Ya no cuela

 Magia. Por Carlos Esteban

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No hace falta volver a la teología: basta con un tímido regreso a la biología.

Rectifico: es difícil que una sociedad mantenga indefinidamente su biología si no la apoya en una sólida teología compartida. Pero no todo el mundo está preparado para esa conversación.

Lo que sí resulta más fácil de entender es que la dogmática dominante de nuestro tiempo se apoya en la magia y en el máximo alejamiento del mundo natural.

La modernidad se asienta en el encantamiento, en el hechizo; en la creencia de que pronunciar determinado conjuro cambia por sí mismo la realidad.

El embarazo, por ejemplo. Todas las civilizaciones han sabido que los seres humanos no salen de debajo de las coles. Vienen del sexo, como la nutrición viene de comer. No hay -todavía, al menos- otra forma de hacernos. Pero oyendo hablar a muchos, leyendo lo que escriben, nadie diría que la relación es así de obvia, de lógica y universal; oyéndoles, se diría que la concepción es un rarísimo, casi sorprendente efecto secundario de la actividad sexual y no su consecuencia prevista.

Hablan del embarazo, en fin, como de una enfermedad. La mujer está aquejada de embarazo, poseída por un parásito que crece dentro de sí.

Es imposible que perviva por mucho una civilización que piensa instintivamente así sobre su propia génesis. El pensamiento mágico ha durado demasiado.