PUBLICIDAD
ENTRE HOMBRE Y MONSTRUO

Bill Gates, ¿ángel o demonio? Por Antonio Martínez Belchí 

|

1-“El mayor filántropo del mundo” 

Juzgar a una persona siempre constituye un ejercicio arriesgado, cuando no directamente temerario. “No juzguéis y no seréis juzgados”, reza el mandato evangélico. Ahora bien: dejando a salvo el fondo del corazón del hombre -eso que, para un creyente, sólo puede conocer y juzgar Dios-, lo que claro que sí puede juzgarse es los actos, ideas y manifestaciones públicas de cualquiera de nosotros. Desde el más anónimo particular hasta el personaje más encumbrado. Hasta, pongamos por caso, alguien como Bill Gates. 

No hacen falta las presentaciones: Bill Gates, el cofundador de Microsoft y una de las personas más ricas y poderosas del mundo. Alguien que, sin embargo y a diferencia de otros multimillonarios, hasta que ha estallado la pandemia del coronavirus no disfrutaba -o tal es mi impresión- de un protagonismo excesivo en la esfera pública. Jeff Bezos, dueño de Amazon, era el magnate que amenazaba con quedarse con todo el comercio mundial. George Soros, el adalid de la Open Society y perejil de todas las salsas conspirativas al servicio del Nuevo Orden Mundial. Elon Musk, el visionario del Hyperloop o tren ultrarrápido y que también propone la futura “terraformación” de Marte para hacerlo habitable por el ser humano. Como vemos, cada multimillonario tiene su campo de acción y sus mitos preferidos. Ahora bien: ¿cuál era el campo de acción específico, la marca diferenciadora de Bill Gates? 

PUBLICIDAD

En principio, cualquiera de nosotros tendería a pensar que ese campo tendría que estar relacionado con el mundo de los ordenadores y la informática. Al fin y al cabo, ¿no es a eso a lo que se ha dedicado siempre el creador de Windows? También podríamos decir que representa el dinamismo emprendedor norteamericano, la constitutiva aspiración estadounidense a hacerse millonario: si Tom Hanks -el James Stewart de nuestros días- simboliza el mito del americano prototípico, con su fuerte carga de idealismo y sentido común, Bill Gates sería el genio informático que, alejado de cualquier introversión o inadaptación a lo Sheldon Cooper, o de la Hacker Republic de la Lisbeth Salander creada por Stieg Larsson, aúna ese talento informático con el espíritu empresarial para levantar uno de los mayores imperios tecnológicos del mundo. 

Como se ve, hasta ahora no hemos dicho nada negativo sobre su figura. Y, además, resulta que, para la opinión pública contemporánea, durante los últimos años el señor Gates había adquirido unas connotaciones francamente positivas, al estar considerado como “el mayor filántropo del mundo”. Es cierto que la filantropía, asociada a la mentalidad empresarial protestante, se encuentra en el ADN del millonario norteamericano: del Carnegie, del Ford, del Rockefeller. De manera que podemos pensar que ser filántropo en Estados Unidos no tiene tanto mérito, sobre todo si tenemos en cuenta los sustanciosos beneficios fiscales que las leyes norteamericanos conceden a la filantropía. Y, sin embargo, cuando Bill Gates y Warren Buffett, junto con algunos multimillonarios más, acordaron en 2009 destinar al menos el 50% de sus fortunas a actividades sociales y filantrópicas, saltaron a todos los grandes periódicos mundiales y recibieron un admirativo aplauso general. ¿No contradecía tal iniciativa la imagen tópica del plutócrata que, si se reúne discretamente 

con sus colegas, es para maquinar, para urdir algún tipo de contubernio financiero que incremente aún más su ya inmenso poder? 

De manera que, hasta hace unos meses, la imagen pública de Bill Gates (supongo que, además, cuidadosamente trabajada por consultorías y gabinetes de comunicación) era ampliamente positiva; todavía más, incluso, gracias a sus ideas progresistas y a su preocupación por cuestiones de gran actualidad, como el cambio climático. ¿Qué más se puede pedir a un multimillonario que, además, exhibe ese aspecto juvenil y sonriente que se asocia al mito de Kennedy y a la propia esencia norteamericana, tan ligada astrológicamente al juvenil signo de Géminis? 

