Nuestro Sánchez, por Carlos Esteban

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Mi preferencia (absolutamente especulativa, no teman) por la monarquía hereditaria cristiana sobre la democracia de partidos es que el rey puede ser vil, pero puede ser honorable e incluso santo. La vileza, en el rey legítimo, es un rasgo que no está en las especificaciones para el cargo, que no necesita para conservarlo ni le ha podido ayudar a obtenerlo. Comportarse con puntillosa obediencia hacia las estrictas reglas de la honorabilidad no va a perjudicarle, y sí beneficiarle.

Este rey no necesita mentir, porque ni siquiera necesita hacer promesas. Puede, incluso, ser inmune a la ambición política por inclinación o carácter.

La democracia, por el contrario, es una subasta, donde el disimulo, el engaño y el trilerismo dan una evidente ventaja. El producto que se saca a puja es un comportamiento futuro, del que nadie puede saber nada con certeza, por lo que embellecerlo hasta la falsedad más indigna suele tener premio. Es decir, es un régimen en el que el hombre sin escrúpulos parte con ventaja, e incluso podría argumentarse que el solo hecho de postularse indica que el candidato se considera -terrible soberbia- por encima de sus pares.

Este deplorable estado de cosas podría neutralizarlo o, al menos, aliviarlo un pueblo vigilante que fuera implacable en el castigo a la menor mentira, que recelase de inmediato, casi de forma refleja, a cualquier panorama idílico o promesa fantasiosa que trate de vender el político.

Desgraciadamente, ay, el caso es el contrario. Hoy es el pueblo el que empuja al político a la mentira, el que le exige, como a un semidiós, que traiga un imposible paraíso a la tierra, y castiga al Coriolano honesto que anuncia inevitables sacrificios o simplemente advierte de las limitaciones ineluctables de las cosas.

Sánchez es un monstruo, pero de nuestra misma factura. No ha surgido de la nada, sino de décadas de cultivar una fe engañosa en el poder, de nuestra adoración colectiva del Becerro de Oro.