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ENFRIAMIENTO DEL CLIMA

El clima y la caída de Roma (IV). Por Ángel de Goya

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Por Ángel de Goya Castroverde. Autor del ensayo científico sobre Filosofía de la Historia, en dos volúmenes: ‘Ahogarse al borde de la orilla’ (Ed. Catarata 2013) y ‘En el abismo del progreso’ (Ed. Catarata 2015).

El largo verano en el que creció la civilización romana duró entre el siglo IV AC y el siglo III DC. Ya en el siglo II DC se empezaron a ver los efectos de un paulatino enfriamiento del clima. La mayor romanización del sur de la Galia con respecto al norte, durante el Bajo Imperio, muestra una paulatina traslación al sur del ecotono entre el bosque atlántico y el mediterráneo. Las crisis de subsistencia empezaron a hacerse frecuentes. En 165 una epidemia, posiblemente viruela o varicela, siguiendo la descripción coetánea de Galeno, entró en el Imperio y desencadenó la primera pandemia global moderna en todo el Occidente de Eurasia. Hubo tres brotes más en 165-170, 180 y 189, y, posiblemente murió según Mc Neill entre un 25% y un 33% de la población. En un momento dado llegó a haber 2.000 muertos diarios en la ciudad de Roma. El ejército del Este fue exterminado por la epidemia, y quizá el propio Marco Aurelio murió de esta peste. En el siglo III las guerras civiles, las invasiones bárbaras y de nuevo la peste pusieron al Imperio al borde de la desaparición. El hambre y la peste se fueron extendiendo, cada vez con más frecuencia, por todo el Imperio. Los cincuenta años que separan a Alejandro Severo de Diocleciano (235-284) hicieron mucho más caótica la situación agraria del Imperio, con sus cincuenta emperadores, sus múltiples guerras civiles y las primeras oleadas bárbaras. La población disminuyó y las ciudades se vaciaron. Cada vez con una mayor frecuencia surgieron brotes epidémicos causados por una situación de debilidad de las defensas de una sociedad que cada vez más está en los umbrales de la mera supervivencia física. El cambio climático hizo cada vez más costoso el cultivo del trigo en la Galia.  

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A su vez, las invasiones bárbaras tuvieron su causa no sólo en la debilidad del Imperio, sino, sobre todo, en que el propio cambio climático hacía mucho más extrema la vida más allá del Rhin y del Danubio de lo que había sido en los siglos anteriores. Y la migración hacia el sur, aunque sea violenta, era la única fórmula posible para sobrevivir. Guerras, invasiones, hambres, pestes, despoblación…Una espiral que era muy difícil de detener. Tanto a un lado como a otro de la frontera. Esto se puede ilustrar con dos ejemplos clásicos.

Los hunos fueron también afectados por el cambio del clima y por la peste. Tras muchos siglos en la frontera china, los xiongun, los antepasados de los hunos, derrotaron a un Imperio Ching debilitado por un periodo equivalente a la crisis romana del siglo III. Tomaron el norte de China, y, en un equivalente a la batalla de Adrianápolis en Occidente, derrotaron a las tropas imperiales y mataron al propio Emperador. Los chinos tardaron treinta años en liberarse de la amenaza huna ya que sucesivamente en dos ocasiones   fue tomada la capital y asesinado el Emperador. Sólo la llegada al poder de la dinastía Zhao liberó a China de los xiongun. Sin embargo, una vez rechazados en Oriente, los xiongnu, los hunos, no pudieron ya mantener la organización socioeconómica nómada previa en su hinterland original de Manchuria, Siberia y Mongolia. La sequía había arruinado sus originales tierras destinadas durante siglos a la ganadería transhumante y, simplemente para subsistir, debieron desplazarse hacia Occidente para encontrar pastos que les permitieran sobrevivir. Primero presionaron a los partos y posteriormente a las tribus escitas y ugrofinesas (en las actuales Rusia y Ucrania), que a su vez presionaron a los pueblos germánicos hacia el propio Imperio Romano. Unas décadas después sería el propio Atila el que se dirija a conquistar el Imperio. Fue el verdadero triunfo de la teoría de la geoestrategia del dominó mil quinientos años antes de McNamara y de la Guerra de Vietnam