Ahora bien: si todo esto es así -que lo es-, ¿cómo es posible que hoy, en medio de la pseudopandemia del Covid-19, Bill Gates se haya convertido en las redes sociales en poco menos que la encarnación paradigmática del Anticristo? ¿A qué vienen tantos memes de Gates con el bigotillo de Hitler y enarbolando la cruz gamada? ¿De qué manera, y por qué razones, se ha producido una tan radical transformación? 

PUBLICIDAD

2-Bill Gates, discípulo de Malthus 

Para entender este cambio tan brusco en su reputación, debemos referirnos en primer lugar al contenido de una charla TED que nuestro multimillonario filantrópico dio en febrero de 2010 en Long Beach (California), y que ha cobrado actualidad renovada en el contexto de la actual pandemia. Hablaba en ella acerca de uno de sus mayores preocupaciones: el cambio climático y el calentamiento global. En el vídeo que de esta charla circula por Youtube, aparece en una gran pantalla lo que podríamos calificar la “ecuación de Bill Gates”. ¿Qué es lo que produce las emisiones de dióxido de carbono? Una serie de factores -explica Gates sobre el escenario- que se multiplican entre sí. Uno de ellos es, evidentemente, el número de personas que viven en el mundo. Y entonces va el señor Gates y dice: “Llegará algún momento en el futuro en el que será necesario reducir alguno de estos factores a cero”. 

Reacción del público: entre los asistentes se levanta un murmullo de risas. No saben si es que Bill Gates ha querido hacer un chiste, gastar una broma. Porque lo que han entendido los asistentes es que, en algún momento del futuro, la población humana sobre la Tierra deberá tender a cero (digamos que reducirse drásticamente respecto al número de habitantes actual), con lo cual está claro que todos los problemas de contaminación planetaria quedarían resueltos definitivamente. Por supuesto, Gates no dijo tal cosa; pero sí pareció insinuar, o dar a entender entre líneas, que una población humana numéricamente creciente sólo podía agravar el problema, de manera que en buena lógica… Por supuesto, sería absurdo afirmar que, con esas palabras, Bill Gates quiso hacer apología de un genocidio humano planetario; pero, si interpretamos eso que dijo (y que provocó las tímidas risas del público al acercarse Gates con ellas al tópico del científico loco, tan explotado humorísticamente en la cultura popular) a la luz de otras manifestaciones públicas suyas, entonces todo va tomando, como se verá, un cariz más inquietante. 

Segundo vídeo de Bill Gates en Youtube: una charla TED de 2013 en la que explica sin ningún rebozo que, si se hace “un gran trabajo” en el tema de las vacunas, la asistencia sanitaria y la salud reproductiva, se podría reducir la población mundial en un 10 ó 15 %. 

Es decir, en más o menos setecientos o mil millones de personas. Lógicamente, uno se pregunta a través de qué “gran trabajo” podría lograrse tal cosa. Está claro que se quería referir, sin mencionarlos expresamente, a la generalización de los métodos anticonceptivos y el aborto en los países del Tercer Mundo, que son los que más crecen demográficamente; en cuanto a las vacunas, tal referencia resulta más difícil de comprender, porque se supone que las campañas de vacunación están para salvar vidas, y no se entiende bien de qué manera podrían contribuir a una reducción demográfica. A este tema volveremos en un punto posterior de nuestra exposición. 

De manera que el vídeo de Youtube del “10 ó 15%” también está ayudando a que ahora, en tiempos del Covid-19, la desconfianza hacia Bill Gates esté creciendo a pasos agigantados. Aunque, ¿no será en realidad todo esto una campaña de desprestigio lanzada contra Bill Gates en redes sociales, basándose en unos simples vídeos sacados de contexto? ¿Acaso no es verdad que ha donado miles de millones de dólares y que la Fundación Bill & Melinda Gates está a la vanguardia en cuanto a actividades filantrópicas y es la mayor contribuyente privada a la Organización Mundial de la Salud? ¿Acaso no tenemos múltiples ejemplos de lo fácil que es hoy en día, con unos simples vídeos sesgados y descontextualizados, dañar gravemente la reputación de una persona? 

