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HURACANES EN LA HISTORIA

Influencia del clima en la Modernidad desde 1600 (VI). Por Ángel de Goya

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Por Ángel de Goya Castroverde. Autor del ensayo científico sobre Filosofía de la Historia, en dos volúmenes: ‘Ahogarse al borde de la orilla’ (Ed. Catarata 2013) y ‘En el abismo del progreso’ (Ed. Catarata 2015).

Hemos relatado  ya la influencia del clima en edades antiguas y la importancia del mismo en la evolución humana y en el ascenso y caída de sus Imperios. Pero esta influencia, aunque matizada ha seguido existiendo hasta el día de hoy. Los múltiples vuelos de mariposas climáticas en un lugar del mundo han seguido desencadenando huracanes en la historia en el otro extremo del mundo. Desde el siglo XVII, en que podría parecer más evidente, hasta los acontecimientos más importantes del siglo XX. Revoluciones, guerras y cambios sociales han estado muchas veces causados por acontecimientos calamitosos que produjeron hambrunas y enfermedades en la sociedades humanas  hasta casi anteayer.

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 Ya hemos visto como, a fines del siglo XV y durante el siglo XVI, los reinos ibéricos aprovecharon una tecnología ajena para dar un salto de complejidad que les permitió no sólo asumir los retos que la crisis climática que se produjo entre 1300 y 1850, sino conquistar el mundo ante la debilidad y malas decisiones del resto de los actores mundiales. Pero la historia de los reinos españoles muchas veces parece una historia que puede contarse en términos de metáfora organicista. Cuando los Imperios castellano y portugués eran jóvenes e impetuosos, cualquier cosa que tocaban se convertía en oro. Heredaron media Europa, conquistaron Italia y el norte de África. Pararon a los otomanos. Rodearon África, llegaron a la India, Indonesia, China y Japón, creando la primera red mundial de factorías y bases militares por todo el planeta. Y, sobre todo, conquistaron con unas fuerzas muy reducidas todo un continente, América, que era desconocido. Pero igual que durante treinta años consiguieron poner el mundo a sus pies, poco después, de repente, casi como si de una tragedia griega se tratara, todo lo que antes tocaban y se convertía en oro, de repente se empezó a convertir en polvo. Coincidió además casualmente con un crítico climático, crítico que empieza a partir de 1600 y del que podemos poner como cénit la década de 1640 en que coinciden las guerras de independencia de Cataluña y Portugal, la Fronda Francesa, la Guerra Civil en Inglaterra, el momento más duro de la Guerra de los Treinta Años  e incluso la caída del Imperio Ming y la entrada de los manchúes en Pekín. Pero ciñéndonos al Imperio Español, a partir de un momento dado, parece un ser humano malcriado por el destino. Alguien al que la suerte ha mimado en su juventud, permitiéndole conseguir todo demasiado fácilmente, y al que, cuando llega a la madurez, esa misma suerte no se sabe porqué le da la espalda. 

Numerosas veces está a punto de conseguir sus objetivos, pero, en el instante clave, toda esa fortuna que antes siempre le sonreía, de repente, como si fuese una maldición, se convierte en desgracia. La pelota roza la red muchas veces, y esa pelota, que antes siempre caía en el campo ajeno, ahora siempre cae en el propio…La historia de España desde un momento dado en la segunda mitad del siglo XVI tiene cierto toque de tragedia, que recuerda el esfuerzo inútil y sin esperanza de un Sísifo por evitar durante trescientos cincuenta años, hasta 1898, que se deshaga  lo conseguido en apenas treinta años. A partir de un momento dado, el final está determinado claramente y sólo la ceguera nacional impide ver cuál ha de ser el nuevo papel de España en el mundo. 

