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SÓLO SABEMOS QUE NO SABEMOS

Un ensayo científico al margen del dogma oficial (I). Por Ángel de Goya

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Por Ángel de Goya Castroverde. Autor del ensayo científico sobre Filosofía de la Historia, en dos volúmenes: ‘Ahogarse al borde de la orilla’ (Ed. Catarata 2013) y ‘En el abismo del progreso’ (Ed. Catarata 2015).

Nunca es es fácil hacer una previsión a largo plazo del futuro del medio ambiente del planeta. El ser humano apenas puede hoy predecir el tiempo con una alta probabilidad unos pocos días. ¿Cómo va a poder prever a largo plazo? Hay muchas circunstancias físicas que pueden cambiar el planeta tal y como lo conocemos. Y de hecho, el clima ha cambiado numerosas veces, no ya en los 4.500 millones de años de historia del planeta, sino incluso en los quince mil años que nos separan del comienzo del fin de la última glaciación. Somos demasiado pequeños para saber los porqués. A lo mejor no lo somos desde hace unas pocas décadas para provocar los cambios. Pero lo que sí es evidente es que somos demasiado pequeños para lograr sustraernos a esos designios de la Madre Tierra de modo que evitemos que esos cambios nos afecten profundamente.

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Uno de los mantras simplificadores del siglo XXI, que se repiten incansablemente una y otra vez es la reducción de todo el stress medioambiental planetario a sólo uno. El calentamiento global causado por la emisión de gases, especialmente CO2, con el consabido efecto invernadero. En un mundo de exclusivamente grandes titulares, esa simplificación es útil. Permite tanto la concienciación de la población, como no tener que centrarse en otros aspectos de ese stress planetario que afectarían mucho más al estilo de vida. En ese sentido es útil la simplificación. Si bien los datos del aumento de temperaturas medias en las últimas décadas están ahí, salvo para negacionistas extremos, existen otros síntomas de stress que pueden ser al menos tan preocupantes como los del calentamiento global. Y es necesario insistir sobre ello, aunque esa simplificación haga ello cada vez más difícil.

Pero, incluso centrándose exclusivamente en el calentamiento global, existen datos no menos reales, que tampoco se publicitan demasiado y que, como mínimo pueden crear ciertas dudas sobre la veracidad de todo lo que se dice oficialmente sobre el calentamiento global. Aunque no por ello, por negar alguno de los compases, hay que negar la realidad de la melodía. Hay que aprender a reconocer lo poco que se sabe sobre las complejas interacciones climáticas cuando, eso, no se logra predecir el tiempo más allá de diez días. La aritmética de un sistema caótico, con sus infinitos efectos mariposa, hace que haya que ser, como mínimo, prudentemente escéptico sobre los modelos climatológicos que nos da la supercomputación. Y, en cualquiera de esos modelos, como los establecidos por el IPCC (el Panel de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) existe un componente de incertidumbre de un factor 3 de subida de temperaturas en el presente siglo. De 1,8ºC a 4ºC. Lo que independientemente de mostrar su falta de concreción ante el nivel actual del saber en la materia, llevaría a escenarios muy distintos (y, por tanto, a propuestas de actuación que deberían ser muy distintas, con una mucho mayor o mucho menor ruptura con el estilo de vida actual, según sea el escenario correcto). Y, hay datos que nunca se ponen sobre la mesa ni se incluyen en las diferentes modelizaciones. Los matemáticos que operan los grandes supercomputadores saben muy poco de esa nueva ciencia que es la paleoclimatología, pese a que ésta puede dar muchas respuestas en un laboratorio a escala real de cómo responde el sistema complejo llamado Tierra a las diferentes interacciones y amenazas. Y tampoco saben mucho de astronomía solar, que es una rama de la astronomía que, como la ciencia madre, muestra la finitud de la especie humana, el cómo podemos ser meras hormigas espectadoras de procesos de una escala mucho mayor a la nuestra. 