PUBLICIDAD

Hablando de vídeos, sigamos con ellos aún un poco más: no porque sean decisivos, sino porque son ilustrativos -lo veremos enseguida- de cierto conjunto de ideas presentes en la mente de Bill Gates. Fijémonos, por ejemplo, en uno de 2015 en el que Gates asciende a la categoría del profeta, al vaticinar el riesgo, cada vez mayor, de una gran pandemia en el mundo. Como cuando Francis Fukuyama se adelantó a los acontecimientos pronosticando el derrumbe de la Unión Soviética y el “Fin de la Historia”, a la luz de lo que está ocurriendo en 2020 parecería que el señor Gates posee esa rara clarividencia que permite asomarse al futuro y pronosticar acontecimientos indivisables aún para el común de los mortales. Aunque, claro, también es posible una interpretación más desfavorable: que, si Bill Gates está tan preocupado por conseguir que se produzca -por motivos de conveniencia ecológica- una significativa reducción de la población mundial, tal vez no vea con malos ojos, al menos en privado, la llegada de una pandemia planetaria. Pero, al suponer tal cosa, ¿no estaremos siendo tremendamente injustos e interpretando sus pensamientos de una manera malintencionada? Podría ser, desde luego; pero, como veremos enseguida, puede que las cosas no estén tan claras. 

Y es que, por todo lo que sabemos sobre la visión del mundo de Bill Gates, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que se encuentra fuertemente influido por las ideas de Thomas Malthus (1766-1834), el profeta, en el siglo XIX, de una inminente catástrofe demográfica: ya que, según él, la población crece más rápidamente que los recursos. Progresión geométrica frente a progresión aritmética: con ello, está servido el desastre. Unas ideas que, como se sabe, tuvieron amplio eco en el siglo XIX (no en vano “proletariado” viene de “prole”: las clases menesterosas se reproducen a una velocidad asombrosa) y también en el siglo XX, como se aprecia, por ejemplo, en el propio padre de Bill Gates, William Henry Gates Sr., abogado y filántropo malthusiano que formó parte durante largos años del consejo directivo de Planned Parenthood (la más importante organización norteamericana impulsora del aborto y la planificación familiar) y ha sido el ideólogo de la Fundación Bill & Melinda Gates, muy centrada también, en consecuencia, en temas relacionados con el control demográfico. Como el propio Bill 

Gates reconocía en una entrevista televisiva de 2003, desde la infancia se vio influenciado por la intensa implicación de su padre en las actividades de control de la natalidad que estamos comentando. Según William Henry Gates Sr., los seres humanos son “reproductores insensatos” cuya actividad reproductiva debería ser regulada científicamente por una instancia tecnocrática superior. 

Por otra parte, tengamos en cuenta que, como se sabe, antes de caer en desgracia debido a las teorías nazis sobre higiene racial, la eugenesia fue durante décadas una disciplina ampliamente compartida en los círculos intelectuales de Occidente, donde la defendieron personalidades tan dispares como Nikola Tesla o Winston Churchill. De manera que, cuando en 1968 Peter Ehrlich publica su influyente libro La bomba demográfica, o cuando en 1972 el Club de Roma publica su conocido estudio Los límites del crecimiento, estaban utilizando como base ideológica un neomalthusianismo donde se escondían, además, ideas eugenésicas no declaradas, en la medida en que el control poblacional que preconizaban había de practicarse básicamente entre la población indígena de Latinoamérica, entre los pueblos negros de África y en el subcontinente indio y, en general, en todo el espacio asiático. Y recordemos también que en la década de 1990 Samuel P. Huntington, dentro de su teoría del choque de civilizaciones, recurría al argumento del crecimiento demográfico de la población árabe como causa de futuros conflictos. 

Llegados ya al siglo XXI, tales ideas, lejos de ir desapareciendo, se han reforzado al confluir con temas como el ecologismo, el cambio climático, el agotamiento de los recursos, el animalismo y el veganismo, y con eslóganes como el de There is no planet B. No pocos occidentales de nuestra época han empezado a pensar que traer más niños al mundo es un acto insolidario e irresponsable. Como se recordará, el príncipe Harry y Meghan Markle declararon en 2019 que no querían tener más de dos hijos “por el bien del planeta”. Son representativos de una mentalidad que no ha hecho sino avanzar en los últimos años. Bill Gates, a este respecto como también a otros muchos, lejos de defender teorías extravagantes, es en realidad un hijo de su época. 

