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'EL MAYOR CRIMEN POLÍTICO'

¿Del ‘Watergate’ al ‘Obamagate’? Una distinta vara de medir

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No hace falta recordar que el Watergate fue un escándalo que sacudió la política norteamericana, expulsó a Nixon de la presidencia y preparó, tras la mediocre presidencia de Gerald Ford, la llegada al poder de Jimmy Carter (bajo cuyo desastroso mandato, por ejemplo, occidente volvió la espalda a la China no comunista de Taiwán, que fue expulsada de la ONU y sustituida por la China de Mao). El Watergate fue una mezcla de asalto con robo de documentos al partido demócrata y espionaje a rivales políticos organizado por el Presidente Nixon, pero en el que estaban involucradas personas de las principales oficinas de inteligencia del gigante norteamericano, la CIA y el FBI.

El Watergate fue mucho más que un terremoto político, porque sus consecuencias terminaron alterando las relaciones de poder, no solo en EE.UU, sino también (como ha quedado dicho) en el concierto internacional con la llegada de la China comunista a todos los organismos internacionales. Es Jimmy Carter quien operó ese giro, que hoy se pasa por alto.

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Toda la prensa, nacional e internacional, condenó aquel espionaje de Nixon a los demócratas. Nixon pasó al ostracismo y tuvo que llegar Reagan para que los republicanos recuperaran el poder y EE.UU. (con el Reino Unido y Juan Pablo II) terminaran con el Telón de Acero y el Bloque del Este.

Estos días los medios norteamericanos informan de la resurrección del un viejo asunto: el Obamagate. Como su nombre indica, afectaría al ídolo de los progresistas de la globalización, de los acuerdos nucleares con Irán, de las políticas de género y del poder de las minorías. Estos días la prensa norteamericana ha publicado una serie de mensajes que resucitan el caso.

Los medio demócratas y afines al progresismo globalista, como Wikipedia, hablan, sin embargo. de teoría conspiranoica. Veamos los hechos.

Lo que sostiene el Presidente Trump –y hoy avalarían las nuevas pruebas aparecidas- es que el escándalo Russiagate (del que Trump fue exonerado en abril de 2019) fue, en realidad, una persecución política del nuevo inquilino de la Casa Blanca orquestada por su predecesor Barack Obama y el “estado profundo” o administración paralela que los demócratas habrían constituido en el seno de las instituciones norteamericanas con la finalidad de desestabilizar al nuevo presidente. El caso tiene implicaciones, nuevamente, para la CIA y el FBI, y de prosperar su investigación, será un quebradero de cabeza para el candidato Joe Biden, a la sazón número 2 de Obama y presunto co-organizador de la trama. Para Trump, es “el mayor crimen político en la historia del país”.

El asunto ha resucitado porque el Fiscal General de los Estados Unidos, el prestigioso William Barr, acaba de retirar los cargos contra el general Michael Flynn, primer Asesor de Seguridad Nacional del Presidente Trump y previamente Director de la Agencia para la Inteligencia de Defensa con Barack Obama.

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Flynn reconoció, tras pactar con el FBI, haber mentido a los investigadores del FBI sobre sus conversaciones con el embajador ruso en Washington, en diciembre de 2016. Dicho reconocimiento tuvo como consecuencia, al mes de haber jurado el cargo, su fulminante cese como asesor de Donald Trump. A mediados de 2019, el caso Flynn dio un giro de 180 grados. Revocó su acuerdo y desmintió su declaración de culpabilidad. Lo que ahora hace el Fiscal General de los EE.UU., un jurista enormemente respetado en ese país, es señalar que la declaración auto inculpatoria del general Flynn se realizó en el marco de una investigación inconsistente y sin legitimidad alguna y en consecuencia sus declaraciones son irrelevantes.

No solo eso: como señala el semanario National Review, existen nuevos elementos nuevos de la trama “Obamagate” que apuntan a que la administración del presidente demócrata habría creado un ‘Estado profundo” para operar en paralelo y que, tras su salida de la Presidencia, ha seguido operando a la sombra para desestabilizar la Presidencia de Trump. Uno de sus primeros trabajos habría sido el citado Russiagate.

Al parecer, nunca Moscú apoyó al candidato Trump a alcanzar la presidencia. No habría tenido ningún sentido político porque si algo representaban Trump y su entorno era la tradicional política norteamericana de enfrentamiento con Rusia.
La empresa de ciberseguridad CrowdStrike, que acusó a Rusia de ‘hackear’ correos electrónicos y servidores del Partido Demócrata, ha reconocido no haber tenido nunca prueba alguna de los hipotéticos vínculos de Trump con Rusia.
Según National Review, la confesión de Flynn fue provocada por la presión de personas del FBI con la finalidad de que pudiera proseguir políticamente la investigación de la trama rusa. “Ahora sabemos que, a pesar de la escasez de pruebas, el FBI engañó a Michael Flynn para que se declarara culpable para que pudiera continuar la investigación” y con ella el escándalo y el desprestigio de Trump.

El National Rewiew relaciona dicho “Estado profundo” con las acusaciones que en su momento recibió la Administración Obama de haber realizado espionaje en el Senado y a medios de comunicación. Todo en la mejor tradición del Watergate. Dice la National Rewiew que “en 2016, la comunidad de inteligencia de la administración Obama había normalizado el espionaje doméstico. El director de inteligencia nacional de Obama, James Clapper, mintió sobre el espionaje al Congreso. Su director de la CIA, John Brennan, supervisó una agencia que espiaba al Senado. Su procurador general, Eric Holder, invocó la Ley de Espionaje para espiar a un periodista de Fox News. El gobierno de Obama también espió a los periodistas de Associated Press, que la organización de noticias llamó una “intrusión masiva y sin precedentes”. Y aunque hace mucho tiempo que se olvida, los funcionarios de Obama fueron sorprendidos monitoreando las conversaciones de miembros del Congreso que se opusieron al acuerdo nuclear con Irán.
El semanario norteamericano recuerda que la investigación sobre la supuesta trama rusa se inició horas antes de que el presidente Obama tuviera que abandonar la Casa Blanca, con una reunión entre la asesora de Seguridad Nacional, Susan Rice, el director del FBI, James Comey, el propio presidente Obama y el vicepresidente, y actual candidato demócrata, Joe Biden.

Dice el National Review que el Russiagate habría sido una investigación preparada por esa Administración Paralela, montada por la oposición demócrata con documentación falsa, repleta de datos erróneos y pruebas deliberadamente fabricadas.

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Esta semana, el Comité Judicial del Senado iniciará una investigación acerca de los orígenes de la trama rusa.
El Obamagate pudiera convertirse en la segunda parte del Russiagate y en digno sucesor del Watergate.
Lo que parece, sin embargo, dudoso es que la prensa progresista mundial y los canales propios del globalismo de la izquierda den el mismo tratamiento y trascendencia política al Obamagate -si es que termina demostrándose- que al Watergate. Indudablemente, hay dos varas de medir.