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Libertad y derechos frente al poder global (una proclama del Grupo de La Brède)

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El globalismo es un poder invisible que carece de controles democráticos. Es el Deep Power, el poder sumergido, invisible, que pocos identifican y que está controlado solo por quienes lo ejercitan. Es el poder escamoteado a los ciudadanos, el poder que decide desde los instrumentos opacos de las grandes fundaciones, las multinacionales, las ONG’s internacionales, las corporaciones globales. Es el perfecto Leviatán, el invisible, el inasible. No garantiza derechos. No garantiza libertades. Ofrece a cambio edulcorantes políticos, sucedáneos a medio camino entre el sentimentalismo y la ideología de autoayuda. ¿Quién controla a Soros? ¿A quién rinde cuentas Bildelberg? ¿A qué clase de escrutinio se somete Zukerberg? ¿Quién ha votado a Bezzos? 

Desde que esos gigantes económicos, subvención tras subvención, han conseguido hacerse con el control político  de las sociedades avanzadas a través de los medios de comunicación y de los instrumentos opacos y sustituir el vigor de las naciones democráticas, de los cuerpos electorales, por asociaciones de identidades fragmentadas (en el caso del género, el lobby LGTBI; en el del clima, las plataformas ecoprogresistas, etc), la democracia ha sido difuminada, la soberanía ha sido escamoteada y la libertad se ha convertido en mera realidad virtual. Los partidos políticos se han rendido ante ellos. Los presidentes despachan con Soros. Los líderes políticos acuden año tras año a recibir los cuadernos de instrucciones a Bildelberg. Es el Deep Power quien marca la agenda política mundial, y lo hace en función de sus propios, prosaicos intereses, que luego se revisten de ideología de progreso. 

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Los intereses nacionales han sido sustituidos por los intereses de las corporaciones, las identidades nacionales por las falsas identidades fragmentadas, que no son, que no eran, sino rasgo de carácter y pertenecen, pertenecían, a la espera de la privacidad, a lo más íntimo del hombre: Hoy esos fragmentos de la personalidad han sido hipertrofiados en forma de identidades postmodernas con la finalidad de ser colectivizados. Un colectivo siempre tiene algo de rebaño, y se maneja mejor. Ser vegetariano es una opción alimenticia personal, ser gay una opción sexual que pertenece a la esfera de la estricta intimidad (como cualquier otra), ser  conservacionista de la naturaleza es una contribución social, ser un defensor de los derechos de la mujer es un rasgo de inteligencia; pero cuando todos esos rasgos de carácter se hipertrofian en forma de ideología cerrada, con sus dogmas, su clero, su Caton, y se cosifican y colectivizan, no solo se está diluyendo lo más personal del ser humano, su intimidad más radical e individual, sino que además se está fabricando una nueva identidad virtual y colectiva de sustitución de la identidad nacional. 

Ese cambio ha sido impulsado con ingentes cantidades de dinero desde el Deep Power internacional. La nación era el obstáculo que el gran capitalismo aún no había derribado. Ahora, en esta nueva fase histórica de su hiperpoder, el gran capitalismo global ha brindado una nueva ideología-refugio, la de las identidades fragmentadas, a la izquierda mundial, que sigue catatónica desde la caída del muro de Berlín, y se ha dejado comprar. Ese discurso global de la izquierda no solo supone una invasión intolerable de la intimidad de cada cual, una destrucción irreversible de la privacidad (por qué tiene uno que convertir lo más íntimo de sí mismo en discurso político es algo que nadie ha explicado aún), sino que además abandona y rompe la unidad intrínseca del hombre, su naturaleza, su esencia en meros fragmentos de sí mismo, que le dejan inerme frente a la inmensa concentración de poder de multinacionales (empresas, fundaciones, fondos, medios de comunicación)  y poderes en la sombra. El ser humano –su inigualable naturaleza- ha estallado en mil pedazos y se ha creado una enorme maraña, un nuevo Leviatán, para dominar sus fragmentos. 