Lo cierto, sin embargo, es que economistas, sociólogos y, sobre todo, los propios hechos han desmentido totalmente a Malthus. Peter Ehrlich se equivocaba de medio a medio en 1968. Conforme se desarrolla económicamente, la población tiende a moderar su crecimiento, hasta estabilizarse e incluso amenazar con decrecer, lo cual constituye un grave problema. De hecho, no pocos estudiosos anuncian un invierno demográfico mundial para dentro de pocas décadas (véase el libro de D. Bricker y J. Ibbitson El planeta vacío. El shock del declive de la población mundial). El malthusianismo se encuentra desacreditado como teoría científica, pero sigue siendo válido como posible argumento ideológico que apoye determinadas agendas políticas. Y es esto precisamente lo que hace la Fundación Gates. 

3-La Fundación Bill & Melinda Gates, organización neomalthusiana 

Cuando uno oye hablar de la Fundación Gates y de su trabajo contra la pobreza en el mundo en colaboración con Unicef y la Organización Mundial de la Salud, se imagina acciones como la apertura de escuelas en África, la concesión de becas de comedor y estudio, proyectos de promoción social de la mujer, acciones para garantizar el acceso a un agua potable en condiciones de seguridad sanitaria etc. etc. Sin embargo, lo que nunca 

nos esperaríamos es que el conglomerado que forman estas instituciones se haya dedicado -bien que discretamente- en más de una ocasión a unas actividades que, bajo su aspecto externo, en realidad escondían como intención no declarada contribuir al control demográfico de la población. 

Y es aquí donde recuperamos el tema de las vacunas y de “reducir la población un 10 ó un 15%”, como dijo Bill Gates en su famosa charla TED. Vamos a ver: una vacuna sirve para inmunizar frente a cierta enfermedad, pero no para controlar el incremento de la población. Entonces, ¿por qué el señor Gates incluyó las vacunas entre los medios adecuados para conseguir tal fin? Es algo que, en principio, parece no tener lógica. 

O a lo mejor sí la tiene. Porque resulta que, en más de una ocasión, tanto Unicef como la OMS (financiada generosamente por la Fundación Gates) han impulsado en diversos países del Tercer Mundo campañas de vacunación (por ejemplo, contra la polio o contra el tétanos) que eran, en realidad, campañas encubiertas de esterilización. Y no, no es una teoría conspirativa enloquecida. En diferentes momentos, se ha hecho en México, en Filipinas, en Nicaragua, en Nigeria, en Kenia. Pongamos un ejemplo que resultará, creemos, muy gráfico. 

En octubre de 2013, la OMS lanza en Kenia una campaña de vacunación contra el tétanos. Dados los precedentes habidos en otros países y en la propia Kenia años atrás, y ante la negativa del Ministerio de Salud keniano a analizar la vacuna antes de empezar a administrarla, los obispos católicos del país emiten una declaración oficial en la que piden a las mujeres en edad fértil que eviten la vacuna hasta que se puedan realizar las pruebas oportunas. Entonces, con gran riesgo por su parte, la Asociación de Médicos Católicos de Kenia consigue acceder a esas vacunas, las hace examinar y comprueba que contienen HCG. ¿Qué es el HCG? Es la gonadotropina coriónica humana, la hormona que produce la placenta de la mujer cuando se produce un embarazo (de hecho, es la hormona cuya presencia detectan los tests de embarazo). Y, ¿por qué hay esa gonadotropina en una vacuna para el tétanos? Porque, al venir asociada con el toxoide tetánico presente en la vacuna, los diseñadores de la vacuna desean que el cuerpo identifique esa hormona como un agente infeccioso externo y desarrolle anticuerpos contra ella. De manera que una mujer que completase el ciclo de vacunación, además de haber quedado vacunada contra el tétanos, habría desarrollado también anticuerpos contra la hormona del embarazo. Y así, cuando eventualmente un óvulo fecundado pretenda implantarse en la placenta y se secrete tal hormona, los anticuerpos ahora ya existentes actuarán y se producirá un aborto espontáneo, pero en realidad inducido artificialmente por la vacuna de la OMS. Y eso volverá a repetirse una vez y otra, dado que la infertilidad sobrevenida ya es de carácter permanente. 