Otro ejemplo es el del pueblo godo. Asentado durante siglos en el sur de Suecia, en la región que todavía se llama Gotäland: el tercio sur de Suecia. Durante el periodo cálido, esa zona era la más norteña que la tecnología indoeuropea podía colonizar y los godos eran los últimos habitantes no cazadores-recolectores del Extremo Norte de Europa. En la propia Gotäland, el cambio climático hizo prácticamente imposible mantener la agricultura y ganadería tradicionales. El enfriamiento impidió el mantenimiento del potencial demográfico alcanzado durante los siglos cálidos y la mayoría de la población tuvo que cruzar el Báltico en busca de tierras más templadas. Los godos desalojaron a la población germana y preindoeuropea asentada en lo que ahora sería Polonia, Bielorrusia y Ucrania. Y, sólo a su vez, la presión de las tribus escitas ante el movimiento de los hunos, unida a las malas cosechas (otro producto del enfriamiento gradual) en lo que ahora sería Moldavia, norte de Rumania y Eslovaquia, fue la que les obligó a cruzar el Danubio y enfrentarse al poder imperial. En un principio el asentamiento al sur del Danubio fue al principio consensual por parte de Valente que, ante la despoblación de la zona, les permitió asentarse en 376 a fin de evitar una guerra directa. A Roma le interesaba repoblar el territorio y el hambre estaba diezmando a la población goda. Sólo los incumplimientos romanos del tratado obligaron a los godos a rebelarse contra el Imperio y provocar el enfrentamiento que acabó con la batalla de Adrianápolis en 378 y la derrota y muerte de Valente…El comienzo de las invasiones no fue voluntario. No se buscó por afán de poder o riquezas. Fue simplemente un movimiento en pro de la mera supervivencia física por parte de los invasores. De una supervivencia que era cada vez más difícil en sus tierras de origen a causa del cambio climático. 

El Bajo Imperio se caracterizó sobre todo por la cada vez mayor divergencia entre el Occidente y el Oriente. En Oriente, en los siglos IV Y V, la restauración del orden tras Diocleciano permitió el mantenimiento del comercio y el auge de las ciudades, algo que no sucedió en Occidente.  La ciudad de Roma ya no se recuperó en tamaño y poder. Milán o Rávena, sus sucesoras como capitales occidentales, no podían competir con la Roma del siglo II que tenía probablemente 1.500.000 de habitantes (y apenas 100.000 a comienzos del siglo V, antes de las invasiones). En Oriente, por el contrario, parece que logró subsistir una clase media, tanto urbana como rural, y la infraestructura agraria en Anatolia o Egipto no fue dañada, al contrario que en Occidente. Por supuesto Constantinopla (400.000 habitantes), pero también Antioquia (250.000 habitantes) o Alejandría (300.000 habitantes) eran mayores que cualquier ciudad occidental.

Occidente nunca logró levantarse de la crisis del siglo III. La Galia sufrió frecuentemente no sólo la mayor dificultad para el cultivo de los productos tradicionales mediterráneos, sino la frecuente presión de los bárbaros.  Es significativo que el granero de Occidente dejase de ser europeo, sino que pasase a serlo la provincia de África. El despoblamiento en Occidente es considerado generalizado por los contemporáneos. Las villas aristocráticas autosuficientes sustituían progresivamente a la complejidad de las grandes ciudades.  Y si a este cambio climático se unen, una ausencia de demanda de productos especializados y un exceso de impuestos que provocaron las frecuentes guerras civiles el resultado era previsible. Occidente era mucho más pobre a la muerte de Teodosio en 396 de lo que lo era al ascenso de Diocleciano poco más de un siglo antes.

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El resultado final de las invasiones del siglo V se puede entender en base a estrategia militar, a errores políticos o simplemente a la facilidad de defender Constantinopla y los Dardanelos de un paso de los bárbaros a Asia. Todo ello es cierto. Pero hay algo aún más evidente. La notable disminución demográfica en Occidente es citada por todos los autores, lo que no es tan evidente en Oriente. Las formas de protofeudalismo occidental basadas en el colonato, se explican por una necesidad de conseguir brazos para cultivar la tierra porque el viejo sistema esclavista no lograba explotar las tierras ahora yermas. Es significativo como Britannia y el norte de la Galia, las zonas más expuestas al cambio climático, se derrumbaron en pocos años a la invasión germana. Pronto todos los habitantes entre el Loira y el Rhin se autodenominarían francos. El que se oferte a los visigodos el foedus de Aquitania es también síntoma de un grave problema de despoblación en la zona, como lo es la aparente facilidad con la que los britannos, huidos de su tierra conquistada por anglos y sajones, ocuparon una aparentemente despoblada Armorica. Una tierra que hasta hoy ha conservado el nombre de Bretaña y la lengua céltica de sus invasores.

