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CAMBIO CLIMÁTICO E HISTORIA

El clima y los primeros imperios (III). Por Ángel de Goya

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Por Ángel de Goya Castroverde. Autor del ensayo científico sobre Filosofía de la Historia, en dos volúmenes: ‘Ahogarse al borde de la orilla’ (Ed. Catarata 2013) y ‘En el abismo del progreso’ (Ed. Catarata 2015).

Pasados los cambios climáticos reseñados en el anterior capítulo que incentivaron el surgir de la agricultura, otro momento clave acaeció alrededor del 3.800 AC. El monzón se debilitó y limitó sus efectos a Indochina y al sur de la India. Lo que provocó sequías permanentes en el norte del Subcontinente Indio y en África Oriental y Central. Y, al tiempo, se produjo un nuevo fenómeno de sequía en Europa y Próximo Oriente que duró mil años. Este largo periodo de falta de lluvias fue el origen de la final desertificación del Sáhara, dejando a los cocodrilos de los desfiladeros de la meseta de Ennedi o de las montañas Tagant (en el Chad y Mauritania) como mudos testigos de un desaparecido Sáhara verde con numerosos lagos y un gran río que lo cruzaba hasta llegar al Nilo. Un nuevo salto tecnológico se hizo imprescindible y se produjo. La irrigación de los campos a orilla de los ríos. Y como consecuencia necesaria para la construcción de obras públicas, nació una sociedad aún más compleja. Los primeros imperios hidráulicos que garantizaban esos regadíos. La escritura y la transmisión escrita de la cultura en Egipto y Mesopotamia. Poco después el mismo esquema se desarrolló en el Indo (cultura Harappa) y en el Yang-Tse (cultura Liangzhu)

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Se han dado unos cuantos ejemplos de cómo el cambio climático, de cómo unos “tiempos difíciles”, exigieron un reto tecnológico. Y de como unas sociedades lograron superar el reto, dando un salto de complejidad como único modo de lograr que la entropía del sistema disminuya. Y como, la energía mayor que requiere ese sistema complejo acabó resultando rentable para esa sociedad. Se ha visto como triunfaron los agricultores y ganaderos y perdieron los cazadores-recolectores y las aldeas y ciudades independientes después. Pero la historia nunca hace pleno de finales felices. No siempre se logra vencer al desafío climático. La regla general suele ser más que esa, la contraria. Normalmente la entropía del sistema alcanza un nivel lo suficientemente alto como para que la sociedad compleja se derrumbe y entonces los triunfadores serán los miembros de sociedades externas menos complejas los que acaben imponiéndose en el espacio físico del antiguo Imperio más complejo. Los caballos de los bárbaros con mucha frecuencia acaban pastando de los nenúfares de los estanques del palacio imperial. La decadencia o la caída suelen ser consecuencias estadísticamente más frecuentes de una cada vez menor resilencia.

Un nuevo ejemplo de dificultades climatológicas puede servir para visualizarlo. Alrededor del 2200 AC ocurrió un nuevo acontecimiento adverso del cual ya se pueden dar datos concretos, nombres y fechas exactas. Debió empezar por una fuerte erupción de la que quedan restos en yacimientos arqueológicos, seguidos de varios años sin verano y de una ralentización de la Corriente del Golfo que produjo una extremada sequía en Oriente Próximo y el Mediterráneo durante más de 250 años. En 2184 AC, faltó a su cita la crecida anual del Nilo, por primera vez en cerca de dos mil años. Y los campos se agostaron. Murió ese mismo año, tras un reinado de 70 años, el faraón Pepi II y el Alto Imperio se desmoronó. Egipto se desmembró en una lucha de todos contra todos, hasta que, en 2046 AC, fue reunificado el Alto y el Bajo Egipto por Mentuhotep II que instauró el Imperio Medio. Algo parecido ocurrió en Mesopotamia al tiempo.  Allí, el cuidado sistema de irrigación se colapsó en el sur. Ur desapareció como ciudad, y en el norte los viejos pastos de verano se extinguieron. En 2198 AC murió asesinado el último verdadero rey acadio, Sharkalisharri.

