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Un ‘impeachment’ tramposo frente a Trump: la verdadera historia

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El impeachment es un proceso político, no judicial, del parlamento norteamericano para destituir al Presidente, y como quiera que supone una grave quiebra de la división de poderes, es completamente extraordinario (en la historia de EE.UU. se han celebrado solo tres; de los 45 presidentes, Andrew Johnson, Richard Nixon, Bill Clinton, fueron sometidos a dicho proceso, y nunca ha prosperado) y está rígidamente limitado a los supuestos de traición, corrupción u otros delitos importantes.

Al parecer el origen del impeachment que ahora ponen en marcha los demócratas contra Trump está en una conversación telefónica de con el presidente de Ucrania, en cuyo transcurso el presidente norteamericano le habría solicitado al ucraniano investigar a Joe Biden, ex Vicepresidente de Obama y rival del propio Trump, por la comisión de delitos de corrupción en Ucrania, donde el hijo de Biden habría ocupado cargos o celebrado negocios durante el mandato de su padre. La llamada se realizó el 25 de julio, y según los demócratas Trump presionó al ucraniano con no darle una ayuda de 250 millones de dólares; sin embargo, es un hecho que en septiembre  se efectuó el libramiento de dicha cantidad.   

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Pero conviene regresar en el tiempo, porque la verdadera historia comienza en 2014. La revolución de la plaza Maidan acababa de generar el desalojo del poder del presidente Víktor Yanukóvich, aliado del Kremlin; Putin se  anexionaba la península de Crimea y comenzaba una guerra contra los rebeldes prorrusos respaldados por Putin. Joe Biden comenzó a desplazarse de forma recurrente a Kiev con la finalidad de respaldar y asesorar al nuevo gobierno antiruso de Poroschenko en Ucrania. 

Paralelamente, el hijo de Biden, abogado, viajó a Kiev para aceptar un cargo directivo, remunerado con 50.000 dólares mensuales, en la gran compañía gasística Burisma Holdings, propiedad de un oligarca cercano al expresidente Yanukóvich (un personaje oscuro, investigado por delitos de corrupción). 

Tanto el presidente Trump  como el ex alcalde de Nueva York Rudolf Giuliani han acusado a Joe Biden, el hombre de Obama en Ucrania, de haber presionado al Gobierno ucraniano para evitar la investigación contra su hijo, logrando incluso la destitución del fiscal general de Kiev. El propio Joe Biden  llegó a reconocer esas presiones, pero por creer, según dijo, que el fiscal no actuaba suficientemente contra las tramas de corrupción. El caso es que las presiones dieron su fruto y el fiscal general de Ucrania fue sustituido por el fiscal Lutsenko, quien más tarde reconoció en una entrevista periodística que EE.UU. le había pedido no investigar a determinadas personas. Todo ello bajo la Administración del flamante Nobel de la Paz, Barak Obama. Ni que decir tiene que dichas presiones fueron negadas. 

Rudolf Giuliani, abogado personal de Trump, ha mantenido no solo que el hijo de Biden fue sospechosamente contratado por la empresa gasística y que la Administración Obama presionó al fiscal ucraniano para no investigar el caso, sino también que la campaña electoral de Hillary Clinton se financió irregularmente mediante un desvío de fondos del FMI en el que habrían intervenido algunas autoridades ucranianas.

Es evidente que un escándalo sobre el candidato demócrata, Joe Biden, lastraría todas sus posibilidades de competir y vencer a Donald Trump. Lo que hace ahora el aparato mediático y político del partido demócrata es contraatacar. La mejor defensa, ya se sabe, es un buen ataque.

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Frente a ello, el presidente Trump ha autorizado la transcripción de la charla completa en la que se supone que presiona al Presidente de Ucrania para investigar al hijo de Biden. Pero a los demócratas no les basta con la transcripción. Quieren abrir el impeachment contra Trump y citar en la Cámara de Representantes a un supuesto confidente que desvelaría información perjudicial contra el presidente Trump. De lo que se le acusa a Trump es de traición a la seguridad nacional y traición a la integridad de las elecciones.

Este impeachment no tiene recorrido en sí mismo: aunque los demócratas dominan la Cámara de Representantes, los republicanos de Trump dominan el Senado, cuya autorización es ineludible para que prospere el proceso. La intención es, pues, claramente electoral y defensiva, y además parece desesperada.

Este impeachment no deja de ser tramposo; primero porque –casualmente- puede ser determinante en las elecciones norteamericanas de 2020 que, según todos los sondeos, volvería a ganar el presidente Trump,, y segundo, porque convierte, en consecuencia, una institución parlamentaria de carácter extraordinario en instrumento de pura propaganda electoral. 

Un impeachment tan débil como este, abierto como parece para influir en a las próximas elecciones presidenciales,  no solo sería un fraude legal sin también un proceso paralelo, un juego sucio para horadar las posibilidades electorales de un candidato, Trump, que parece tenerlas ganadas. Las cifras de paro, crecimiento económico y confianza de los americanos en la economía le son absolutamente favorables. Su popularidad sigue creciendo. El american first le ha funcionado. Y ha esquivado, por el momento, sin bajar la cerviz, los dos conflictos más peligrosos para la subsistencia del planeta (mucho más que el cambio climático): la guerra con Corea del Norte y la guerra con Irán.

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