Pero durante los primeros cien años de decadencia sólo el azar  y la imposibilidad de superar los retos climáticos que permitieran una hacienda saneada impidieron que numerosas veces una hegemonía se convirtiera en una real unificación de Europa (de facto o de iure). En una Pax Hispanica que permitiera que disminuyeran los gastos militares. Y, por tanto, que la entropía de un nuevo sistema, más complejo que el de los Estados Nacionales, disminuyese e hiciese rentable para la sociedad un Imperio planetario. Pudo Carlos V haber unificado Alemania como Estado Nacional y haber convertido a sus príncipes territoriales en príncipes cortesanos. Pudo María Tudor haber tenido un hijo de Felipe de Habsburgo que, vista la muerte posterior del príncipe Don Carlos, habría heredado el Occidente europeo. Pudo, alrededor de 1589, haber entrado el propio Felipe en Londres (fue raro que la pequeña marina inglesa derrotara, aun con los elementos a su favor, a la inmensamente superior Armada Invencible). Pudo a principio de los 1590s haber entrado en París (nadie creía entonces viable la alternativa  como rey del protestante Enrique de Navarra en lugar de su hija Isabel Clara Eugenia apoyada por el Duque de Guisa). Pudieron los Habsburgo austriacos, tras los éxitos católicos en la década de los 1620s, haber aceptado las ofertas de paz procedentes de los príncipes protestantes y haber asegurado la hegemonía de la arquitectura imperial Habsburgo en Alemania. E incluso en 1630, cuando Wallenstein conquistó el Báltico, pudo haber aprovechado esos triunfos para conseguir una paz aceptable para todos los bandos. Pudo el infante cardenal Fernando de Austria haber entrado en París en 1636 tras derrotar a las tropas francesas de la frontera con los Países Bajos Españoles y no existir ejército que protegiera París. Incluso en Rocroi, a apenas 100 kilómetros de Waterloo, pudo haber vencido el portugués, y todavía español, Melo (nadie hubiera pensado a mediodía posible una victoria francesa. E incluso por la tarde lo normal hubiera sido que Beck -como Blucher 170 años después en Waterloo- hubiera llegado con sus hombres a tiempo  y hubiera decidido la batalla…La diferencia entre estas dos batallas, como veremos después, se basa en un hecho climático, el año sin verano de 1815, que impidió alejarse a Napoleón de los prusianos).

Nada de eso pasó. En todas esas posibilidades de alcanzar la Pax Hispánica, la pelota en la red acabó volviendo al lado español, aún cuando pareciera imposible. Nunca se lograron cerrar para España las Puertas del Templo de Jano. Y no logró alcanzar una paz general parecida a la Pax Augusta que hubiese reducido los gastos militares y hubiera hecho, al Imperio universal hispano, rentable termodinámicamente. Pero es que, incluso cuando se produjeron las crisis causadas por el empeoramiento del clima con hambres, pestes y guerras civiles  internas, y se derrumbaron los distintos Estados europeos, el derrumbamiento siempre fue en un “tempo” contrario a los intereses españoles. Si la revolución inglesa (1640-1660) hubiera estallado dos años más tarde, tropas inglesas hubieran luchado en Rocroi del lado español. Si la Fronda francesa (1648-1652) hubiera empezado dos años antes o terminado dos años después, Felipe IV hubiera podido sin esfuerzo completar la reconquista de Cataluña y emprender la de Portugal. Y hasta el fin de las guerras civiles en Inglaterra y la vuelta de los Estuardo fue contrario en “tempo” a los intereses Habsburgo. Cuando se firmó la Paz de los Pirineos con Francia y el Ejército pudo concentrarse en la reconquista de Portugal, en ese momento (1660-1665), Felipe III de Portugal (y IV de Castilla) se encontró enfrente no ya a unos ejércitos señoriales de un rebelde Duque de Braganza, sino a una coalición de verdaderos ejércitos nacionales anglo-portugueses. Todo lo que tocó el Imperio Español entre 1581 y 1700 en vez de en oro, como había pasado durante las décadas anteriores, se transformaba en polvo. Al llegar a la madurez, ese azar favorable de la juventud, se transformó siempre en un fatum contrario contra el que no se podía luchar. Al final en ese imperio, según el soneto de Quevedo, no cabía donde poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte. Incluso los contemporáneos tenían en la mente la metáfora organicista.

Pero aunque el azar hubiera sido favorable, era muy difícil que, con los inmensos gastos militares que obligaban a un exceso de fiscalidad insostenible, la riqueza del país se desarrollase. Había un inmenso déficit público y una inflación de los precios cada vez mayor que obligaba a que una reducción radical del gasto militar fuera la única alternativa viable.  La entropía del sistema era imposible de detener como se puede visualizar en el estudio que hace Carande de la deuda pública Habsburgo.  Los costes de producción eran tan altos que hasta el propio Estado acabaría teniendo que aprovisionarse de armas y barcos por sus propios enemigos. El oro de América que permitía las aventuras imperiales era, al tiempo, un veneno que iba poco a poco estrechando las arterias de la economía castellana. A veces provocaba trombos en las Hacienda Real, al permitir un exceso de gasto militar que la economía real no admitía ya. Pero sobre todo encharcaba los pulmones de la competitividad de la economía real, matando mediante la inflación galopante, los impuestos y la falta de competitividad de los productos agrarios e industriales a la intraeconomía castellana. 

