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LA EMERGENCIA HUMANITARIA

El nuevo orden mundial: 1.000 personas para salvar la humanidad. Por Julio Ariza

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Aceptemos pulpo como animal de compañía: la pandemia del Covid-19 viene a demostrar que los estados nación son insuficientes para afrontar la inmensa crisis económica y social que va a producir, y que ha llegado el momento de derribar sus barreras. Aceptemos que hay que salvar el planeta de ciertos depredadores. La cuestión consiste es identificar a todos aquellos que realmente están poniendo en riesgo este viejo mundo, y a quienes pueden salvarlo. Parece que ese es el punto de partida para que esa buena nueva del orden mundial sea realmente buena y suficientemente nueva.

La pandemia de Covid-19 está llevando al mundo al colapso económico. Según el Comisario de Economía de la U.E., Paolo Gentilioni, el rescate de Europa rondaría los 1.5 billones de euros; el de los EE.UU., a tenor del Plan de Estímulos que acaba de aprobar el Senado norteamericano, alcanzaría los 2.2 billones de dólares. El valor total del rescate de los dos polos más importantes del mundo occidental rondaría, pues, los 4 billones de dólares. ¿De dónde sacar, de forma equilibrada y no traumática, esa ingente cantidad de recursos? ¿Hay que sacrificar a las clases medial altas, medias y desfavorecidas, arruinando fiscalmente a la inmensa mayoría del planeta? ¿Hay que sacrificar a tres generaciones para salir adelante? ¿O hay que aplicar criterios de utilidad, que además son criterios de justicia? Un criterio puramente utilitarista consistiría en causar el mayor bien posible al mayor número de personas posibles, y el menor mal posible al menor número de personas posibles. Solo así puede el mundo salir adelante sin una convulsión planetaria de proporciones desconocidas. El nuevo orden mundial solo será realmente nuevo y bueno si de esta enorme depresión se sale con el menor sacrificio posible para la inmensa mayoría de la población.

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¿Qué ocurriría si para salvar el planeta hubiera que moderar, por ejemplo, la impracticable opulencia de las mil primeras fortunas del planeta? No se trata de que dejen de ser inmensamente multimillonarios, sino de que dejen de ser inhumana e impracticablemente ricos

Según el Índice de Bloomberg, las 500 mayores fortunas del mundo suman un patrimonio de 5,9 billones de dólares, que es más o menos un tercio del PIB de los EE.UU. Las mil primeras fortunas suman aproximadamente 7 billones de dólares. Si esas personas cedieran un 70% de sus fortunas y se quedaran con el 30% restante, pagarían todo el rescate económico de Europa y de los EE.UU., de Rusia, de Australia, de Latinoamérica, de África, de India… y salvarían a 4.000 millones de seres humanos. Nunca tan pocos habrían hecho tanto por tantos. 

Hagamos una simulación. Esos 500 más ricos del mundo terminaron 2019 siendo más ricos que nunca, elevando su patrimonio colectivo, siempre según el Índice de Bloomberg, un 25% más. Jeff Bezos (Amazon) tiene un patrimonio de 116.280 millones (el tropiezo de su sonado divorcio le hizo perder 35.000 millones en favor de su feliz exmujer), de manera que si se quedara con un 30% de su fortuna aún tendría la friolera de 34.500 millones (su ex quedaría igualitaria y paritariamente encantada); Bill Gates posee un patrimonio de 113.500 millones (este año ha ganado solo 23.100 millones), de manera que aun le quedarían 34.050 millones; Warren Buffet posee una fortuna de 89.100 millones, y quedaría con 26.730; Mark Zuckerberg tiene 79.400 millones (ha ganado en 2019 solo 27.400 millones) y quedaría con 23.820, etc. ¿Puede un hombre vivir bien con 23.000 millones de dólares de patrimonio? Al parecer, sí puede. Todos estos enormes multimillonarios poseen también fundaciones, a las que entregan parte de su fortuna y con las determinan el futuro del mundo como un auténtico contrapoder de las soberanías populares. 

En consecuencia, la primera medida para el nuevo orden mundial sería: 1.000 personas rescataran de la miseria, la convulsión y la tragedia a 4.000 millones de seres humanos de todo el planeta y, además, seguirán siendo inmensamente ricas, las más ricas del mundo.

Con el contador a cero, el sistema capitalista volvería a tener posibilidades de continuar durante mucho tiempo generando riqueza. No se trataría de un igualitarismo de corte socialista porque en la “nueva realidad” las grandes fortunas estelares, los mil más ricos del mundo, seguirían manteniendo su posición de ventaja competitiva sobre el común de los mortales. Por ejemplo, Bill Gates, con sus 34.000 millones de euros no solo tendría para vivir confortablemente sino que además seguiría siendo el hombre más rico del mundo y tendría una ventaja competitiva indiscutible para volver a generar, en unos cuantos años, una acumulación de capital similar a la actual.  

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Una vez el mundo hubiera sido rescatado de una emergencia que es mucho más grave que la climática, habría que sentar las nuevas bases de la gobernanza equitativa mediante medidas que moderaran las injustificables diferencias salariales. Por ejemplo, que el salario más alto de una empresa no pueda ser más de 100 veces superior al salario más bajo de esa empresa. Si un obrero gana 1.000 euros al mes, el presidente no debe ganar más de 100.000 de euros en ese mismo periodo de tiempo; de tal manera que, además, cuando los directivos aspiren a incrementar sus retribuciones tengan que incrementar también los salarios más bajos, lo cual solo será posible si a su vez hacen crecer la empresa, ganan mercados, incrementan la productividad y gestionan mejor.   

Una tercera medida del nuevo globalismo sin fronteras podría ser la eliminación de los paraísos fiscales, donde todas las grandes fortunas (las mismas que aparecen entre los mil más ricos del mundo y otras más) esconden sus dineros sin pagar los impuestos que debe pagar el resto de la población para sostener la viabilidad de los servicios sociales de los estados. Expertos de la Tax Justice Network, según cálculos fiables, estimaron hace unos años el valor de los activos depositados en los paraísos fiscales en más de 12 billones de dólares, más de un tercio del PIB anual mundial. Con 12 billones podría rescatarse dos veces la totalidad del planeta y a sus 7.500 millones de habitantes después de la pandemia. Al fin y al cabo, quizás la solución para dar de comer al planeta no esté en el exterminio de los ancianos ni en el asesinato de los no nacidos, ni en fórmulas maltusianas más o menos siniestras, sino en dedicar ese dinero sumergido en generar riqueza, emprendimiento y puestos de trabajo para todo el mundo.

La tercera medida debería consistir en acabar de una vez con el dinero sucio del mundo: el del narcotráfico, la trata de seres humanos, los narcoestados, etc. Una medida tan simple como cambiar el color del dinero pondría a cero el contador del dinero negro.

Parece claro que el planeta no puede continuar sometido a la violencia patrimonial que se deriva de los datos expuestos. Hay una emergencia mucho más grave que la climática: la emergencia de salvar a la humanidad después de la pandemia y su consecuente hecatombe económica y social. La emergencia humanitaria.

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