Según todo lo que sabemos, esta forma de proceder concuerda con las ideas neomalthusianas de Bill Gates y explica por completo la sorprendente referencia del fundador de Microsoft a las vacunas en su charla TED como medio para reducir la población. Supongo que, si tuvieran que explicarse al respecto, tanto Gates como la propia OMS alegarían que “el fin justifica los medios” y que “lo hacían por el bien de esas mujeres”, que “les estaban haciendo un favor” al liberarlas de la pesada carga de repetidos embarazos y de una prole muy numerosa (o de cualquier prole en absoluto, ya que también se administraba a niñas de 14 años). Sin embargo, a nadie se le escapa que utilizar 

encubiertamente la vacuna del tétanos para introducir un agente que produce esterilidad permanente en las mujeres fértiles constituye un acto éticamente inadmisible y que nunca toleraríamos en un país occidental. 

Se comprende que, dados tales antecedentes de la OMS -en la que Bill Gates ejerce una influencia decisiva- y sus repetidas declaraciones acerca de la necesidad de reducir la población y de las vacunas como uno de los medios para conseguirlo, se desconfíe cuando el señor Gates dice que tendrá una vacuna contra el Covid-19 “dentro de un año”. Corren por las redes sociales memes de Bill Gates con bata blanca, sonrisa malévola y aguja en ristre diciendo que “ya tiene la vacuna”. ¡A ver quién es el guapo que se la pone tranquilo! Aunque tal vez se piense que esas cosas tan poco respetuosas suceden en África, pero no en el mundo desarrollado. Ahora bien: más allá del aspecto humorístico de la cuestión – esos memes son geniales-, el ejemplo de Kenia que hemos puesto es indicativo de toda una manera de proceder: engañar al pueblo desde las altas instancias del poder…, pero al fin y al cabo “por su bien”. ¿Quién nos dice que nosotros no seremos las próximas víctimas? Tal vez no de la HCG, pero sí de algún tipo de nanotecnología o alteración genética. E incluso si tampoco esto acabase ocurriendo y la futura vacuna -más o menos eficaz- no viniese con segundas intenciones biológicas, se nos podría estar manipulando de otro modo: por ejemplo, con esa vacuna como excusa perfecta para implantarnos después un dispositivo cutáneo o subcutáneo de certificación digital. Ya sé que decir esto suena a guion de película de Hollywood, pero, ¿no es acaso también de película todo lo que está sucediendo con el tema del coronavirus? ¿Lo habríamos considerado posible si un vidente con dotes precognitivas nos lo hubiese profetizado el año pasado para apenas unos meses después? 

Y no es sólo todo lo anterior. La Fundación Bill & Melinda Gates hace también otro tipo de cosas extrañas. Por ejemplo, comprar en 2010 500.000 participaciones de Monsanto – el gigante de la agricultura corporativa- por 23 millones de dólares e impulsar desde hace años la introducción de cultivos transgénicos y OMG (organismos modificados genéticamente) en África a través del programa AGRA (Alianza para una Revolución Verde en África), al frente del cual puso en 2006 a Robert Horsch, que había sido ejecutivo de Monsanto durante veinticinco años. Que la Fundación Gates haya tenido vínculos tan significativos con una empresa de tan pésima fama como Monsanto da mucho que pensar sobre la auténtica agenda de la Fundación del “mayor filántropo del mundo”. 

Con lo anterior no pretendemos dar a entender que Bill Gates sea un monstruo. Simplemente, es un millonario neomalthusiano que piensa que nuestro planeta estaría mucho mejor con bastantes menos millones de personas viviendo en él (en lo cual coinciden muchos de nuestros contemporáneos) y que los humanos nos tenemos que ir acostumbrando a una presencia cada vez más invasiva y omnipresente de la tecnología en nuestras vidas (la mayoría de la población da por descontado este futuro ultratecnológico que nos espera y también aquí se nos dirá que ello va a redundar “en nuestro beneficio”). Todo lo cual no producirá seguramente un futuro ni más humano ni más feliz, pero, ¿quién ha dicho que el factor humano tenga que seguir siendo decisivo y central en el desarrollo futuro de nuestra civilización? 

