Ya no cuela

Monarquía.Por Carlos Esteban

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La tragedia del monárquico al uso en nuestros días es que mantiene una posición que no solo es perfectamente incomprensible para la ideología dominante (eso, en sí mismo, es una condición necesaria para acertar), sino sobre todo para cuanto partidario de la monarquía ha existido cuando la monarquía era la forma de Estado por defecto en la Cristiandad. Son guardianes de una tradición que nunca ha existido.

Personalmente soy monárquico, pero a la manera en que podían serlo, no sé, en el Siglo de Oro, en el modo en que podía ser monárquico Quevedo, como lo ha sido la mayor parte de la humanidad la mayor parte del tiempo, cuando la monarquía era una solución y no LA solución.

La ideología, un invento pseudorreligioso de ideación política, es siempre utópica y exhaustiva, y la monarquía real era el realismo al que se oponía. El gobierno de la ciudad del hombre no tiene solución, sino soluciones.

Pero el monárquico de hoy, malinterpretando el consejo paulino de hacerse todo para todos, ha convertido lo suyo en un remedo de la ideología a la que se opone, pariendo así un engendro que no participa del pensamiento de hoy ni del de ayer.

El monárquico de ayer no adoraba al rey. Nunca se le hubiera ocurrido, en una Europa cristiana, adorar otra cosa que a Dios, como no se le hubiese ocurrido que su lealtad precisara la ceguera de no ver que un mal rey es un mal rey.

Es comprensible que, en un entorno ideológico hostil a la institución, el monárquico defienda a la persona hasta en lo indefendible. Comprensible, pero fatal, porque esa postura, además de alejarle de cuantos leales a la Corona han sido, les hace parejos a quienes más desprecian, a esos que recurren a retóricas retorcidas hasta lo imposible para justificar cualquier medida del líder de partido.