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EN TODO CAMBIO HAY VENCEDORES Y VENCIDOS

El clima y el hombre (II). Por Ángel de Goya

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Por Ángel de Goya Castroverde. Autor del ensayo científico sobre Filosofía de la Historia, en dos volúmenes: ‘Ahogarse al borde de la orilla’ (Ed. Catarata 2013) y ‘En el abismo del progreso’ (Ed. Catarata 2015).

El clima influye en la Historia, a veces de un modo tan decisivo en la  en la propia historia de la Humanidad como el que dejó a ésta en el mismo filo de su extinción. La llamada “Catástrofe de Toba”. Hace 70.000 años un volcán en Indonesia, en Toba,  estalló.  Tenía una potencia destructiva tres mil veces superior que la del Monte Santa Helena en 1980 y tardó siglos en diluirse su efecto. Durante siglos disminuyó 5ºC la temperatura media del planeta, pero al principio probablemente mucho más, quizá varias decenas de grados. Apenas quedaron unas pocas decenas o cientos de homo sapiens supervivientes. Lo corroboran los estudios de ADN, que muestran que si la “Eva mitocrondial”, la hembra portadora de cromosoma X de la que descendemos todos, tiene 150.000 años, y quizá más de 200.000; la mayoría de los “Adán mitocondrial”, unos pocos machos portadores del cromosoma Y del que descendemos todos, convergen hace sólo 70.000 años. De los machos sobrevivientes a la catástrofe, apenas unas pocas decenas, apenas quizá alguna centena, lograron transmitir sus genes a través de los siglos y fecundaron a unas no muchas más decenas de mujeres. Nunca estuvo más cerca nuestra especie de la extinción que en ese momento. Si esas pocas decenas de machos hubieran  muerto de frío, hambre o enfermedades, el homo sapiens se hubiera extinguido. Nosotros no estaríamos aquí. El hombre moderno ya se había trasladado más allá de África. Todos perecieron salvo unos pocos en África Oriental. Más de la mitad de tiempo de nuestra existencia sobre el planeta se diluyó por un acontecimiento climático. Hubo que empezar de cero, salir de África en plena glaciación Würm y crear nuevas ventajas comparativas que nos permitiesen prosperar (posiblemente el lenguaje). 35.000 años después inventamos el arco y la flecha, acabamos con el último de nuestros primos Neandertales, y nos convertimos en la única especie homínida superviviente en el planeta.

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Pero junto a éste suceso, existen muchos otros, descubiertos todos muy recientemente, que llevan a un enfoque nuevo de la Historia. La Paleoclimática es una ciencia realmente muy nueva. Y su estudio lleva a conclusiones muy curiosas que hacen resaltar la pequeñez del género humano. El planeta impone sus condiciones al ser humano y a sus organizaciones sociopolíticas, y estos pueden o no adaptarse. Cíclicamente aparecen periodos críticos desde el punto de vista climático, y esos periodos pueden o provocar el fin de un Imperio o servir de catalizador para lograr dar un salto cualitativo, gracias a una adaptación tecnológica, precisamente porque las nuevas circunstancias adversas lo hacen imprescindible. Y de ese salto cualitativo surge el progreso humano. Progreso que continúa desenvolviéndose en la sociedad concreta  cuando ceden esas circunstancias adversas. En el fondo, la vida del hombre en la tierra consiste en la rentabilización de la energía que se destina a una organización sociopolítica, la que obtiene o no su reválida en los periodos de crisis. Y, o la organización sociopolítica rentabiliza su existencia retroalimentando a la sociedad mediante un cambio tecnológico que la permita sobrevivir, o muere. La historia no es un cuento contado por un idiota, es simplemente un proceso de rentabilización energética, de adaptación o no adaptación a un nuevo entorno durante los momentos críticos. Un proceso que da la oportunidad de producir un salto que permita burlar la irreversibilidad de la Segunda Ley de la Termodinámica. O que simplemente testifica que no se logró esa adaptación, a través del silencio característico de la paz de los cementerios. De unos cementerios que están llenos de civilizaciones que no supieron adaptarse a un nuevo entorno.