En cualquier caso hay datos que son evidentes. La concentración de CO2  en época de Watt era de 280 ppm y hoy es de 380 ppm. Y eso tiene consecuencias en el calentamiento del planeta, como demuestra el dato de que los últimos 4 años de 2014 a 2018 han sido los años más cálidos desde que existen mediciones fiables, hacia 1850.  Todo eso es cierto. Pero no se conocen las interrelaciones profundas entre los distintos agentes climatológicos. Y el aumento del CO2 puede ser un mal menor: es posible que se corra el riesgo de que el aleteo de una mariposa antropogénica dispare un problema ajeno al hombre en su causa primera, por mero efecto de bola de nieve, disparando las interrelaciones entre los distintos factores climáticos de un modo muy distinto al actual. Puede ser mucho más preocupante la concentración de CH4, del metano, que la del CO2. El metano que se halla en estado sólido, congelado en el permafrost de las regiones árticas tiene un poder de calentamiento 24 veces mayor que el CO2. Y su descongelación y salida a la atmósfera puede actuar como multiplicador del calentamiento global. O también puede superar el efecto del CO2, la reducción de las banquisas polares, que una vez en funcionamiento retroalimenta la disminución del albedo blanco en la refracción solar. Si el blanco de esas banquisas disminuye, el azul del mar hará “rebotar” menos a los rayos solares que el blanco del hielo y la nieve. Lo que a su vez disminuirá más aun la banquisa e incrementará el azul oceánico. Un efecto de retroalimentación perfecto…

Pero existen otros efectos que no puede el hombre controlar y que ni siquiera se comprenden completamente y que nos pueden afectar, como ya nos afectaron en el pasado. Por ejemplo, en el Ártico, la interrupción durante centenares de años de la corriente del Golfo como respuesta del planeta al deshielo polar. Ha pasado ya tres veces desde el final de la última glaciación y puede provocar que Madrid tenga el clima de Pittsburg, Londres el de Terranova y Oslo el del norte de la Bahía de Hudson…No se sabe. Eso es lo único de lo que hay que ser conscientes. Debemos dejar de ser aprendices de brujo y volver si no a los presocráticos, sí al propio Sócrates, y a su “sólo sé que no sé nada”.

Olvidarnos de esa mística cientificista, siendo conscientes de que no controlamos los efectos finales de lo que estamos haciendo. El “efecto bola de nieve” puede estar ahí delante. En un sistema caótico, como es la sujeción de nieve en una montaña a la masa rocosa, nunca se puede prever si un bulldozer en la nieve, provocará un alud, o si será la próxima palada, el próximo paso o el próximo susurro en un tono imperceptible para el oído humano el que lo provoque. Ese el realmente grave problema. Estamos haciendo de aprendices de brujo de algo que no controlamos. Ese es el verdadero problema para la humanidad en la ruptura de los equilibrios ambientales del planeta, no la concentración de CO2. Y, en cualquier caso, para entender el futuro del clima hay que conocer su pasado. Sólo así se podrá colocar en su sitio el calentamiento de los últimos doscientos años. Hace 4.000 millones de años, cuando surgió la vida, el Sol era un 30% menor que en la actualidad y, por tanto, su fuerza calorífera era, como mínimo, un 30% menor. Lo que implicaría casi cien grados centígrados menos de diferencia de temperatura media con respecto al 0º Kelvin. Sólo virus y bacterias que hoy se llamarían extremófilas podrían sobrevivir. Nada de lo que hoy entendemos como vida sería viable. La temperatura y la bajísima concentración de oxígeno (del 1% contra el 21% actual) impedían la aparición de organismos multicelulares. Pero de entre esas bacterias extremófilas primitivas hubo unas que jugaron un gran papel y son las responsables de que hoy estemos aquí: las bacterias metanógenas que metabolizan los elementos químicos existentes y excretan ese metano que tiene un poder calorífico 24 veces mayor que el del CO2. Y, como a ese metano biogénico se unía una concentración de CO2 cuarenta veces mayor que la actual, esa combinación hizo posible el éxito del milagro del experimento de la vida. Y no sólo permitió que el experimento subsistiese, sino que  floreciese en un planeta cuyo clima, sin esos factores, habría sido mucho más frío que el que actualmente tiene Marte.