Para llevarnos a tal desapoderamiento se ha desarrollado una ideología del miedo, una ideología apocalíptica, que es también una ideología de la culpa y de la decadencia, un declinismo colectivo e individual al mismo tiempo. Veganos, ecoprogresistas, feminazis, generistas, multiculturalistas, todos juntos han dado cuerpo al dogma de la nueva izquierda. El ecoprogresismo nos aterroriza con todo tipo de catástrofes y apocalipsis naturales, de las que además somos responsables cuando no culpables; el veganismo animalista nos equipara en derechos con todo topo de bichos y nos degrada a la condición animal, y además hace que nos sintamos asesinos de multitud de especies y sangrientos caníbales; el feminazismo nos hace sentir permanentemente como potenciales y abyectos violadores, machos primitivos, cromañones de ADN violento, oligofrénicos diseminadores de esperma sin sentido. Los lobbys LGTBI nos arrinconan a la condición de pardillos sexuales, incapaces de salir de armarios que no existen, y nos empujan por una parte a cosificar el placer y por otra a hormonar a los jóvenes hasta desnaturalizarlos y enloquecerlos. Los lobbys abortistas pretenden que nos sintamos cavernícolas enfrentados a las mujeres, una especie de inquisidores ultramontanos insensibles e idiotas que solo ven en ellas a la hembra que reproduce la especie. ¿Quién da más? La izquierda ha pulverizado al individuo. 

¿Ha habido alguna vez ideología que amedrente más la libertad del ser humano? ¿Ha habido época reciente en que el hombre haya vivido más arrinconado? ¿Cabe mayor coacción?

Las grandes corporaciones del Deep Power están sustituyendo las identidades nacionales, que son históricas, culturales, artísticas, políticas, de una enorme hondura, complejidad y trascendencia, por rasgos de carácter  oportunistas, presentistas, secundarios, para desarraigarnos, primero, de nuestra naturaleza de hombres libres, y después, de los instrumentos de que nos habíamos dotado para garantizar esa libertad: la nación como cuerpo, la soberanía nacional como representación y esa configuración política que es el estado, la última barrera frente al poder invisible del capitalismo sin alma. Los rebaños se dispersan y cada oveja cree pertenecer a un mundo virtual, a un colectivo que en realidad no existe….a una falsa y ensoñada nación: la de los veganos del mundo, por ejemplo, la de los transexuales que no comen pollo, la de las feministas que buscan derribar un heteropatriarcado soporífero y muerto, la de los apologetas del cambio climático, o todos ellos juntos celebrando, orgullo tras orgullo, con convicción de secta religiosa, como davidianos de cualquier propuesta que se ponga de moda, un espejismo de nuevo amanecer que acaba en videojuego. El resultado es más falta de control, más omnipotencia, más oligarquía, más poder en la sombra.

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Que todo esto lo venda un tipo deleznable como Soros (lo único que tiene Soros es dinero, pero carece de todo lo demás) es comprensible. Pero que se haya convertido en la ideología de la izquierda progresista mundial es, sencillamente, inaudito: sólo un idiota podría comprenderlo.  La izquierda se ha puesto al servicio del gran capital. Y no; el capitalismo no morirá por sus contradicciones internas, como quería Marx. Es la izquierda la que morirá en brazos del capitalismo por su ambición desordenada de poder. 

Gracias a ella, hemos pasado de ser el centro de la creación a comportarnos como animales de compañía de las grandes corporaciones, mascotas progresistas del capital, consumidores decadentes y pijos en vez de ciudadanos vigorosos, libres e iguales. 

El globalismo diluye los cuerpos intermedios, atrapa la sociedad civil a través de sus poderosas fundaciones, amaestra naciones, domina estados, deshace identidades y traba la libertad de pensamiento mediante la poderosa invasión de nuestros hogares  por los medios de comunicación. Es una demolición de la política. Es una demolición de la división del poder, de su control, de sus pesos y contrapesos, y en consecuencia es el mayor enemigo de la libertad. Tenemos que actualizar a Montesquieu. 

“Si tenemos un Príncipe –le dice Plinio a Trajano cuando le enseña historia- es para evitar tener un amo”. Para eso se constituyen las soberanías nacionales, los cuerpos intermedios, la sociedad civil, en fin, todo eso que surge de la Ilustración y el globalismo derriba. Pues bien, ya ha llegado el amo. El absolutismo ya tiene un nuevo rostro, sofisticado, invisible, líquido, que como aquél reparte unas migajas de confort, un camino seguro para encerrar al hombre entre sus rejas. No había que dominar físicamente al bípedo sin alas. Había que dominarle mentalmente. Identidades fragmentadas, un gran supermercado de placer y de consumo al alcance de todos, concentración económica, un nuevo credo político, grandes medios de comunicación y mucha propaganda para pardillos recostados sobre su chaise long.