Este es un enfoque que es cada vez más imprescindible generalizar en el estudio histórico. Porque las nuevas técnicas en el campo de la Paleoclimatología permiten averiguar muchas cosas que hace muy pocas décadas se desconocían. Se tienen muestras de núcleos de hielo desde hace 180.000 años en Groenlandia y de 420.000 en la Antártida que permiten analizar los incrementos o disminuciones de la concentración de dióxido de carbono y de metano durante las glaciaciones o los periodos de calentamiento. La polenología, el estudio de los restos de pólenes de tiempos pasados, que comenzó el sueco Lennart von Post a inicios del siglo XX, muestra la evolución de la vegetación en un área determinada y da, por tanto, una visión muy aproximada de la evolución del clima. No es lo mismo que en una determinada época en un mismo lugar geográfico haya encinas, robles o coníferas de taiga.  Y los mismos datos se pueden corroborar mediante el estudio de los restos animales y de los anillos de los troncos de los árboles. O a través del estudio de los microorganismos propios de climas más cálidos o más fríos que existen en las diferentes capas de los sedimentos marinos. Todas esas técnicas proporcionan numerosos datos sobre la evolución del clima en una zona determinada en un tiempo concreto.

Así hoy se sabe que el comienzo del fin de la glaciación Würm se manifiestó con un lento declive en su virulencia a partir del año 20.000 AC, para acelerarse el calentamiento a partir del año 13.000 AC. En julio en Inglaterra, por ejemplo, las temperaturas medias fluctuaron entre los 10ºC en el año 13.000 AC, a los 20º C en el año 12.500 AC. Pero el rápido deshielo a veces produjo marchas atrás en el calentamiento y, a su vez , por el contrario, retrocedió hasta los 14º C de media británica en julio en el 11.000 AC. Estas marchas atrás, al menos si se centra el estudio en Europa, pudieron ser causadas por interrupciones en la Corriente del Golfo. Esto ocurrió varias veces durante los milenios de transición entre la glaciación y el actual periodo templado, son los Fenómenos Heinrich, Viejo Dryas o Joven Dryas, que produjeron la paralización de la Corriente del Golfo durante esos periodos. Aunque todavía no se logre exactamente saber toda su extensión y comprender el mecanismo completo que lo gobierna más allá de unos meros rudimentos.

En 15.000 AC, ya se produjo una breve parada de la Corriente del Golfo, que devolvió a Europa a un periodo glacial del que apenas se estaba empezando a salir. La Corriente volvió a funcionar unos siglos después para, en el 12.100 AC, volver a pararse. Fenómeno conocido por los paleoclimatólogos como el Viejo Dryas, el cual tuvo una duración de cien o ciento cincuenta años. Y en el 10.800 AC se produjo una tercera parada, el Joven Dryas, la más importante de todas, que duró 1.300 años. Sin embargo el proceso a largo plazo era imparable. Habría periodos de avance y retroceso, pero el fin de la glaciación era un hecho. La tundra retrocedió y, a partir del año 12.000 (al final del Viejo Dryas), se generalizó en el Norte de Eurasia el bosque de abedules. Símbolo de un clima más benigno.