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Sólo hace 2.000 millones de años el crecimiento de la actividad solar permitió la vida tal y como la conocemos. Una distancia al sol un poco mayor o un poco menor, con la actual composición de la atmósfera, haría el experimento de la vida no viable. Incluso si se hubiera mantenido la composición de su atmósfera de esos primeros 2.000 millones de su historia, el progresivo calentamiento por la mayor acción solar habría hecho la vida no viable a la distancia que está el Sol de la Tierra. Pero entonces surgió un nuevo milagro. Un nuevo factor biogénico que permitió el mantenimiento de la vida: las algas verdiazules, las cianobacterias, que comenzaron el milagro de la fotosíntesis hace 2.500 millones de años, cuando ya el planeta empezaba a calentarse más allá de lo soportable para la vida. Ellas y sus descendientes, todas las plantas actuales, lograron disminuir el contenido en CO2 de la atmósfera y oxigenarla, justo en el momento de la Historia de la Tierra en que fue necesario para que la creciente actividad solar no “quemase” el planeta. Ella y los crecientes albedos polares son los responsables que la temperatura terrestre fuese la adecuada para que pudiesen florecer los organismos pluricelulares, disminuyendo el dióxido de carbono y haciendo aumentar el oxígeno. La verdadera historia de la vida es la historia de los sucesivos milagros que nos permiten estar aquí. De esos milagros y de una inaudita adaptación de las diferentes formas de vida a las distintas transformaciones del clima. En estos últimos 2.500 millones de años, y especialmente tras la explosión cámbrica, ni el nivel de CO2 ni la temperatura media han sido constantes en el planeta Tierra. Y sin embargo la vida prosperó tanto en periodos cálidos como en periodos fríos. 

Porque hubo glaciaciones casi desde el comienzo de la vida. Por ejemplo, hubo tres entre hace 2.700 y 2.300 millones de años, pese a que entonces el metano atmosférico era 1000 veces superior al actual. Y en los periodos Sturtiense (hace 710 millones de años), Marioense (hace 635) y Varangiense (hace 600), con una concentración de CO2 decenas de veces superior a la actual, se produjeron glaciaciones mucho más importantes que las del cuaternario, de modo que casi desapareció la actividad biológica. En esos periodos se congelaron todos los océanos (salvo quizá un muy estrecho cinturón ecuatorial estacional) y la vida sobrevivió, bien en ese estrecho cinturón, bien en  lagos no muy profundos bajo la banquisa (donde cupiera la fotosíntesis de las algas). Por el contrario, pocos millones de años después, la explosión cámbrica (hace 540 millones de años) se produjo con una temperatura que era 10ºC más cálida que la actual, superando los 20ºC de media mundial (en la actualidad son 12ºC) y con una concentración de CO2 superior a los 7000 ppm, veinte veces la actual. Esa temperatura se mantuvo hasta mitad del Carbonífero, hace 325 millones de años (aunque con una reducción del CO2 hasta 3750 ppm), con la única excepción de la Glaciación Ordívicico-Silirico (hace 450-430 millones de años) .Y ello, sin embargo, no dejó de implicar una asombrosa acumulación de biomasa, la que curiosamente hoy utilizamos para a su vez calentar la tierra mediante los combustibles fósiles, el carbón, el gas y el petróleo. Lo que lleva sin ningún género de dudas a una conclusión indudable que no suele alcanzar a los medios de comunicación de masas: el aumento de temperatura,  el aumento de CO2 no es incompatible con la vida e incluso puede ser más favorable para la acumulación de biomasa. Puede implicar un cambio en la distribución geográfica de los nichos ecológicos, pero no algo que no haya ocurrido antes en tiempos relativamente recientes. Las Revoluciones neolíticas tuvieron por causa un cambio climático. La mundialización de la civilización europea tras 1492 no hubiera sido posible sin la Crisis del siglo XIV y la transición del Óptimo Medieval a la Pequeña Edad de Hielo.