Es bastante indicativo constatar, tras la primera oleada bárbara, cuáles eran las zonas que, alrededor de 430, lograba seguir controlando la corte de Rávena, como último resto del Imperio de Occidente. El Mediodía francés; el Levante hispano; Italia y África. Las únicas zonas donde podía mantenerse el cultivo extensivo de los productos tradicionales mediterráneos. Lo que coincide con la distribución histórica de ecotonos establecida por Crumley que antes se citó. La división que se consolidó alrededor del año 400 DC entre la encina y el roble, entre el mundo atlántico y el mediterráneo, ese limes mucho más fuerte que cualquier obra humana, retrocedió en el momento más crítico hasta el norte de África y sólo permitía los cultivos mediterráneos tradicionales en el área más meridional de Europa. Lo que hoy observamos en el Mont Ventoux o en Subijana, se acabaría viendo entonces en las montañas del Rif, más de 2.500 kilómetros al sur de donde se hallaba trescientos años antes. Disminuido a esos territorios, ese Imperio reducido de Occidente de, alrededor de 430 DC, pudo haber sobrevivido. Pero el hecho puntual de la conquista de África por los vándalos, no ya por su condición de granero de Occidente, sino como único territorio fiscalmente estable que le quedaba a Rávena, implicó sin ningún tipo de dudas el final de cualquier esperanza para el Imperio de Occidente. 

El clima llevó a la geografía a una vuelta al mapa político que había regido el mundo mediterráneo en la anterior edad fría de 1.200 AC- 300 AC. Grandes imperios en Mesopotamia, Asia Menor, Egipto y Magreb. Tiempos oscuros en Europa Occidental. Y organizaciones políticas de transición en Grecia o Italia, mucho más interrelacionadas con los Imperios orientales cuanto más al sur. Sicilia y Nápoles, la vieja Magna Grecia, volvieron a ser griegas, pese a 700 años de dominio italiano. Y los ostrogodos o longobardos ocuparon en el norte de la Península Itálica el mismo papel que los galos cisalpinos habían ocupado en los primeros tiempos de la República Romana.   El sistema de producción esclavista no era adaptable al nuevo entorno. La rentabilidad energética en los países de clima frío sólo se obtenía a través de sociedades menos complejas. Y sólo en el mundo que mantuvo el clima mediterráneo fue rentable energéticamente el mantenimiento de grandes imperios, pero sin aspiraciones de globalidad como el romano. Resultado: la vuelta al clima de la primera mitad del primer milenio AC conllevó una organización geopolítica y socioeconómica a partir del siglo V DC similar a la que había existido mil años antes. Con la misma tecnología no eran termodinámicamente rentables los grandes Imperios en los climas atlánticos y continentales. Debían volver a una organización política, económica y cultural similar a la de la Edad de Hierro. Como fueron las organizaciones de la Alta Edad Media europeo-occidental.

Oriente, por el contrario, evolucionó de un modo distinto. Los territorios más afectados por el cambio climático en el Imperio de Oriente, los Balcanes, incluyendo Grecia continental, fueron continuamente invadidos y devastados por visigodos, hunos, ostrogodos, ávaros, búlgaros y eslavos. Casualmente la parte del Imperio de Oriente más afectada por el cambio climático. Cuando Justiniano intentó restaurar el Imperio en el siglo VI resultan muy reveladoras las rápidas conquistas de Belisario. Un Estado basado en una agricultura extensiva mediterránea, como el vándalo, pudo ser conquistado sustituyendo una cabeza del reino germánica por otra grecorromana después de apenas un par de batallas. Y algo parecido pasó en el sur de Italia. Pero, según se iba avanzando hacia el Norte, el coste de someter a tribus germánicas protofeudalizadas, con una economía de subsistencia intensiva autárquica, era cada vez mucho mayor. Había que conquistar núcleo de población a núcleo de población con unos ejércitos que eran mucho menores que los del siglo IV. La caída en desgracia de Belisario junto a la llamada “Peste de Justiniano”, en 541, coincidió con la mayor extensión de reconquista bizantina: África, Italia y el Levante y Sur español. Las zonas más cálidas de Occidente. El mismo Imperio que Valentiniano III pudo mantener hasta la invasión vándala de África en 439.