La misma historia se repitió unos siglos después. En 1628 AC explotó la caldera de Tera-Santorini, poco tiempo después de la mayor erupción histórica del Vesubio en 1620 AC, la erupción Avelino, en una conjunción probablemente interrelacionada vulcanológicamente. Y se produjo un tsunami que asoló todo el Mediterráneo oriental. La explosión fue muy intensa y la emisión de polvo oscureció la atmósfera durante semanas, en un episodio que causó el fin de la civilización minoica clásica en Creta. De nuevo, alrededor de 1.200 AC se produjo un fenómeno de enfriamiento y de sequía a nivel mundial, quizá influenciado por un anormal fenómeno de “El Niño”. Y en el Mediterráneo Oriental fue más acusado. La devastación fue general. La civilización micénica clásica desapareció a su vez dando paso a la llamada “Edad Media Griega”. Posiblemente la Iliada no es más que un recuerdo de las luchas que siguieron a este colapso entre los restos de la civilización griega micénica y el protectorado hitita de Troya en un lugar tan geoestratégico como era y es el Paso de los Dardanelos. Al tiempo, los “Pueblos del Mar”, una coalición de pueblos cuyo origen se desconoce (quizá mediterráneo-occidentales con agregados orientales) arrasaron Anatolia y Siria haciendo caer al Imperio Hitita, al reino Mittani en la Alta Mesopotamia y por dos veces invadiendo Egipto bajo Ramses II y Ramses III. 

¿Es necesario continuar? Los fenómenos adversos son más frecuentes de lo que la historiografía tradicional ha supuesto y la respuesta más frecuente suele ser el colapso de las civilizaciones. Su destrucción o desmembramiento dando paso a una organización de mucha menor complejidad, pero con un mayor equilibrio termodinámico. Y la fuerza del planeta, del medio ambiente, nos afecta como afecta la marea a los granos de arena de una playa. Y los desastres naturales no son más que una marea recurrente en la historia humana. Sólo que como el ritmo de las mismas excede de la duración de la vida humana, el hombre intenta siempre sustraerse a las mismas. Y un cambio de unos pocos grados en la temperatura media del planeta, de unos pocos milímetros en las precipitaciones anuales, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte en una sociedad que hasta hace muy poco ha estado siempre muy cercana, por definición, a los niveles de subsistencia. Pero el hombre ha intentado siempre ser ajeno a ello. Deseamos ser ajenos. Como los actuales tres millones de habitantes de la conurbación de Nápoles conocen cuál fue el destino de Pompeya y Herculano. Y saben que periódicamente el Vesubio entrará en erupción y que una erupción como la de 79 DC (o no digamos ya la de 1620 AC) implicaría la muerte de millones de personas. Lo sabemos, pero deseamos mirar a otro lado. Excede su frecuencia a nuestra esperanza de vida y por eso es posible mirar a otro lado. Pero si se quieren analizar detalladamente los acontecimientos históricos, hay que ser conscientes de ello, que periódicamente se producen catástrofes que pueden llevar o al colapso de las civilizaciones o a dar saltos de complejidad que permitan su supervivencia. Verlo y no cerrar los ojos es esencial en cualquier interpretación que queramos hacer de la Historia


 Y un caso claro de todo ello es la propia historia de Roma. Todavía en el año 387 AC los celtas invadieron Roma y los romanos, refugiados en el Monte Capitolino, tuvieron que comprar su libertad sobornando a los caudillos de las tribus galas. El mundo céltico, con una menor complejidad política, tenía todavía ventajas energéticas en una Europa que continuaba bajo un periodo frío que había comenzado a partir del año 1200 AC. Como dibuja Crumley, durante esos casi 1.000 años, del siglo XIII AC al IV AC, España tenía un clima atlántico y la mayoría de Italia y Asia Menor uno continental. El clima mediterráneo se veía reducido a África, la Grecia costera (con sus colonias asiáticas y el Sur de Italia) y el Oriente Medio.   La tecnología del momento sólo hacía rentable energéticamente la complejidad en climas mediterráneos, bien mediante estructuras cerealísticas latifundistas, bien mediante estructuras basadas en esas grandes obras hidráulicas que requerían una compleja organización política para mantenerlos, como los sucesivos imperios mesopotámicos y persas o el Imperio egipcio. Las sociedades que mantenían su independencia de los grandes Imperios hidráulicos, como los griegos o los fenicios, requerían de excedentes de producción para poder intercambiar mediante el comercio por toda la cuenca mediterránea.

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En el resto de Europa Occidental y Septentrional, durante los mil años que van del 1200 AC al 300 AC, no era rentable la expansión de la complejidad política y económica. La autarquía agrícola, ganadera, económica y política de pequeñas comunidades autosuficientes era, por tanto, la norma. Apenas existían unas pocas colonias comerciales en las fachadas mediterráneas de Iberia, el Mar Negro o la Galia. La complejidad se limitaba, en el Mediterráneo Occidental, a algún pequeño imperio local en Tartessos o en Etruria, pequeñas estructuras políticas que, en cualquier caso, tenían una estructura socio-económica y política mucho más simple que la de los Imperios del Mediterráneo Oriental o el de las colonias griegas o fenicias. El clima atlántico no permitía la complejidad del sistema de producción esclavista, no requería de las grandes obras públicas de irrigación ni de las grandes haciendas basadas en un cultivo extensivo cuya producción que se comercializase en un mercado urbano. La mano de obra esclava no era rentable allí porque el clima atlántico no permitía la especialización del trabajo. La optimización se conseguía sólo a través de pequeñas sociedades autosuficientes basadas en un hábitat disperso y en una estructura política no centralizada. El clima llevaba a la huerta, al pequeño cultivo intensivo de cereales atlánticos. A la vaca en vez de a la oveja o la cabra. 