El calentamiento o el enfriamiento global dentro del margen de una decena de grados en la temperatura media planetaria crea vencedores y vencidos. Sube o baja la latitud de los biotonos, pero no afecta a la existencia de la vida, sino sólo beneficia a unas especies en detrimento de otras. E incluso puede servir de perfecta ocasión para una evolución acelerada. Hace 325 millones de años, en un muy breve espacio de tiempo, bajó la concentración de CO2  a 350 ppm y la temperatura a los actuales 12º C, para luego en el Carbonífero Tardío y el Jurásico volver a una concentración de 2500 ppm de CO2 y a 22ºC de temperatura, que fue el medio ambiente en que se desarrollaron los dinosaurios. Pero después, hace aproximadamente 250 millones de años, comenzó una tendencia a largo plazo que continúa hasta hoy de disminución de la concentración de CO2 y sin embargo se mantuvo estable (salvo cortos periodos) la temperatura media en 22ºC a largo plazo durante 200 millones de años,  desde hace 250 hasta hace 55 millones de años. Es necesario repetirlo. Durante 200 millones de años, hasta hace sólo 55, la vida floreció en el planeta Tierra pese a esas altas concentraciones de CO2 y a esas temperaturas, 10ºC más altas que las actuales. 

Simplemente la vida era distinta. Los reptiles podían florecer sin que el metabolismo de sangre caliente de los mamíferos fuera una ventaja comparativa importante como ha pasado durante los últimos millones de años. Sí, la vida en el Planeta Tierra floreció. Hubo grandes extinciones en masa en los pasos del Carbonífero al Pérmico o del Pérmico al Terciario superiores a la que causó el invierno planetario provocado por el meteorito de hace 65 millones. Y esas extinciones en masa afectaban a más incluso del 85% de las especies animales, pero siempre sobrevivió la vida. Incluso hay un dato más curioso: si bien las gráficas de concentración de CO2 y de temperatura muestran unas mismas tendencias en cientos de millones de años hacia una disminución del CO2 y la temperatura, con relativa frecuencia las tendencias a largo se rompen  en periodos concretos. Posiblemente son otros agentes (fluctuaciones de la radiación solar, aerosoles permanentes provocados por la actividad volcánica, choques de asteroides) los que explican esas diferencias. Y la vida siempre continuó. Simplemente cambiaron los biotonos de las diferentes especies adaptados a medioambientes distintos. Ni más ni menos que lo que ha pasado en los últimos milenios, cuando ya tenemos referencias escritas. El biotono que separaba el mundo de la encina y el roble ha fluctuado entre casi el Báltico y el Rif en dos milenios. Ha habido viñas en Inglaterra o Labrador hace mil años. E incluso si se va un poco más atrás, hace 130.000 años, en el periodo interglaciar Eemiense había hipopótamos y otros animales actualmente tropicales en el Támesis, con una temperatura que si mundialmente llego a ser 1-2ºC superior de la actuales, en algunas partes del norte de Eurasia hubo un incremento de 4ºC ó 5ºC sobre las condiciones presentes. En ese periodo llegó a haber bosques de coníferas en la costa norte groelandesa o en el Cabo Norte. Algo que ha pasado en más periodos, algunos incluso muy recientes, como el calentamiento de alrededor del 4000 AC, que hasta permitió, como se deduce de los fósiles, que ballenas jorobadas pudieran pasar el Paso del Noroeste, algo que todavía no pueden hacer los mercantes comerciales en este cálido siglo XXI.