La “Plaga de Justiniano” es posiblemente la primera pandemia de peste bubónica. Y es, sin duda, un síntoma de debilidad de una población que estaba ya muy cercana a los niveles de subsistencia. Al parecer esta peste pudo ser precedida por una importante erupción volcánica hacia 535 que oscureció los cielos de Europa y Asia y provocó numerosos “años sin verano”. Los anillos de los árboles de Europa Occidental muestran una abrupta ralentización del crecimiento de los árboles entre 536 y 554. Llegó a nevar en Mesopotamia…La pérdida de cosechas fue general y, como después en el siglo XIV, todo ese periodo de hambrunas constantes y debilitamiento de la población, fue el preámbulo de una peste que tenía por origen Etiopía o Egipto. Según Procopio en su cénit mataba a 10.000 personas diarias en Constantinopla. Se calcula que entre un 25% y un 50% de la población del Mediterráneo Oriental fue víctima de esta epidemia.

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Las conquistas de Justiniano fueron el verdadero “veranillo de San Miguel” del Imperio Romano de Oriente. Como antes lo fue la pacificación de Diocleciano en el de Occidente. Ante ese imperio debilitado, pronto atacaron los ostrogodos e invadieron Italia. Y los avaros, magiares, búlgaros y eslavos ocuparon los Balcanes desalojando a su población originaria de modo que hoy en día posiblemente haya más sangre griega en Turquía que en Grecia. Las luchas con Persia de Heraclio (610-641), aunque al final acabase Bizancio triunfante, llegaron a hacer perder momentáneamente al Imperio, toda la Anatolia, Siria y Egipto. Y, sin embargo, en sus últimos días, Heraclio, tras reconquistar su Imperio de los persas, vio como unos nómadas del desierto, los árabes islamizados, le derrotaban en la batalla de Yarmouk (636 DC). A su muerte, Palestina, Siria y Egipto habían pasado a manos árabes abandonando mil años de helenismo para no volver jamás al seno del mismo. Tanto Bizancio como Persia estaban heridos de muerte por las condiciones del entorno. Por el cambio climático que llevó al hambre y a la pandemia. Y cualquier pequeño ejército podía aspirar a derrotar a los grandes imperios. Y sólo eso explica la expansión árabe. El Imperio Romano de Oriente tampoco supo realizar el salto tecnológico con el que superar los “tiempos difíciles” de la erupción de 536 y la peste de 541. Y el Califato Omeya de Damasco tomó su lugar, sin que sus herederos Abasidas, consiguieran mantener el ideal de universalidad, no ya mediterránea del Imperio, sino ni siquiera musulmana. Un conglomerado de Imperios, cuya estructura, como se ha dicho, recuerda enormemente a la de los Reinos helenísticos de mil años antes, sucedió al Imperio de Oriente.

Este periodo, tras 350, no hubiera sido el mismo en toda Europa y Próximo Oriente sin esa “Pequeña Edad de Hielo” que duró, hasta el año 1000. Por las diferentes condiciones climáticas, Oriente pudo mantener una estructura socioeconómica concreta y eso derivó en esa estructura de reinos helenísticos. En Europa Occidental sólo el fin de ese periodo de pequeña glaciación (hacia el año 1000) pudo despertar a un Occidente, sumido en una nueva Edad de Hierro. Sólo entonces pudo llevar a sus hombres y barcos a Oriente Medio con las Cruzadas o al Extremo Occidente mediante los drakkars vikingos. Unos drakkars que llegaron a Groenlandia o Terranova, descubriendo una tierra verde (Greenland) o una tierra de viñedos (Vinland) donde incluso hoy, en estos tiempos de calentamiento global, no hay ni verdor ni uvas. Pero esa, como dirían Kipling o Billy Wilder, es otra historia