Pero hay algo que hay que tener en cuenta en cualquier momento de cambio climático. Un clima más benigno no es algo necesariamente bueno. Como un clima mucho más duro, no es a la larga algo necesariamente malo. En todo cambio, brusco o gradual, siempre hay vencedores y vencidos. Con el fin de la glaciación, en Eurasia y Norteamérica, los grandes mamíferos, como el mamut, el rinoceronte peludo o los ciervos gigantes desaparecieron, quizá por su falta de adaptación al nuevo medio. Pero más probablemente por la sobrepoblación de homo sapiens  que, tras la mejora del clima, y gracias a sus nuevas tecnologías de caza, los exterminaron. Pero el éxito tecnológico, el arco y la flecha, produjo un efecto boomerang contra aquellos hombres que usaron la tecnología de un modo inconsciente. Nuestros antepasados, en unas pocas generaciones, arruinaron sus fuentes de proteínas tradicionales de grandes piezas de caza en Eurasia y Norteamérica (como ya habían hecho los australianos 20.000 años antes cuando arribaron allí). La caza, tras la extinción masiva, hubo de concentrarse en pequeñas presas, mucho más difíciles de cobrar, y con una rentabilidad energética bastante menor que la de los grandes mamíferos. En un mundo nómada de cazadores-recolectores totalmente dependiente del clima, la dieta carnívora disminuyó progresivamente y debió completarse con nueces, pequeñas frutas salvajes y semillas recolectadas. La sociedad paleolítica no supo adaptarse bien a la complejidad del nuevo mundo y no logró rentabilizar su complejidad en los primeros momentos de crisis. Se habla incluso de una notable disminución de la esperanza de vida, de treinta años en el Paleolítico Inferior a apenas veinte a comienzos del Neolítico.

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El cambio afectó a una Humanidad no preparada para los nuevos retos, con cada vez mayores dificultades para sobrevivir, y mucho menos resilente. El coste energético de la supervivencia era cada vez mayor para una limitada rentabilización de la energía invertida. Y la tenue línea que separa la muerte de la supervivencia se cruza con demasiada frecuencia cuando los factores externos empeoran. Lo que ocurrió cuando acaeció el fenómeno del  Joven Dryas. El calentamiento hizo que el lago glaciar Agassiz, en Norteamérica, se desaguara en lo que hoy sería el río San Lorenzo  en cuestión de semanas, alrededor del año 10.800 AC. La paralización de la Corriente del Golfo duró 1.300 años y volvió la tundra y el glaciar a Europa. La capacidad de resistencia de la especie rozó mínimos en las áreas menos favorecidas. 

En Próximo Oriente, aunque no sufriera glaciaciones, la ausencia de lluvia llevó a la desertización de grandes territorios de caza, lo que confinó a la raza humana a las cercanías de las fuentes de agua. Pero en esas zonas, a su vez, la caza de pequeños mamíferos disminuyó ante la cada vez mayor presión cazadora humana en los pocos lugares donde las especies tradicionales podían sobrevivir. Y la recolección también sufrió el mismo problema de sobreexplotación de las pocas nueces, semillas y frutas salvajes que podían crecer en los alrededores de esas cada vez menores  fuentes de agua. Resultado: en un lento proceso nació la agricultura a fin de lograr evitar la sobreexplotación de los recursos. Muy poco a poco, a lo largo de muchas generaciones, el recolector se vio obligado a ir plantando semillas para poder obtener un retorno mejor a la temporada siguiente. Y, con el paso del tiempo, fue seleccionando las mejores variedades que iban cada vez  distanciándose de su original silvestre. El centeno, el guisante, las lentejas, finalmente el trigo… Fue el comienzo de la agricultura. Como respuesta tecnológica a un modo de obtención de alimentos mesolítico que tenía un alto nivel de entropía, con una rentabilidad mínima y unas muy escasas tasas de rentabilidad energética. 

En esos periodos de sequía era la agricultura el único modo de supervivencia posible para el ser humano en los climas templados. Sólo cabía el salto tecnológico a un sistema más complejo o la vuelta a los climas tropicales propios de la especie ante lo inhóspito del clima para los cazadores-recolectores. El salto tecnológico que llevó a un sistema más complejo fue el que rentabilizó de un modo mucho más eficiente la energía invertida en la obtención de alimentos. Y, de un modo casi coetáneo a la agricultura se unió la ganadería. Al perro, ya domesticado, al parecer, por los cazadores paleolíticos, se añadieron pronto las cabras y las ovejas como fuente de proteínas, leche y abrigo…Se abandonó la banda nómada en busca de caza y se recondujeron los grupos humanos al modelo de la aldea de agricultores y ganaderos sedentarios. Probablemente la mayor revolución de la historia de la Humanidad.  Mayor que la del fuego, que la del arco y la flecha, que la escritura o incluso que la revolución industrial del último cuarto de milenio. 

