Ya no cuela

Los gritos de Shanghai. Por Carlos Esteban

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Creo que se lleva el premio a la mejor y más sucinta representación de todo lo que temo sea la meta del camino por el que avanzamos a pavorosa velocidad, un vídeo de poquísimos segundos: una inabarcable ciudad distópica de altísimos rascacielos idénticos, por la noche, en la que solo se oye el aullido aterrado de millones de gargantas.

Me refiero a Shanghai, una ciudad de 25 millones de habitantes (casi tres veces Hungría) que se ha convertido en el mayor campo de concentración del planeta. Gritan desde sus apartamentos de desesperación, de hambre, en un encierro tan absoluto que ni siquiera pueden salir a comprar alimentos o medicinas. Teóricamente, un voluntario por cada uno de esos gigantescos edificios puede bajar, enfundado en uno de esos trajes como de ciencia ficción, a recoger las bolsas que el gobierno deja en la calle a 25 grados y que hacen las delicias de los gatos callejeros. Por terrible que sea la nueva cepa del virus que hayan descubierto allá, dudo que pueda producir más daño que aquel al que se está sometiendo a la ciudad más poblada y dinámica de China.

Hace tiempo que dejé de seguir la línea del partido, de cualquier partido, y de renunciar a etiquetas ideológicas, pero si hoy se me preguntara sobre mis ideas políticas, sobre aquello por lo que creo que vale la pena luchar hasta el final, diría: evitar Shanghai 2022. A cualquier coste.