Hay que intentar saber dar perspectiva a las cosas. Saber que el hombre sabe todavía muy poco sobre climatología. El problema no es lo que está sucediendo. El problema es que se esté iniciando una bola de nieve. De eso hay que ser conscientes en contra de la verdad oficial. El problema es que en tres siglos en progresión meramente aritmética se llegaría al máximo de temperatura desde la explosión cámbrica. Y que en cualquier caso, la progresión puede no ser aritmética sino exponencial. Lo preocupante es el “fenómeno bola de nieve”, el estar haciendo de aprendices de brujo con el planeta, eso es lo realmente preocupante. Puede que la concentración del metano atmosférico se dispare, que el albedo a los rayos solares de los casquetes polares disminuya, que se rompa el ciclo del nitrógeno, del NO2 y que en pocos siglos, aunque sea más allá del periodo medio de una existencia humana, no haya marcha atrás. Ese es el verdadero peligro. Porque lo que sí está claro es que sea cual sea la mayor o menor influencia humana, esas cuatro mayores temperaturas medias en el planeta desde 1850 han acaecido en este siglo XXI. Y que el calentamiento en el Ártico ha sido el doble que la media planetaria, por el efecto albedo de la descongelación de los casquetes polares. Eso es lo único cierto.

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Aunque también sea verdad que coincide con el fin de la Pequeña Edad de Hielo 1300-1850 y con los fenómenos de mayor actividad solar desde que Galileo dirigió su telescopio al sol (coincidiendo por ejemplo con un sospechoso calentamiento en paralelo en Marte desde que llegó el Pioneer en los 1970s a la actualidad).Es muy difícil distinguir que es antropogénico, que es un miniperiodo interglaciar y cuáles son simplemente ciclos menores. Existen ciclos que pueden ser de décadas, como los ciclos de sequías que cada diez o veinte años se producen con regularidad en el Sahel o el Kalahari (y que conocían los indígenas pero no los meteorólogos, agrónomos o zoólogos occidentales de mediados del siglo XX ). O como los fenómenos del Niño y la Niña en Perú, conocidos por sus habitantes pero que la Ciencia occidental no reconoció hasta la primera mitad del siglo XX. Hay que dar esa perspectiva a la hora de ver la realidad. Y aceptar y comprender la existencia de esos ciclos. Existen muchos factores que se desconocen y, simplemente teniendo un poco de perspectiva, no de centenares de años, sino de centenares de millones de años, se advierte como existieron glaciaciones con niveles disparados de CO2 y la vida sobrevivió a los mismos. Y hay que ser conscientes de la existencia de muchos otros factores, como la actividad solar, la circulación termohalina o la atmosférica, la acumulación de materia orgánica, los aerosoles naturales y la mayor o menor actividad fotosintética que pueden ser tan importantes como el dióxido de carbono en la evolución del clima. Sólo que nuestros matemáticos en sus supercomputadores aun no pueden hacer las modelizaciones que querrían poder hacer. 

Es importante insistir sobre ello y centrarse en otros factores distintos del calentamiento global, especialmente en la actividad solar. El tamaño del sol  ha evolucionado y seguirá evolucionando, como se ha visto. Su mayor o menor actividad temporal es conocida desde Galileo; la mayor o menor cercanía a su órbita, y la mayor o menor inclinación del eje terrestre con respecto a él varía cada pocas decenas de miles de años. El estudio de esta influencia solar ha de ser previo a cualquier otro. Pero pese a ello, a todas estas lagunas en el conocimiento, resultan curiosas las conclusiones de los trabajos del serbio Milankovich en los años 1950s. Tras el descubrimiento del telescopio por Galileo se detallaron numerosas manchas solares en las primeras décadas, que fueron desapareciendo según se iba incrementando la fase fría de la Pequeña Edad de Hielo, hasta prácticamente desaparecer en el XVIII y sólo paulatinamente irse recuperándose en número hasta mediados del XIX en que acabó la Pequeña Edad de Hielo. Y se incrementó al tiempo la actividad solar… ¿Cuál es el valor de estos ciclos y su influencia en el calentamiento? No se puede establecer una causa-efecto, pero siempre coincide una mayor actividad solar con un mayor calentamiento terrestre en los cuatro siglos de los que se tienen registros fiables. Pero, independientemente de la actividad solar, Milankovic, a mediados del siglo XX, pergeñó la existencia de tres ciclos distintos.  Uno de 22.000 años, según la precesión de los equinoccios, y la mayor o menor cercanía del sol en los solsticios a cada hemisferio(recordemos que el sol está en uno de los focos de una elipse que tarda en girar completamente esos 22.000 años). Un segundo ciclo se basa, a su vez, en la excentricidad de la órbita, con dos ciclos a su vez de 100.000 y 400.000 años. Y el tercero en la inclinación del eje entre un máximo de 24,5º y un mínimo de 21,5º, algo que sucede cada 41.000 años…Milankovic intentó conjuntar estos ciclos y comparar con la evolución climática del planeta, y resultó que le daban como resultado fechas muy coincidentes a las de las grandes glaciaciones del cuaternario, citadas anteriormente. Lo que, pese a no poder probar una relación causa-efecto, no deja de ser extrañamente curioso.