 Y la causa de esa revolución fue única y exclusivamente  la adaptación al cambio climático. Y esa adaptación provocó un salto tecnológico que llevó a añadir un gradiente de complejidad en el nuevo sistema que hizo desaparecer la entropía y ausencia de resilencia del sistema anterior, una vez que se habían exterminado los grandes mamíferos. En el Ganges y el Indo; en el Yang-Tse; en Mesoamérica; en Asia Central e incluso en el altiplano etíope o las tierras altas de Nueva Guinea se mimetizó esa adaptación al medio, y se domesticaron diferentes especies vegetales y animales. Estas revoluciones se mostraron válidas para sobrevivir en tiempos difíciles, pero también para la expansión económica, social, cultural y pronto política en los tiempos de bonanza climatológica. Y no ocurrieron por el juego de ninguna ley determinista, ni por ninguna genialidad de un individuo concreto. Fue el cambio climático el que lo provocó, y sólo después, jugó su papel la ley que dice que la dificultad aguza el ingenio y la intuición del primer hombre que probó a plantar determinadas semillas y esperó su proceso de crecimiento para cosecharlas.

Existen acontecimientos cíclicos, que provocan a veces el hundimiento de una civilización y otras sirven como detonante y catalizador de un cambio tecnológico. Esto fue lo que pasó unos cuantos milenios después. Otro glaciar norteamericano, el Lago Laurentino se descongeló alrededor del año 6.200 AC. Y la circulación de la Corriente del Golfo se paralizó de nuevo durante 400 años. Los hielos avanzaron en Europa Occidental y la sequía volvió a extenderse a Oriente Próximo. Y, sin embargo, pese a la dureza de los tiempos, se produjo un  fenómeno histórico. La primera urbanización en ciudades en los pocos lugares húmedos de Eurasia que sobrevivieron: el curso bajo del Éufrates y del Tigris, con la creación de la ciudad de Ur; con los primeros asentamientos urbanos en la ribera del Nilo y en las orillas de lo que hoy es el Mar Negro (entonces un lago separado del Mediterráneo con una menor extensión). Fue una adaptación al medio hostil positiva, ya que en todos esos lugares las pequeñas aldeas neolíticas se tuvieron que agrupar en esas primeras ciudades a fin de optimizar el aprovechamiento de los pocos lugares donde se acumulaba el agua.

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 En 5.800 AC se reinició la circulación de la Corriente del Golfo, Europa Occidental se desheló y Próximo Oriente recuperó la normalidad pluviométrica. Los bosques se volvieron a expandir. La civilización agropecuaria urbana comenzó a extenderse aprovechando la bonanza climática por todo Oriente Próximo. Pero en 5600 AC, apenas doscientos años después de la reanudación de la corriente del Golfo, los Dardanelos y el Mar de Mármara se inundaron. El lago anterior se convirtió en el Mar Negro que hoy conocemos, con una extensión mucho mayor y la misma altura que el Mediterráneo. Este fenómeno, uno de los posibles candidatos a ser el Diluvio Universal que como mito tiene una extensión mucho mayor que el semítico, fue muy rápido. Tuvo una velocidad de unos 15 centímetros por día y acabó, curiosamente, provocando la extensión de la agricultura, la ganadería y el sedentarismo tanto en las altiplanicies de Asia Menor como en Europa Oriental por la huída de los agricultores de las orillas inundadas del Mar Negro. Un fenómeno contrario al que hoy podemos ver con los agricultores o pescadores del Mar de Aral o del Lago Chad provocó la extensión hacia Europa del cambio de paradigma tecnológico agrario. 

Un fenómeno que expandió las nuevas técnicas agrarias y ganaderas justo en las vísperas del nacimiento de la historia escrita y de los primeros imperios. Un fenómeno que nunca hubiera tenido lugar sin el cambio climático. Sin la adaptación del ser humano a las nuevas circunstancias que le obligaron a desarrollar, y luego expandir, esas nuevas tecnologías.