Non sufficit orbis, por Carlos Esteban

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Cada uno es como es, y a mí siempre me dio pudor hablar de España, así, en general, hablar de su historia y de la Hispanidad. Sentí siempre cierto apuro, como me lo da hablar de mi familia y de mi intimidad en público, porque España es mi intimidad y es mi familia.

Hay, sin embargo, otra razón en mi esquivar el asunto, y es que me parece imposible hacerlo sin que suene esnob, aunque en el debate oficial pretendan que lo que suena es facha. Pero soy poco impresionable a himnos y banderas, no llevo a España en un pin como me espantaría ir por la calle con el escudo familiar bordado en la camisa.

Estos últimos años, como comenta admirado a menudo José Javier Esparza, hemos vivido un desacomplejado intento, sin precedentes en siglos, de despertar de la pesadilla inducida que es la Leyenda Negra, aún oficial en nuestras letras. Pero ese retrato de Dorian Gray en el que a menudo se revuelca nuestro masoquismo patrio es, visto con la adecuada perspectiva, el más grande de los elogios invertidos y el más sincero de los homenajes, lo primero que haría sospechar de la pasada grandeza a cualquier sujeto racional que no estuviera implicado en la secular contienda.

Solo diré esto, que me parece evidente:

Si algún día desapareciera la humanidad y solo quedaran sus huellas contando nuestra historia y nuestras historias para entretenimiento de extraterrestres curiosos, o sí todo cambiara tanto en las edades futuras que los hombres de entonces no pudieran rastrear identidades ni mirar el pasado como una armería en la que pertrecharse para saldar viejísimas deudas, y pudieran verlo todo, en fin, con los ojos limpios de quien repasa disputas muy remotas y ya sin peso, solo entonces el espectador vería España como lo que fue: junto con Roma, de la que ha sido hija dignísima, la mayor generadora de civilización y el pueblo solo que más hizo por cambiar el planeta entero, que presentó a la humanidad por vez primera en su redondez. Non sufficit orbis.