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 Su única ventaja era un monopolio, a menudo violado, con sus colonias americanas. Pero, sin ninguna ventaja comparativa. Y, con un comercio ultramarino que todavía no tenía el volumen de siglos posteriores, Castilla no podía competir industrialmente con los demás países europeos. Y, al final, pese a ser la principal potencia política, hubo de contentarse con ser exclusivamente proveedor de materias primas, como la lana, para que los enemigos flamencos o ingleses la elaborasen. Como Portugal, que tras su independencia, basará su economía en proporcionará vino a Inglaterra e importar productos textiles más elaborados… Para Portugal  la independencia además significó la pérdida de la única posibilidad que tenía de enfrentarse a la influencia holandesa en Asia. Se independizó y pronto perdió a manos musulmanas u holandesas las colonias del Norte del Índico, Golfo Pérsico, Ceilán, Formosa e Indonesia. En 1661 se cedió Bombay a Inglaterra, como dote de un matrimonio real en plena guerra de independencia contra el ejército castellano, en lo que fue el comienzo del dominio inglés en la India. Y en 1703 el Tratado de Methuen consolidó a Portugal como un satélite económico y político británico.

 Sí, la mala suerte histórica impidió que alguna vez la bola cayera del lado de la red de los enemigos de los Habsburgo y que la Pax Hispanica consolidase las finanzas públicas.  Pero es que, además, una agravación de la “Pequeña Edad de Hielo” en la segunda mitad del siglo XVI y durante el siglo XVII empeoró las condiciones internas de la economía imperial. Empezaron a ser frecuentes, a un ritmo ya olvidado, episodios de hambrunas y pestes similar al de los siglos XIV y comienzos del XV. El descontento interior estallaba durante los periodos de mayor crisis agraria, como pudo ser alrededor del año 1640, cuando esa agravación climática, como ya hemos contado, coincide con el máximo esfuerzo de la guerra hispano-francesa y de la Guerra de los Treinta Años. Ese descontento coincidiría en España, en sus posesiones italianas, en Francia (la Fronda) y en Inglaterra (la Revolución que llevó a la Commonwelth de Cromwell). Sólo los Países Bajos salieron ilesos a este drama continental, sufriendo muchas menos hambrunas y epidemias. Y de eso tuvo gran parte de culpa de la hegemonía comercial que ostentará Ámsterdam entre el fin de la Tregua de los Doce Años con España (1609) y la derrota ante las escuadras y ejércitos anglofranceses durante el “Año Desastroso” de 1673 durante la Tercera Guerra Anglo-Holandesa. El eje comercial dominante dejaría de pasar por el Mediterráneo de un modo cada vez más evidente. Italia colapsaba y el cada vez mayor predominio holandés en Asia (y en un momento dado hasta en Brasil) cercenaba el mercantilismo ibérico. Paradójicamente un cambio climático desfavorable, gracias al salto tecnológico que se había dado, acababa siendo favorable a los países más septentrionales y provocaba, que, por primera vez en la Historia,  la decadencia de la Europa Mediterránea. Como se advierte como “termómetro demográfico” en la evolución de la población de las principales ciudades europeas entre 1550 y 1700 y ver como Sevilla pasa de 150.000 habitantes a 80.000; Milán de 180.000 a 100.000 o Venecia de 170.000 a 100.000, mientras por el contrario,  Amsterdam de 30.000 habitantes en 1550, llega a 150.000 en 1700; Londres de 70.000 a 500.000 y París de 80.000 a 500.000

La evolución de la población en las diferentes ciudades europeas muestra claramente la ruptura de la hegemonía dentro de Occidente del eje mediterráneo en beneficio del eje del Atlántico Norte. El único ganador fue el triángulo alrededor del Mar del Norte entre Londres, París y Ámsterdam. El retroceso de Italia y España fue notable. Pero quizá el caso más trágico fue el alemán. Aunque sus ciudades eran relativamente pequeñas, Alemanía perdió alrededor del 30% de su población durante la Guerra de los Treinta Años, en algunas zonas incluso un 60%.