  Ese era el clima predominante en Europa Occidental antes del 300 AC. El ecotono, entre el ecosistema atlántico y el mediterráneo, el roble y la encina, el trigo y el centeno, la vaca y el cordero se hallaba en el extremo meridional de la península itálica. Por eso allí se pudo expandir la cultura helénica con su complejidad. El valle del Po era la Galia Cisalpina. El Imperio celta, compuesto de pequeñas unidades políticas no centralizadas, que se extendía desde el Finisterre en la Galicia hispánica a la Galatia en Anatolia o la Galitzia en la actual Ucrania, era la mejor fórmula para rentabilizar la producción económica en un clima frío y húmedo. En esas sociedades no existía la posibilidad de una clase social ociosa que llenase el ágora de las ciudades mediterráneas. Ni la especialización en una casta guerrera que permitiera construir grandes imperios. No cabía la filosofía o el arte helenísticos. Era un mundo de pequeños núcleos de mayoritariamente hombres libres, al tiempo campesinos y ganaderos, pero también guerreros.

Sin embargo, alrededor del año 300 AC, sin que tampoco se puedan establecer las causas, el mundo europeo se calentó. El ecotono entre el ecosistema mediterráneo y el atlántico se fue trasladando paulatinamente hacia el norte. Hay zonas donde en la actualidad es evidente el cambio en apenas unos metros entre el mundo mediterráneo y el atlántico. El Mont Ventoux en el Macizo Central francés o el paso del desfiladero de Subijana en el País Vasco entre la Álava mediterráneo-continental y la Vizcaya atlántica. Pero estas “fronteras” no son eternas. La polenología nos lo muestra. En esos mil años entre 1.200 AC y 300 AC el Mediterráneo era casi el límite entre el mundo atlántico y el que hoy llamamos mediterráneo. A partir del siglo IV AC ese límite poco a poco se fue desplazando al norte. La encina se expandió y llegó casi hasta las orillas del Báltico y la Pomerania, mucho más al norte que en la actualidad, pese al tan temido cambio climático del siglo XXI. El clima atlántico se redujo a zonas de Britannia, Armórica, Países Bajos y Escandinavia. El continental se desplazó hasta lo que hoy serían Rusia y los Países Bálticos. Fue el triunfo de la encina, la vid, el olivo, el trigo, el mijo, la cabra o la oveja. Todavía hoy apenas hay vino inglés, el vino británico era celebrado en todo el Imperio Romano.

Este cambio climático provocó poco a poco en Europa Occidental que la expansión de un sistema socio-político más complejo fuera económica y energéticamente más rentable que el previo céltico. Roma y Cartago lucharon por la hegemonía en Europa Occidental. Macedonia, antes del calentamiento una zona periférica del mundo helénico, conquistó Oriente. Incluso Pirro de Épico, procedente de una zona balcánica recientemente helenizada, episódicamente a punto estuvo de conquistar Italia. Es evidente que la pelota cayó del lado de la red de Roma por un margen muy pequeño. Pero pudo perfectamente Aníbal haber entrado por las puertas de Roma tras la batalla de Cannas, y Europa Occidental habría sido cartaginesa semítica y no romana indoeuropea. Y hablaríamos un dialecto del arameo. Eso lo provocó el azar y la mayor o menor habilidad de unos individuos concretos. Pero lo que no era azar, lo que era inevitable, era que una organización compleja imperial mediterránea se expandiera por los nuevos hábitats de la encina. Pudo haber sido cualquiera de los posibles candidatos. El modo de producción esclavista “funcionaba” mejor en aquellos nuevos territorios donde el trigo empezaba a crecer. La derrota de Varo en Teotoburgo hizo a Augusto establecer el límite del Imperio en el Rhin y no en el Elba o en el Vístula. Pero hubiera sido anecdótico incorporar algo más o menos de territorio en tierras de transición. Y no hubiera sido fácil de mantener en un terreno en que el clima atlántico obligaba a un sistema organizativo político-económico distinto. Como ocurría en Britannia, donde el coste de mantener los Muros de Adriano y Antonino debió compensar el esfuerzo, sin retorno, de intentar incorporar al imperio a las tribus celtas y preindoeuropeas caledónicas en un entorno climático hostil como el de la actual Escocia. Allí donde se mantuvo el ecotono atlántico (Escocia, Irlanda y norte de Alemania), fue curiosamente donde se paró la expansión romana.

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