4-“Bill Gates hackeado” y los secretos de Wuhan 

A finales de abril de 2020, The Washington Post daba la noticia de que los ordenadores de la Fundación Gates, la OMS y el Instituto de Virología de Wuhan habían sido objeto de un ataque informático anónimo a resultas del cual miles de cuentas de correo habían quedado al descubierto y la correspondiente información quedaba subida a foros como 4chan. Bajo el excitante hashtag “#GatesHacked”, podíamos leer, entre otros muchos, un increíble relato de cómo se liberó el coronavirus origen de la actual pandemia. De dar crédito al contenido de ese correo, cierta doctora de nombre Shi Zhengli habría llevado dentro de una maleta un trozo de hielo seco infectado con el coronavirus y lo habría colocado en una salida de aire del célebre mercado, dando origen así a su propagación por la ciudad, punto de arranque -en principio, pues también este punto se debate- de una pandemia o pseudopandemia que tendría un alcance global. Y un detalle, tal vez significativo, relacionado con las fechas. El archivo que supuestamente revela cómo se liberó el coronavirus en Wuhan está fechado el 19 de octubre de 2019, justo un día después de la realización del Evento 201 en Nueva York. 

Personalmente, yo no me atrevería a afirmar de manera categórica que “Bill Gates y la OMS han creado el coronavirus”. En mi opinión, y dado que descarto -por las razones que expuse en un artículo anterior- que se trate de un virus surgido al azar en la Naturaleza, el Covid-19 ha sido una creación grupal de lo que podemos llamar la “Élite globalista”, dentro de la cual me parece indudable que se encuentra Bill Gates. Ahora bien: el reparto interno de responsabilidades y funciones dentro de esa Élite mundial es algo que se me escapa. Sería muy fácil elegir a Bill Gates como blanco de todos los ataques, como muñeco de vudú al que clavar todos los alfileres; pero no sé si sería muy justo ni muy efectivo. 

Dicho esto, añado a continuación que los hechos objetivos parecen avalar la afirmación de que el fundador de Microsoft está profundamente comprometido en el plan que la Élite ha diseñado para el mundo. El patrocinio y la activa participación de la Fundación Gates en el Evento 201 del 18 de octubre de 2019 en Nueva York constituye una buena muestra de tal compromiso. Bien es cierto que el coronavirus Covid-19 apenas puede satisfacer los deseos de reducción demográfica largamente abrigados por el protagonista del presente ensayo; pero no olvidemos que el Covid-19 sólo significa el primer paso, dentro de la recién iniciada década de 2020, en una estrategia de largo alcance. De hecho, algún sagaz analista ha hecho notar que el nombre del Evento del 18 de octubre no debe leerse “201”, sino “20/1”, al modo anglosajón, indicando así “enero de 2020” (un indicio más a favor de que se trataba de un ensayo general de la inminente pandemia, y no de un ejercicio puramente teórico). Da la sensación de que la Élite globalista considera la década de 2020 como un punto de inflexión decisivo en la historia del mundo. De 2020 a 2030 deben llevarse a cabo todos los grandes cambios que tienen planeados. Mucho me temo que, para Bill Gates y sus colegas, la Agenda 2030 de la ONU marca, con esa fecha, el punto final de lo que esperan que sea su “década prodigiosa”. Mucho me temo también que, para la propia ONU, tal Agenda no despierte más esperanzas reales que los rimbombantes “8 Objetivos del Milenio”, que cumplieron su ciclo en 2015 y que no han cambiado en el mundo nada sustancial. Mucho me temo también que entre el alto funcionariado y el mandarinato de Naciones Unidas haya más de una connivencia apenas disimulada con la estrategia y los objetivos de los globalistas. 

Luego está, también, la Patente 2020/060606 de Microsoft ante la Organización de la Propiedad Intelectual de Naciones Unidas, de la que ya nos hemos ocupado en un artículo anterior, y seguramente más cosas que todavía no sabemos. Así que no, Bill Gates no es ningún angelito; pero de momento no me atrevo tampoco a decir -y sería lo más fácil- que sea un demonio. Permanezco alerta para terminar de afinar mi juicio sobre sus intenciones. ¿Simple sujeto de ideas equivocadas y potencialmente muy dañinas, pero sin una auténtica maldad estructural de fondo, o bien lúcido villano luciferino, plenamente consciente de las consecuencias últimas del plan en curso y del precio a pagar por realizarlo? ¿Un verdadero “pecador contra la luz”, como el Stavroguine de Dostoievski? Muchos querrían entrar en ese tipo de acusaciones. Yo, por mi parte, sin pruebas suficientes para llegar tan lejos, me abstengo de tal temeridad. Hasta que encuentre algún motivo, si es que lo encuentro, para cambiar de opinión. 

