Ya no cuela

 Lo feo, lo legal y lo sentimental. Por Carlos Esteban

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No ser de izquierdas es legal, pero feo.

Pongo izquierdas por pereza y para que la frase quede breve, pero es una simplificación. Es ser “de esto”, ser un manso cabestro o, mejor, un ‘cheerleader’ del pensamiento único progresista, del que manda y al que cada día se le hace más cuesta arriba no perder la paciencia con las pejigueras de leguleyo que protegen a sus rivales ideológicos.

Desde que tengo uso de razón, si alguna vez lo tuve, he escuchado y leído en un ritornello astragante alabar como objetos de culto y reverencia “este régimen de libertades que nos hemos dado” y pronunciar la palabra “democracia” con los ojos en blanco. He soportado desde pequeñito al personal con ambiciones políticas ponerse lírico con la libertad de expresión y repetir una cita posiblemente apócrifa de Voltaire que Voltaire no pudo creerse nunca.

Y, de repente, llega el totalitarismo explícito en una de las democracias más avanzadas de Occidente y a nadie en las cancillerías occidentales se le pasa por la imaginación activar la ‘alerta antifascista’. Nuestros líderes no miran a la Canadá de Justin Trudeau, autoproclamado dictador, con preocupación, sino con cierta envidia. No ven nada censurable en que Italia haya prohibido a los mayores de 50 años ganarse la vida si no se administran un fármaco experimental contra una pandemia que ya no es tal.

Queda poco tiempo, si queda. Y aquí la gente se lanza a la calle, no contra el totalitarismo larvado y ruinoso, no contra la cuidada preparación de una sociedad de castas implacable, sino para jalear a un político, en un ‘fenómeno fan’ de alipori.

Ya tardan los bárbaros.