Las izquierdas, todas las izquierdas, han sustituido la llamada de la justicia social por la llamada de la nueva farsa identitaria. Cada identidad es una mutilación, una capitidisminución de la integridad, totalidad y complejidad del ser humano, y también de la sociedad. No se puede reducir la condición humana ni la identidad de nadie al hecho de ser homosexual, negro o animalista, o las tres cosas a la vez. La complejidad de una nación aporta mucha mayor riqueza identitaria, si quiera fuera para rebelarse contra ella, que esas castas sectoriales de las neotribus postidentitarias que están desarraigando al ser humano de su propio ser. Y sin embargo todas campañas electorales de los partidos de izquierda, sin excepción, se centran exclusivamente en asuntos de minorías, homosexuales, lesbianas, inmigrantes, veganos, transexuales o bisexuales, pero sin dirigirse a votantes tradicionales por su nombre, trabajadores, gentes corrientes que han dejado políticamente de existir y que pudiendo compartir algunas de esas circunstancias no se sienten determinados por ellas. Vegetarianos, homosexuales, negros e inmigrantes ha habido siempre, pero no era causa de una falaz identidad política, un carné de pega que, al tiempo de ser recibido, le hurta a uno de su compleja condición de socio cultural y nacional. 

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La gran división en el interior de nuestras sociedades, la verdadera brecha social se produce ahora, no entre hombres y mujeres, sino entre esas nuevas oligarquías sin principios y la población que sigue creyendo en determinados valores, como el patriotismo. La brecha está ahora entre personas que han aceptado e interiorizado el nuevo canon de la identidad progresista, quienes comulgan con él como davinianos laicos y quienes o no lo han aceptado o han quedado desconcertados frente a él. Los huérfanos del nuevo canon identitario han comenzad a ponerse en pié. Esa es la gran fractura. La que se da entre quienes están cómodos en el dominio global y quienes no. 

El pueblo soberano ha sido sustituido por asociaciones controladas desde un poder ajeno. De la identidad nacional objetiva se pasó a la de clase y de éstas sea pasado a las identidades subjetivas fragmentadas: género, sexo, dieta alimenticia, relación con el planeta y con los animales. De ese abandono de la nación y de la clase, de esa traición de las élites que se han desprendido de las personas corrientes, surge ahora la rebelión de los iguales, todos distintos entre sí, todos plurales, con identidades bien diferenciadas pero no encapsuladas en identitarismos postmodernos, personas que  no entregan su vida a secta alguna (por mediática que sea) y se niegan a sustituir la democracia nacional por una nueva modalidad de democracia orgánica, gente corriente, no subvencionada, que no encaja en ninguna de las casillas creadas por la izquierda o el centro progresista para el mejor manejo de las masas mediante el desmantelamiento de las naciones. 

La Asamblea General de la ONU acaba de poner de relieve la gran división geopolítica y geoeconómica que se está produciendo entre el globalismo y el nacionalismo, es decir, entre la gente que no quiere fronteras, no quiere Estados nacionales, no quiere identidades nacionales y la gente que sí quiere naciones fuertes, Estados fuertes, tradiciones. El antiglobalismo no ha hecho más que empezar, pero acabará ganado la partida, porque esa partida es la de las personas corrientes que han visto que ya no tienen poder frente a las grandes corporaciones del invisible Deep Power, como sí lo tenían frente al estado visible; unas compañías impersonales que les dicen, incluso, a través de las redes, los medios de comunicación y los operadores de la cultura oficial cómo pueden pensar, cómo comportarse, como educar a sus hijos, cómo formar una familia, cómo creer y en qué se puede o no se puede creer. 

En adelante, si no le paramos los pies, el Deep Power hará un diseño de Dios a su medida. 

Digámoslo claramente: No existe democracia sin soberanía nacional. No existe libertad sin control del poder. No hay supervivencia más allá de la protección de los estados. Y por eso los quieren sustituir.