Por Javier Villamor

No hacía falta ser adivino

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El pasado 2 de enero publicaba un tuit anticipando lo que iba a suceder en los próximos meses relacionado con la COVID19 en España y en gran parte del mundo occidental. Muchos se rasgaron las vestiduras; otros, simplemente, no se lo creían. Apenas dos semanas después, ya ha empezado a cumplirse. 

El mensaje en cuestión trataba sobre las previsiones 2021 en cuanto a las medidas que iban a tomar los gobiernos para, según dicen, limitar la infección y luchar contra la “pandemia”. El tuit en cuestión era este:

El mensaje en cuestión trataba sobre las previsiones 2021 en cuanto a las medidas que iban a tomar los gobiernos para, según dicen, limitar la infección y luchar contra la “pandemia”.

Como hago referencia en el título, no hace falta ser un adivino para comprender cómo va a actuar el poder político. Si miramos lo ocurrido en el año 2020, la “pandemia” terminó en mayo, junio. El COVID19, como otros virus respiratorios, es estacional. Es decir, es un catarro a los que estamos ya habituados pero con algunas particularidades que lo hacen más especial.

Esto no lo digo yo, lo publicaba El País hoy mismo citando a la investigadora Jennie Lavine:

Esta es la gráfica de contagios en España:

Recordemos que los contagios no son equivalentes a situaciones de riesgo, ni mucho menos muertes. No al menos muertes directamente relacionadas con el contagio.

A lo que iba. Vimos cómo desde finales de verano se empezó de nuevo a causar la alarma sobre infecciones, sobre lo irresponsable que somos los ciudadanos (después de que el Gobierno nos soltara en verano para respirar apenas un par de meses y que consumiéramos algo para que la debacle económica no fuera absoluta), y ese largo etcétera que ya sabemos (mataste a tus abuelos, a tus padres… el pánico como método de control).

También fuimos testigos de cómo el Gobierno de Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y compañía subvirtió el Estado de Derecho aprovechando la “pandemia”, de cómo compró los medios de comunicación con cientos de millones, de cómo atacó a los disidentes y, lo peor, de cómo se destruyó nuestro ya maltrecho tejido económico.

A finales del año 2020 las cifras eran devastadoras. Hemos perdido cerca del 30% PIB, 100.000 empresas desaparecidas, cerca del 30% de paro… Y todos en casa. Sin rechistar. 

Luego llegó la salvación a través de la “vacuna” -no es vacuna, es una terapia genética no probada nunca antes-. Pasamos el año después de unas Navidades un tanto particulares y poco a poco comenzó el pánico inducido a través de los medios de comunicación de nuevo (eso sí, de las fechorías del Gobierno y sus lacayos, ni mú).

Lo que se veía venir

Con este panorama era fácil prever lo que venía después. Y así ha sido: casos positivos disparados. ¿Cómo no va a haber más contagios si se hacen más tests que nunca? ¿Nos hemos olvidado ya de cuando el Gobierno confiscó tests?

Miedo, miedo y más miedo. Comunidades autónomas cerrando, horarios más restrictivos. La teoría de la rana en agua caliente. Meterla y subir poco a poco el agua hasta que se muere ya que meterla con agua hirviendo haría que saltara. Por si los lectores no se han dado cuenta nosotros somos la rana, el Gobierno es quien controla la temperatura del agua.

Se viene un confinamiento casi total, muy agresivo. Sea como sea, seguiremos confinados con toques de queda, con la imposibilidad de trabajar en muchos de los casos. Las “nuevas cepas” acabarán mutando en COVID21 (igual lo llaman así, nuevas cepas, y tan a gusto). Se restringirá más la libertad individual y colectiva. Posiblemente haya un problema de abastecimiento debido a la inactividad económica .

Nos dirán que la culpa de todo esto es de los que no se vacunan (tiempo al tiempo), que el virus está aquí para quedarse, que las restricciones tienen que continuar… Y la gente, en gran parte, pensará que esto es por salud. Por “la salud de todos”… Ya. Más bien por la salud política de una clase dirigente pésima en capacidad y nula en valores humanos. De una clase mafiosa cuyo único propósito es dominarnos física y mentalmente (delitos de odio de por medio). 

Si algo ha hecho esta “pandemia” es instaurar un régimen de pánico neurótico haciendo que los ciudadanos se vuelvan contra sí mismos en vez de volverse contra los culpables de todo esto (y no hablo del virus en este momento). 

La élite sabe que está entre la espada y la pared. No por su poder que es total y absoluto, sino porque saben que ya no dominan la mente de la masa como la dominaban antes. De ahí que nos censuren en medios de comunicación y en redes sociales; que se obsesionen con enseñar a nuestros hijos a cómo pensar según ellos quieren y no cómo cada uno libremente desee; que quieran eliminar nuestra independencia económica para ser esclavos de un Estado en manos de esta calaña que nos dará la paguita mensual para que subsistamos como podamos (legalizando las drogas entre medias para ya ser, aún más, una población dócil y egoísta).

Instauran cámaras en las calles para luchar contra el virus. Sí, contra el virus. No nos pueden enseñar el virus en TV pero pueden verlo por cámaras en las calles. Curioso. Suben los impuestos, suben los servicios básicos… 

Cuando algunos nos atrevemos a avisar de las consecuencias de estas medidas nos llaman locos, conspiranoicos, radicales y todas esas palabras candados que ya usted conoce. Eso les sirve para que su rebaño siga pensando que nosotros somos el lobo y ellos son los buenos pastores. 

Lo que se olvidan las ovejas es que quien de verdad se las acaba comiendo es el pastor, no los lobos que las vienen a sacar de su zona de confort. 

Repito: no hacía falta ser adivino para comprender desde el momento número uno a dónde nos iba a llevar todo esto.

Yo, me niego. ¿Y ustedes?