 Pero si se quiere individualizar la ruina que provocó ese cambio climatológico y la traslación del Eje Comercial al Mar del Norte en un único país, el ejemplo más evidente es el español. Las grandes ciudades, salvo Madrid por el efecto capital, se despoblaron ya que volver al medio rural en muchos casos fue el único medio de supervivencia para los que superaban las oleadas de hambre y las epidemias (entre 1594 y 1646 Sevilla pasó de 150.000 habitantes a 108.000; Toledo de 44.000 a 20.000 y Valladolid de 32.000 a 12.000). Los reinos españoles sufrieron  un descenso demográfico provocado por las hambres causadas por el cambio climático y por las pestes. El descenso que éstas provocaron en la demografía española se puede calcular en alrededor al 10% entre 1598 y 1652, con dos importantes pandemias en 1598-1600 y 1648-52, con otras de menor intensidad en 1616, 1630-1, 1676,1684 y 1695. En total como cuenta Fontana, de 95 años estudiados, 29 tuvieron malas cosechas, en 20 hubo sequías y en 18 langosta. Las cabezas de ganado de la Mesta pasaron de 5 millones a entre 1,5 y 2 millones durante ese siglo. La  consecuencia fue un descenso demográfico que parecía impensable tras ciento cincuenta años de euforia imperial política y económica. a estos números hubo que unir en Valencia y Aragón el drama de la expulsión de los moriscos. Un 25% de la población valenciana y un 15% de la aragonesa fue expulsada, lo que implicó que la decadencia hasta hoy de Aragón (macrocefalia zaragozana excluida) y que Valencia perdiese el predominio en la España Mediterránea que había conseguido tras el hundimiento de Cataluña ( que fue la región española más castigada por la Peste Negra, tras la crisis del siglo XIV). 

España, obligada por las circunstancias, hubo de renunciar al papel de Imperio Universal una vez que hubo de reconocer la independencia de las Provincias Unidas y de Portugal, la pérdida del Rosellón y la Cerdaña y de una gran parte de los Países Bajos Españoles. Pronto el eje económico y político se trasladará a ese triángulo París-Londres-Ámsterdam al que a partir de 1848 se unirá Fráncfort. El eje comercial atlántico se instalará desde allí y no desde Lisboa o Sevilla. El comercio se desarrollará con las grandes compañías inglesa u holandesa de las Indias Orientales. Las industrias navales y armamentísticas se asentaron en Holanda. El comercio de paños, caída la competencia de Castilla y Amberes, acabó siendo primero compartido por la industria inglesa y el comercio holandés (y después en casi un monopolio británico tras la Revolución Industrial). Hasta las cifras agrícolas son muestra clara de cómo el eje mediterráneo había sido substituido por el atlántico. Pese a la debacle climatológica, la innovación agraria, fruto de un cambio de paradigma que preludia la Revolución Verde de los fisiócratas del siglo XVIII, había logrado un incremento de los rendimientos agrarios mucho mayores en esos climas fríos del Mar del Norte que en los tradicionales climas templados mediterráneos. Si el rendimiento de lo sembrado en el XVII en Europa Oriental era sólo de 3:13 y en Francia, España o Italia de 4(5):1; en los Países Bajos ya se conseguían en ese siglo varias cosechas anuales y se logra un rendimiento de 11:1. El mundo ya había cambiado….

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Pero este Mundo moderno, no por ello ha sido inmune al efecto del clima. Por muy poderosos que nos creamos, el clima ha afectado a numerosos acontecimientos de la Historia en los siglos XVIII y XIX, llegando en algún caso al siglo XX. Desastres climáticos no especialmente conocidos influyeron en crisis agrícolas que hasta hace muy poco siguieron provocando hambrunas y carestías en los productos básicos que están en los orígenes de muchas de las barricadas y revoluciones que transformaron el mundo. Hasta en el propio siglo XX, la crisis y sequía de los Estados del Medio Oeste americano en la crisis agraria de los años 20 está en la base de la Crisis del 29, sin la que no podría entenderse la Segunda Guerra Mundial. Pero si vamos más atrás la Revolución francesa de 1789 y  el ciclo revolucionario de 1848 tienen entre sus causas principales una crisis de subsistencia ocasionados por el cambio del clima en todavía plena Edad del Hielo.

Por ejemplo, hay que citar la erupción del volcán Loki en 1783-1784. Este volcán vertió 14 km³ de lava basáltica y causó la muerte del 25%  de los habitantes de Islandia. Vertió en Europa 128 millones de toneladas de dióxido de sulfuro y provocó malas cosechas hasta 1786 en toda Europa (y fuera de Europa, el monzón se debilitó y afectó a India, Arabia e incluso Egipto donde la disminución de lluvias en África oriental produjo una gran disminución del caudal del Nilo que conllevó la muerte de 1/6 de su población en 1785. El Missisipi llegó a congelarse en Nueva Orleans y hubo pequeños icebergs en el Golfo de México…Si a estos unimos la erupción de otro volcán islandés, el Grimvston en 1785 y a un extraordinamente largo fenómeno de “El Niño” entre 1789 y 1793, la condición, siempre al borde de la línea que separa la mera supervivencia de la muerte por inanición del campesinado francés , se hizo crítica . Y en 1789, cuando se reúnen los Estados Generales para aumentar los impuestos, la situación de los habitantes de París era suficientemente explosiva. Cuando el pueblo exigió pan y no se pudieron proporcionar ni siquiera los brioches , el caldo de cultivo para la Revolución estaba perfectamente cimentado en toda Francia.