5-Bill Gates como Thanos del siglo XXI 

No querría concluir las presentes consideraciones sin referirme, siquiera brevemente, al aspecto “mitológico” de la figura de Bill Gates. Y es que, con su rapidez habitual, desde hace algunas semanas las redes sociales han decidido identificarlo con Thanos, el popular personaje del universo cinematográfico de Marvel. La razón de tal asociación resulta clara. Thanos, cuyo nombre está inspirado en el griego thánatos, “muerte”, es un titán que busca apoderarse de las Gemas del Infinito, pues las necesita para engastarlas en su guantelete y, una vez reunidas todas, poder chasquear sus dedos para, con ese sencillo gesto, hacer desaparecer al instante la mitad de los seres vivos del universo. En particular, la mitad de todos los seres humanos, y también de todos los habitantes de otros reinos galácticos y planetas. Ahora bien: lejos de querer hacer tal cosa por una sed ciega de venganza, o movido por un puro impulso de malignidad, su justificación es, digamos, de tipo metafísico. El universo ha perdido su equilibrio originario, ha crecido más allá de sus debidos límites, los seres que lo pueblan han proliferado sin control. El titán Thanos se siente investido de una alta misión que inexorablemente ha de cumplir. No le anima el odio ni la ira, sino la imperiosidad de un deber filosófico objetivo. El universo necesita una sangría purificadora. La mitad de todos los seres deben morir. La otra mitad sobrevivirá para que pueda restablecerse la correlación prístina de todas las cosas, ese peso debido de todo lo que existe que devuelva al universo a la exactitud de medidas que poseía cuando surgió. 

Salvando las correspondientes distancias, yo diría que en el neomalthusianismo de Bill Gates y de buena parte de los globalistas actuales existe una idea parecida a la de Thanos. Filosóficamente interesante, aunque monstruosa si se la intenta llevar a la práctica. Y es que, según nos cuenta Esteban Cabal en su libro Gobierno Mundial (Mandala Ediciones, 2012), el número ideal de habitantes que la Élite ha establecido para nuestro planeta es de 2.000 millones, de manera que haría falta una reducción de más de 5.000 millones respecto a la cifra actual. Parece evidente que sólo a través de una guerra nuclear generalizada podría lograrse esa drástica reducción. 

Precisamente esto, una guerra nuclear, es lo que quiere provocar el personaje de Kurt Hendricks en el aclamado film Misión Imposible: Protocolo Fantasma (2011), una de las cumbres del cine de acción de los últimos años. En él, Hendricks es un estratega nuclear y profesor de Física en la Universidad de Estocolmo que piensa que, cada dos o tres  millones de años, una catástrofe natural devasta toda la vida sobre la Tierra: un cataclismo que cumple una función positiva, ya que impulsa el siguiente paso en la evolución de la vida, y que ahora también debe producirse para impulsar la evolución humana hacia un grado más elevado de belleza y perfección. Sin embargo, Hendricks no se sienta a esperar que, por ejemplo, caiga un meteorito del tamaño justo para ser a la vez destructor y purificador. Él mismo cita el caso de Hiroshima y Nagasaki: dos ciudades arrasadas por el fuego atómico, pero reconstruidas después a partir de sus cenizas y dedicadas desde entonces al concepto de la paz. Así que, pasado a Rusia, actúa en la sombra con el propósito de iniciar una guerra nuclear planetaria. Una guerra catastrófica que, sin embargo, cumplirá una función necesaria dentro del inexorable orden del mundo. 

Mucho nos tememos que tales ideas disten de ser simplemente parte del guion de una película. Podemos apostar a que, con un tipo de justificación teórica u otra -por ejemplo, una similar a la que esgrime Kurt Hendricks-, entre los globalistas hay más de uno que defiende la necesidad de una gran catástrofe planetaria. Tal vez cuenten con que ya estamos ante la perspectiva de un conflicto inevitable entre Estados Unidos y China y mediten cómo jugar sus piezas para que una eventual guerra termine favoreciendo sus intereses, los de la Élite oculta. Para que se produzca el cambio que desean. Para iniciar la Nueva Era que han proyectado inaugurar. 

