Ya no cuela

Ordeñando el sistema. Por Carlos Esteban

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El dogma del pecado original es una creencia particular del cristianismo, pero su abandono universal ha llevado a no entender mucho de lo que ocurre en el mundo. Así, es divertido observar a los partidos acusándose mutuamente de corrupción, como si los partidos hicieran a sus dirigentes esencialmente incapaces de corromperse o los condenaran indefectiblemente a ello.

Por supuesto, un partido puede proponer medidas sensatas y otros, peligrosos disparates. Pero sus miembros siguen siendo agentes libres, tan capaces de llevárselo calentito como cualquiera. Así, lo que fomenta las corruptelas, además de un clima generalizado de ‘tonto el último’ es la multiplicación de las tentaciones, y esto tanto en gobernantes como en gobernados.

Leo esta mañana que un senegalés, pertrechado con cincuenta pasaportes, le ha sacado al gobierno vasco un millón de euros. Es decir, se ha hecho millonario con ayudas teóricamente pensadas para salvar de la miseria. Por supuesto, el culpable de esta estafa, si se prueba, es el tipo en cuestión; pero la estafa es un delito peculiar en el que a menudo la víctima se convierte en cooperador necesario por negligencia o estupidez. O, como es el caso, por la existencia de una tupida e incomprensible red de pagos con dinero público tan extensa que se hace prácticamente incontrolable.