Y si el nacimiento de la Revolución y la caída de los Borbones estuvo marcado por un cambio climático provocado por un volcán, también lo estuvo su vuelta. La batalla de Waterloo estuvo marcada por el “Año sin Verano” que provocó la erupción del volcán Tamboara en Indonesia en 1815. No dejó de llover en Europa Occidental durante todo el Imperio de los Cien Días. La táctica de Napoleón era una campaña rápida luchando sucesivamente contra prusianos e ingleses en Flandes. para lograr negociar una paz razonable. Logró vencer por separado a los prusianos en Ligny, pero con la lluvia no logró separarse de ellos lo suficiente y llegar a encontrarse con los ingleses cerca de Bruselas, sino en Waterloo. El campo estaba tan mojado que no sólo no pudo imponerse por su superior artillería y caballería, sino que tuvo que esperar a empezar la batalla casi hasta mediodía para que el campo se secase algo y pudiera ser de utilidad la artillería. La falta de movilidad permitió al ejercito prusiano  de Blücher llegar a Waterloo y socorrer a Wellington. Un julio normal habría dado la victoria a Bonaparte y posiblemente un siglo XIX británico hubiera sido sustituído por uno francés.

Los últimos años de la Pequeña Edad de Hielo fueron también de una crisis climática que conllevó crisis agrícolas en toda Europa. En Irlanda y Escocia entre 1844 y 1847 la crisis se amplificó porque un hongo americano (el “Phytophthora infestans “) arruinó durante años las cosechas de patata, que agravó una ya difícil situación agraria. La hambruna, entre muertos y emigrados a América, hizo disminuir un tercio la población de Irlanda (y un 50% en las Hébridas o las Shetland). El Reino Unido, que como todas las grandes potencias era proteccionista mientras realizaba su revolución industrial, sólo aprobó la Corn Law (1846) para liberalizar la importación de cereales cuando lo peor ya había pasado dejando morir a millones de irlandeses. En Francia y en el resto de Europa Occidental la penuria alimentaria se dejó sentir desde la primavera de 1847. Se disparó el precio de la harina en todos los países: en Francia, por ejemplo, el hectolitro que valía 17,15 francos subió a 39,75 francos e incluso a 43 francos a finales de año… La crisis de subsistencias se tradujo pronto en desórdenes populares. Semanas después, en febrero,  la revolución alcanzaba Francia, luego Viena, Hungría y pronto los estados alemanes e incluso Suiza. Entre febrero y marzo de 1848, la monarquía francesa se derrumba con la abdicación de Luis Felipe, Metternich abandona el poder en Viena, Alemania se dota en Francfort de un primer parlamento democrático… La última crisis alimentaria de la larga Pequeña Edad de Hielo provocó el fin de la Europa del Congreso de Viena del absolutismo y  la Revolución de 1848…

Pero es que incluso la Crisis del 29, junto a otros múltiples factores, tuvo una causa climática. El llamado “ Dust Bowl”, de finales de los 1920s y principios 1930s, provocado por una prolongada sequía, erosión del terreno y tormentas de polvo provocó un éxodo que fue la mayor migración en la Historia americana. La fiebre del oro desplazó a 86.000 personas, el Dust Bowl a 3,5 millones de  personas de Oklahoma, Arkansas, Missouri, Iowa, Nebraska, Kansas, Texas, Colorado y Nuevo México, en la mayoría de los casos a California. La crisis de los precios agrarios fue anterior al crac bursátil y su continuación tras el crack, como dibujó Steinbeck en las “Uvas de la Ira”, empeoró cualquier posible recuperación de la economía americana. Y todos somos conscientes de su influencia en el resto del mundo, especialmente en Europa, siendo la crisis de 1929 causa directa del ascenso del nacionalsocialismo en Alemania y de los acontecimientos que llevaron a la guerra de 1939... El clima, si no determinando, siempre ha tenido un muy importante papel en la Historia humana. Y lo seguirá teniendo. Y no hay que refugiarse en los cambios de la desertización del Sahel africano. Y puede seguir teniéndolo…