Pero aparte de estos grandes ciclos a largo plazo, estudiosos han propuesto la existencia de ciclos a corto plazo. Por ejemplo, el ciclo de once años o ciclo de Schwabe, en el que se incrementa o disminuye la fuerza de los campos magnéticos solares, creando por convección un flujo magnético que a su vez enfría la fotosfera creando las manchas solares, hasta que dicho enfriamiento a su vez disminuye la fuerza de los campos magnéticos. Este ciclo de once  años, solo vuelve a la posición inicial tras dos ciclos, en los que los polos magnéticos solares vuelven a su lugar original (ciclo de Hale de 22 años). Pero también se plantea la posibilidad de la existencia de un ciclo de Gleissberg de 87 años…Sabemos que no sabemos. En relación a la mayor o menor actividad solar y su relación con la Tierra, pero incluso las verdaderas interrelaciones entre los gases de efecto invernadero apenas podemos  que intuirlas. Por ejemplo existe un dato que parece contradecir toda la experiencia previa en el cambio de concentración del CO2 en la atmósfera, un dato que es reincidente en la Historia pasada de la Tierra de los últimos cientos de millones de años. Y es que en varias ocasiones el aumento de concentración de CO2 no ha precedido al cambio térmico, provocándolo, sino que, por el contrario, ha sido un cambio térmico el que ha provocado un aumento de CO2. La congelación  de los mares suele impedir que exista un mayor intercambio entre CO2 de la atmósfera y el océano y, la serie de datos históricos muestra que con posteridad a esas glaciaciones la concentración atmosférica de CO2 disminuye. No es que el incremento o disminución de CO2 provoque la alteración térmica, sino que ha sido ésta, en unas pocas decenas de miles de años la que acaba provocando esa alteración en la concentración de CO2.

La razón de este fenómeno posiblemente sea porque la transformación del NO3 en el agua en NO2 atmosférico la hacen normalmente bacterias especializadas en aguas pobres en oxígeno. En aguas cálidas estas bacterias proliferan, disminuye el nitrógeno disuelto, disminuye el plancton y con ello la biomasa marina (es por ello que, como la selva cálida en tierra contiene la máxima cantidad de biomasa, son los mares fríos los que contienen la máxima cantidad de biomasa, al contrario que en tierra). Son los mares que tienen más NO3 sin transformar en NO2, los que tienen un agua más nítrica, y por tanto donde existen más componentes para que crezca el fitoplancton marino y el resto de la cadena trófica. Por eso las corrientes frías o la Antártida son las verdaderas Amazonias de los océanos. Y no se debe olvidar  que la Tierra es un planeta azul. Esta frialdad generalizada provoca mucha mayor fotosíntesis en los océanos y por tanto mayor CO2, como futuro mecanismo de compensación que logra suavizar con este fenómeno los efectos de una glaciación. De ahí la paradoja de que sea históricamente la mayor o menor concentración de anhídrido carbónico pueda haber sido en la historia del planeta, a veces consecuencia del cambio térmico, y no siempre necesariamente su causa. Algo parecido, aunque en sentido contrario, a lo ya comentado que sucede con el metano.

Sólo sabemos que no sabemos