Los partidarios de la Gran Catástrofe suelen imaginar que, tras ésta, surge un Nuevo Amanecer. En el caso de Thanos, una vez cumplida su misión, se retira a un lejano planeta, llamado “El Jardín”, y vive allí en completa soledad, como un humilde agricultor ermitaño. Mientras, en la Tierra ya han pasado cinco años desde la traumática desaparición de la mitad de todos los seres y lo que se respira es sólo tristeza y desolación. Lejos de producirse una regeneración vivificante, una invencible melancolía reina por doquier. La existencia prosigue, pero sólo por inercia; no por ese constitutivo impulso hacia delante que surge naturalmente del interior del espíritu humano. Que surge cuando aún se conserva la fe en la vida y en que las cosas pueden llegar a ser como deberían ser. 

No sé cómo se imagina Bill Gates ese futuro con un 10 o un 15% menos de población que desea; o tal vez con una reducción aún mucho mayor, que él y sus compañeros globalistas consideren conveniente. No debido a un odio específico contra la humanidad, sino basándose en el análisis aséptico del gran ejecutivo que determina que, con la automatización, la robotización y la Inteligencia Artificial, sobra un montón de personal en la empresa y se impone proceder a despidos masivos. Tal vez piensan que en la empresa “Planeta Tierra S. A.” ya no hacen falta tantos trabajadores. Mantener a millones y millones subsidiados con una renta mínima de subsistencia por tiempo indefinido, y controlar su rabia y su frustración, va a resultar caro y engorroso. Así que tal vez haya que adoptar respecto a esas masas sobrantes una determinación mucho más drástica y radical. 

6-Conclusión: Bill Gates, entre hombre y monstruo 

No sé tampoco -¡tantas cosas no sé!- hasta qué punto este tipo de ideas rondan por la cabeza de Bill Gates, globalista evidente, neomalthusiano confeso, entusiasta de la digitalización del mundo, pero no sabría decir si también mente absolutamente perversa y criminal. Como decía al principio de las presentes líneas, desde un punto de vista creyente el fondo de un corazón humano sólo lo puede juzgar Dios. A los hombres sólo nos compete el juicio sobre los actos y las intenciones, en la medida en que éstas últimas puedan conocerse. Los actos del mayor filántropo del mundo, una vez examinados bajo una luz crítica, presentan un aspecto inquietante. Pero “inquietante” todavía no significa “criminal”. 

Aun así, claro, tenemos lo del 10 ó el 15%, lo del Evento 201, lo de la patente 060606, lo de una Fundación Gates que parece mucho más dedicada a una agenda malthusiana y corporativa que a impulsar el desarrollo y mejorar realmente la situación de los seres humanos en los países más pobres del mundo; incluso lo del Windows de Microsoft como sistema operativo cuasi-monopolístico frente al software libre de Linux, basado en un modelo ético completamente distinto. Todo esto no puede ignorarse. Y, sin embargo, todavía diría que, en último término, Bill Gates aún merece el beneficio de la duda. No porque sienta ningún resquicio de simpatía hacia su figura -que no lo siento-, sino por lo difícil que es juzgar el fondo del corazón de un hombre. ¿Cómo juzgar, por ejemplo, al Walter White de Breaking Bad, al profesor de Química de instituto convertido en narcotraficante y al final hasta en asesino? ¿Quién se atrevería a asegurar lo que hay en el fondo de su corazón? Pues así pasa con todos los hombres, Bill Gates incluido: que existen en ellos honduras abismales imposibles de sondear. 

William Henry Gates III, popularmente conocido como Bill Gates. En su infancia, seguro que un niño nacido para ser una persona maravillosa. Por esos avatares de la vida, hoy convertido en uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo. En la frontera entre el hombre y el monstruo, entre la luz y las tinieblas. En esa frontera paradójica donde todos los humanos estamos obligados a vivir. 

William Henry Gates III, popularmente conocido como Bill Gates. Un hombre que puede hacer que su vida merezca la pena o que puede desperdiciarla y aun echarla a perder. Como todos nosotros. También -tengámoslo por seguro- como usted y como yo.