick relata con vívidos detalles místicos aquello que los Evangelios acreditan que ocurrió en el Huerto de Getsemaní.

Cuando Jesús se separó de los discípulos, yo vi a su alrededor un círculo de figuras horrendas, que lo estrechaban cada vez más. Su tristeza y su angustia se aumentaban; penetró temblando en la gruta para orar, como un hombre que busca un abrigo contra la tempestad; pero las visiones amenazadoras le seguían, y cada vez eran más fuertes. (…)

Postrado en tierra, inclinado su rostro ya anegado en un mar de tristeza, todos los pecados del mundo se le aparecieron bajo infinitas formas en toda su fealdad interior; los tomó todos sobre sí, y se ofreció en la oración, a la justicia de su Padre celestial para pagar esta terrible deuda. Pero Satanás, que se agitaba en medio de todos estos horrores con una sonrisa infernal, se enfurecía contra Jesús; y haciendo pasar ante sus ojos pinturas cada vez más horribles, gritaba a su santa humanidad: «¡Como!, ¿tomarás tú éste también sobre ti?, ¿sufrirás su castigo?, ¿quieres satisfacer por todo esto?» (…)

Al fin de las visiones sobre la Pasión, Jesús cayó sobre su cara como un moribundo; los ángeles desaparecieron; el sudor de la sangre corrió con más abundancia y atravesó sus vestidos. La más profunda oscuridad reinaba en la caverna. Vi bajar un ángel hacia Jesús. Estaba vestido como un sacerdote, y traía delante de él, en sus manos, un pequeño cáliz, semejante al de la Cena. En la boca de este cáliz se veía una cosa ovalada del grueso de una haba, que esparcía una luz rojiza. El ángel, sin bajar hasta el suelo, extendió la mano derecha hacia Jesús, que se enderezó, le metió en la boca este alimento misterioso y le dio de beber en el pequeño cáliz luminoso. Después desapareció”.